Cuaresma. 3ª semana. Martes
PERDONAR Y DISCULPAR
— Perdonar y olvidar las ofensas que se producen a veces en la
convivencia diaria.
— Nuestro perdón en comparación con lo que el Señor nos perdona.
— Disculpar y comprender. Aprender a ver lo bueno de los demás.
I. En el trato con los demás, en el trabajo, en las relaciones sociales, en la
convivencia de todos los días, es prácticamente inevitable que se produzcan roces.
Es también posible que alguien nos ofenda, que se porte con nosotros de manera poco
noble, que nos perjudique. Y esto, quizá, de forma un tanto habitual. ¿Hasta siete
veces he de perdonar? Es decir, ¿he de perdonar siempre? Esta es la cuestión que le
propone Pedro al Señor en el Evangelio de la Misa de hoy [ 1 ]. Es también nuestro
tema de oración: ¿sabemos disculpar en todas las ocasiones?, ¿lo hacemos con
prontitud?.
Conocemos la respuesta del Señor a Pedro, y a nosotros: No te digo hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete. Es decir, siempre. Pide el Señor a quienes le
siguen, a ti y a mí, una postura de perdón y de disculpa ilimitados. A los suyos, el
Señor les exige un corazón grande. Quiere que le imitemos. «La omnipotencia de
Dios –dice Santo Tomás– se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar
de misericordia, porque la manera que Dios tiene de demostrar su poder supremo
es perdonar libremente…» [2 ], y por eso a nosotros «nada nos asemeja tanto a Dios
como estar siempre dispuestos a perdonar» [3 ]. Es donde mostramos también nuestra
mayor grandeza de alma.
«Lejos de nuestra conducta, por tanto, el recuerdo de las ofensas que nos
hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido –por injustas, inciviles
y toscas que hayan sido–, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado
un registro, para presentar una lista de agravios» [4 ]. Aunque el prójimo no mejore,
aunque recaiga una y otra vez en la misma ofensa o en aquello que me molesta, debo
renunciar a todo rencor. Mi interior debe conservarse sano y limpio de toda
enemistad.
1 Mt 18, 21-35. 2 Santo Tomás, Suma Teológica, 1, q. 25, a. 3, ad 3. 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 30, 5. 4 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 309.
Nuestro perdón ha de ser sincero, de corazón, como Dios nos perdona a
nosotros: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores, decimos cada día en el Padrenuestro. Perdón rápido, sin dejar que el rencor
o la separación corroan el corazón ni por un momento. Sin humillar a la otra parte,
sin adoptar gestos teatrales ni dramatizar.
La mayoría de las veces, en la convivencia ordinaria, ni siquiera será necesario decir «te perdono»: bastará sonreír, devolver la conversación, tener un detalle amable; disculpar, en definitiva.
No es necesario que suframos grandes injurias para ejercitarnos en esta
muestra de caridad. Bastan esas pequeñas cosas que suceden todos los días: riñas en
el hogar por cuestiones sin importancia, malas contestaciones o gestos destemplados
ocasionados muchas veces por el cansancio de las personas, que tienen lugar en el
trabajo, en el tráfico de las grandes ciudades, en los transportes públicos…
Mal viviríamos nuestra vida cristiana si al menor roce se enfriara nuestra
caridad y nos sintiéramos separados de los demás, o nos pusiéramos de mal humor.
O si una injuria grave nos hiciera olvidar la presencia de Dios y nuestra alma perdiera
la paz y la alegría. O si somos susceptibles. Hemos de hacer examen para ver cómo
son nuestras reacciones ante las molestias que, a veces, la convivencia lleva consigo.
Seguir al Señor de cerca es encontrar también en este punto, en las contrariedades
pequeñas y en las ofensas graves, un camino de santidad.
II. Y si siete veces al día te ofende… siete veces le perdonarás [ 5 ]. Siete veces,
en muchas ocasiones. Incluso en el mismo día y sobre lo mismo. La caridad es
paciente, no se irrita [ 6 ].
En algún caso, nos puede costar el perdón. En lo grande o en lo pequeño. El
Señor lo sabe y nos anima a recurrir a Él, que nos explicará cómo este perdón sin
límite, compatible con la defensa justa cuando sea necesaria, tiene su origen en la
humildad. Cuando acudimos a Jesús, Él nos recuerda la parábola que narra el
Evangelio de la Misa de hoy. Un rey quiso arreglar cuentas con sus siervos. Y le
presentaron uno que le debía diez mil talentos [7 ]. ¡Una enormidad! Unos sesenta
millones de denarios (un denario era el jornal de un trabajador del campo).
Cuando una persona es sincera consigo misma y con Dios no es difícil que se
reconozca como aquel siervo que no tenía con qué pagar. No solamente porque todo
5 Cfr. Lc 17, 4. 6 1 Cor 13, 7. 7 Cfr. Mt 18, 24 ss. lo que es y tiene a Dios se lo debe, sino también porque han sido muchas las ofensas perdonadas. Solo nos queda una salida:acudir a la misericordia de Dios, para que haga con nosotros lo que hizo con aquel criado: compadecido de aquel siervo, le dejó libre y le perdonó la deuda.
Pero cuando este siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien
denarios, no supo perdonar ni esperar a que pudiera pagárselos, a pesar de que el
compañero se lo pidió de todas las formas posibles. Entonces su señor lo mandó
llamar y le dijo: Siervo malo, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has
suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la
he tenido en ti?.
La humildad de reconocer nuestras muchas deudas para con Dios nos ayuda a
perdonar y a disculpar a los demás. Si miramos lo que nos ha perdonado el Señor,
nos damos cuenta de que aquello que debemos perdonar a los demás –aun en los
casos más graves– es poco: no llega a cien denarios. En comparación de los diez mil
talentos nada es.
Nuestra postura ante los pequeños agravios ha de ser la de quitarles
importancia (en realidad la mayoría de las veces no la tienen) y disculpar también
con elegancia humana. Al perdonar y olvidar, somos nosotros quienes sacamos
mayor ganancia. Nuestra vida se vuelve más alegre y serena, y no sufrimos por
pequeñeces. «Verdaderamente la vida, de por sí estrecha e insegura, a veces se vuelve
difícil. —Pero eso contribuirá a hacerte más sobrenatural, a que veas la mano de
Dios; y así serás más humano y comprensivo con los que te rodean» [8 ].
«Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de
disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo,
que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal,
no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena:
ahogando el mal en abundancia de bien (Cfr. Rom 12, 21)» [9 ]. No cometeremos
el error de aquel siervo mezquino que, habiéndosele perdonado a él tanto, no fue
capaz da perdonar tan poco.
III. La caridad ensancha el corazón para que quepan en él todos los hombres,
incluso aquellos que no nos comprenden o no corresponden a nuestro amor. Junto al
8 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 762. 9 ídem, Es Cristo que pasa, 182.
Señor no nos sentiremos enemigos de nadie. Junto a Él aprenderemos a no juzgar las
intenciones íntimas de las personas.
No percibimos de los demás sino unas pocas manifestaciones externas, que
ocultan, en muchas ocasiones, los verdaderos motivos de su actuar. «Aunque vierais
algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo –aconseja San Bernardo–, sino
más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar
la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por
debilidad. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces procurad
creerlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte» [ 10].
¡Cuántos errores cometemos en los pequeños roces de la convivencia diaria!
Muchos de ellos se deben a que nos dejamos llevar por juicios o sospechas
temerarias. ¡Cuántas divisiones familiares se tornarían atenciones si viéramos que
ese mal detalle, esa inoportunidad, se debe al cansancio de aquella persona después
de un día largo y difícil! Además, «mientras interpretes con mala fe las intenciones
ajenas, no tienes derecho a exigir comprensión para ti mismo» [11].
La comprensión nos inclina a vivir amablemente abiertos hacia los demás, a
mirarlos con simpatía; alcanza las profundidades del corazón y sabe encontrar la
parte de bondad que hay siempre en todas las personas.
Solo es capaz de comprender quien es humilde. Si no, las faltas más pequeñas
de los demás se ven aumentadas, y se tiende a disminuir y justificar las mayores faltas
y errores propios. La soberbia es como esos espejos curvos que deforman la
verdadera realidad de las cosas.
Quien es humilde es objetivo, y entonces puede vivir el respeto y la
comprensión con los demás: surge fácil la disculpa para los defectos ajenos. Ante
ellos, el humilde no se escandaliza. «No hay pecado –escribe San Agustín– ni crimen
cometido por otro hombre que yo no sea capaz de cometer por razón de mi
fragilidad, y si aún no lo he cometido es porque Dios, en su misericordia, no lo ha
permitido y me ha preservado en el bien» [12]. Además, «aprenderemos también a
descubrir tantas virtudes en los que nos rodean –nos dan lecciones de trabajo, de
abnegación, de alegría…–, y no nos detendremos demasiado en sus defectos; solo
cuando resulte imprescindible, para ayudarles con la corrección fraterna» [13].
10 San Bernardo, Sermón 40 sobre el Cantar de los Cantares. 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 635. 12 San Agustín, Confesiones, 2, 7. 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 20.
La Virgen nos enseñará, si se lo pedimos, a saber disculpar –en Caná, la Virgen
no critica que se haya acabado el vino, sino que ayuda a solucionar su falta–, y a
luchar en nuestra vida personal en esas mismas virtudes que, en ocasiones, nos puede
parecer que faltan en los demás. Entonces estaremos en excelentes condiciones de
poder prestarles nuestra ayuda.

