Ciudad de México.(ESPECIAL PARA LA REVISTA FUTURO).– En el marco del Segundo Diálogo Nacional por la Paz, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) reiteró que la construcción de una paz auténtica no depende de los poderosos, los sabios ni los influyentes, sino de la centralidad de las víctimas, especialmente de quienes han sufrido la violencia y la desaparición de familiares en el país.
Durante el mensaje de clausura, el presidente de la CEM y obispo de la Diócesis de Cuernavaca, monseñor Ramón Castro Castro, advirtió que la paz no puede edificarse ignorando el dolor ni simulando soluciones. “La paz no se construye maquillando cifras o acelerando procesos sin sanar heridas”, afirmó, al subrayar que cualquier intento superficial está condenado al fracaso.
El prelado sostuvo que la paz no se impone ni se decreta desde arriba, sino que se construye desde abajo, con verdad, justicia y cercanía con quienes han sido lastimados por la violencia. En ese sentido, recordó que, desde una visión cristiana, Dios no confía el futuro de su pueblo a las élites, sino a “un pequeño resto pobre y humilde”, que, aunque parezca irrelevante, constituye el verdadero germen de la renovación histórica.
Monseñor Castro fue enfático: no habrá paz verdadera mientras no se reconozca la dignidad herida de las víctimas, no se escuche su voz y no se restituyan sus derechos mediante procesos reales de justicia y reconciliación. “La Iglesia no puede contentarse con discursos genéricos”, señaló, citando a san Ambrosio al recordar que donde hay misericordia, ahí está el Espíritu de Dios, y que solo desde ella es posible recomponer el tejido humano fracturado.
En una reflexión que vinculó la tradición cristiana con una mirada contemporánea, el obispo evocó también al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, quien afirmaba que la paz es fruto de la justicia, y que la justicia comienza por nombrar el dolor, mirarlo de frente y acompañarlo sin prisas ni pretextos.
El presidente de la CEM llamó a no renunciar al diálogo, incluso en medio de las tensiones, ni a la justicia cuando parece inalcanzable. Invitó a las comunidades a ofrecer lo que son y lo que tienen, para que, desde lo local y lo comunitario, la paz vaya tomando forma concreta en la vida cotidiana. En su mensaje final, destacó que la comunión no es una utopía, sino un camino real y fecundo.
Entre las claves fundamentales del Diálogo Nacional por la Paz se destacó que el Estado lo conforman todas y todos, por lo que la paz exige acuerdos colectivos desde lo local, así como una conversión profunda de quienes lucran con la violencia y de quienes permanecen indiferentes ante ella. Asimismo, se subrayó la urgencia de construir un sistema social que integre a las juventudes excluidas y vulnerables, escuchándolas y caminando junto a ellas.
Uno de los llamados más contundentes fue el de atender y sanar las heridas de las personas desaparecidas, reconociendo que no puede haber una nueva convivencia sin acompañamiento prioritario a las víctimas de la violencia.
El encuentro concluyó con la lectura de un manifiesto en el que se afirmó que el camino hacia la paz pasa por refundar la comunidad desde la escucha, el reconocimiento y el compromiso, abrir horizontes de esperanza para las juventudes y caminar del lado de las víctimas, teniendo como eje transversal la cultura del cuidado.

