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¿Es real mi deseo de identificarme cada vez más con Cristo?

Cuaresma. 3ª semana. Miércoles

LAS VIRTUDES Y EL CRECIMIENTO ESPIRITUAL

— Las virtudes y la santidad.
— Virtudes humanas y virtudes sobrenaturales. Su ejercicio en la vida
ordinaria.

— El Señor da siempre su gracia para vivir la fe cristiana en toda su plenitud.
I. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia,
Señor [1 ].

Jesús nos enseña con diversas imágenes que el camino que conduce a la Vida,
a la santidad, consiste en el pleno desarrollo de la vida espiritual: el grano de mostaza,
que crece hasta llegar a ser un gran arbusto, donde se posan las aves del cielo; el
trigo, que llega a la madurez y produce espigas con abundantes granos… Ese
crecimiento, no exento de dificultades y que en ocasiones puede parecer lento, es el
desarrollo de las virtudes. La santificación de cada jornada comporta el ejercicio de
muchas virtudes humanas y sobrenaturales: la fe, la esperanza, la caridad, la justicia,
la fortaleza…, la laboriosidad, la lealtad, el optimismo…

Las virtudes exigen para su crecimiento repetición de actos, pues cada uno de
ellos deja una disposición en el alma que facilita el siguiente. Por ejemplo, la persona
que ya al levantarse vive el «minuto heroico», venciendo la pereza desde el primer
momento de la jornada [2 ], tendrá más facilidad para ser diligente con otros deberes,
pequeños o grandes, de la misma manera que el deportista mejora su forma física
cuando se entrena, y adquiere mayor aptitud para repetir sus ejercicios.

Las virtudes

perfeccionan cada vez más al hombre, al mismo tiempo que le facilitan hacer
buenas obras y el dar una pronta y adecuada respuesta al querer de Dios en cada
momento. Sin las virtudes –esos hábitos buenos adquiridos por la repetición de actos
y con la ayuda de la gracia– cada actuación buena se hace costosa y difícil, se queda
solo como acto aislado, y es más fácil caer en faltas y pecados, que nos alejan de
Dios. La repetición de actos en una misma dirección deja su huella en el alma, en
forma de hábitos, que predisponen al bien o al mal en las actuaciones futuras, según
hayan sido buenos o malos.

De quien actúa bien habitualmente, se puede esperar que
ante una dificultad lo seguirá haciendo: ese hábito, esa virtud le sostiene. Por eso es
tan importante que la penitencia borre las huellas de los pecados de la vida pasada:
1 Antífona de la Comunión. Sal 15, 11. 2 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 206.
para que no la vuelvan a inclinar al mal; penitencia más intensa cuanto más graves
hayan sido las caídas o más largo el tiempo en que se haya estado separado de Dios,
pues la huella que habrán dejado será mayor.

El ejercicio de las virtudes nos indica en todo momento el sendero que conduce
al Señor. Cuando un cristiano, con la ayuda de la gracia, se esfuerza no solo por
alejarse de las ocasiones de pecar y resistir con fortaleza las tentaciones, sino por
alcanzar la santidad que Dios le pide, es cada vez más consciente de que la vida
cristiana exige el desarrollo de las virtudes y también la purificación de los pecados
y de las faltas de correspondencia a la gracia en la vida pasada. Especialmente en
este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita precisamente a crecer en las virtudes:
hábitos de obrar el bien.

II. La santidad es ejercicio de virtudes un día y otro, con constancia, en el
ambiente y en las circunstancias en que vivimos. Las «virtudes humanas (…) son el
fundamento de las sobrenaturales; y estas proporcionan siempre un nuevo empuje
para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán
de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere (Is
1, 17), aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos
correspondientes –hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de
serenidad, de paciencia–, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios solo de
palabra, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18)» [3 ].

Aunque la santificación es enteramente de Dios, en su bondad infinita, Él ha
querido que sea necesaria la correspondencia humana, y ha puesto en nuestra
naturaleza la capacidad de disponernos a la acción sobrenatural de la gracia.
Mediante el cultivo de las virtudes humanas –la reciedumbre, la lealtad, la veracidad,
la cordialidad, la afabilidad…– disponemos nuestra alma, de la mejor manera posible,
a la acción del Espíritu Santo. Se entiende bien así que «no es posible creer en la
santidad de quienes fallan en las virtudes humanas más elementales» [4 ].

Las virtudes del cristiano hay que ejercitarlas en la vida ordinaria, en todas las
circunstancias: fáciles, difíciles o muy difíciles. «Hoy, como ayer, del cristiano se
espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo –y será
lo normal– en las pequeñas pendencias de cada jornada» [5 ]. De la misma manera
que la planta se alimenta de la tierra en la que está, así la vida sobrenatural del
cristiano, sus virtudes, hunden sus raíces en el mundo concreto en donde está
inmerso: trabajo, familia, alegrías y desgracias, buenas y malas noticias… Todo debe
servir para amar a Dios y hacer apostolado. Unos acontecimientos fomentarán más
las acciones de gracias, otros la filiación divina; determinadas circunstancias harán
crecer la fortaleza y otras la confianza en Dios… Teniendo en cuenta que las virtudes
forman un entramado: cuando se crece en una, se adelanta en todas las demás. Y «la
caridad es la que da unidad a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto» [ 6 ].

No podemos esperar situaciones ideales, circunstancias más propicias, para
buscar la santidad y para hacer apostolado: «(…) cuando un cristiano desempeña
con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la
trascendencia de Dios (…). Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de
fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera –¡ojalá no me hubiera casado,
ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá
fuera viejo!…–, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e
inmediata, que es donde está el Señor» 7 ].

El esperar situaciones y circunstancias que a nosotros nos parezcan buenas y
propicias para ser santos, equivaldría a ir dejando pasar la vida vacía y perdida. Este
rato de oración de hoy nos puede servir para preguntarnos junto al Señor: ¿es real mi
deseo de identificarme cada vez más con Cristo?, ¿aprovecho verdaderamente las
incidencias de cada día para ejercitarme en las virtudes humanas y, con la gracia de
Dios, en las sobrenaturales?, ¿procuro amar más a Dios, haciendo mejor las mismas
cosas, con una intención más recta?.

III. El Señor no pide imposibles. Y de todos los cristianos espera que vivan en
su integridad las virtudes cristianas, también si están en ambientes que parecen
alejarse cada vez más de Dios. Él dará las gracias necesarias para ser fieles en esas
situaciones difíciles. Es más, esa ejemplaridad que espera de todos será en muchas
ocasiones el medio para hacer atrayente la doctrina de Cristo y reevangelizar de
nuevo el mundo.

Muchos cristianos, al perder el sentido sobrenatural y, por tanto, la influencia
real de la gracia en sus vidas, piensan que el ideal propuesto por Cristo necesita
adaptaciones para poder ser vivido por hombres corrientes de este tiempo nuestro.  Ceden ante compromisos morales en el trabajo, o en temas de moral matrimonial, o ante el ambiente de permisivismo y de sensualidad, ante un aburguesamiento más o menos generalizado, etcétera.

Con nuestra vida –que puede tener fallos, pero que no se conforma a ellos–
debemos enseñar que las virtudes cristianas se pueden vivir en medio de todas las
tareas nobles; y que ser compasivos con los defectos y errores ajenos no es rebajar
las exigencias del Evangelio.
Para crecer en las virtudes humanas y en las sobrenaturales necesitaremos,
junto a la gracia, el esfuerzo personal por desplegar la práctica de estas virtudes en
la vida ordinaria, hasta conseguir auténticos hábitos, y no solo apariencia de virtud:
«La fachada es de energía y reciedumbre. —Pero ¡cuánta flojera y falta de
voluntad por dentro!

San Juan Crisóstomo nos anima a luchar en la vida interior como hacen «los
párvulos en la escuela. Primero –dice el Santo– aprenden la forma de las letras;
luego empiezan a distinguir las torcidas, y así, paso a paso, acaban por aprender a
leer. Dividiendo la virtud en partes, aprendamos primero, por ejemplo, a no hablar
mal; luego, pasando a otra letra, a no envidiar a nadie, a no ser esclavos del cuerpo
en ninguna situación, a no dejarnos llevar por la gula… Luego, pasando de ahí a las
letras espirituales, estudiemos la continencia, la mortificación de los sentidos, la
castidad, la justicia, el desprecio de la gloria vana; procuremos ser modestos,
contritos de corazón. Enlazando unas virtudes con otras escribámoslas en nuestra
alma. Y hemos de ejercitar esto en nuestra misma casa: con los amigos, con la mujer,
con los hijos» [9 ].

Lo importante es que nos decidamos con firmeza y con amor a buscar las
virtudes en nuestro quehacer ordinario. Cuanto más nos ejercitemos en estos actos
buenos, más facilidad tendremos para realizar los siguientes, identificándonos así
cada vez más con Cristo. Nuestra Señora, «modelo y escuela de todas las virtudes»
[10], nos enseñará a llevar a cabo nuestro empeño si acudimos a Ella en petición de
ayuda y consejo, y nos facilitará alcanzar los resultados que deseamos en nuestro
examen particular de conciencia, que frecuentemente estará orientado hacia adquirir
una virtud bien concreta y determinada.

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