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«Y les enseña a tratar a Dios con la sencillez con que un hijo habla con su padre»

11ª semana. Jueves

ORACIONES VOCALES

— Necesidad.

— Oraciones vocales habituales.

— Atención al rezarlas. Luchar contra la rutina y las distracciones.

I. Y al orar no empleéis muchas palabras, como los gentiles, que se figuran
que por su locuacidad van a ser escuchados, nos dice el Señor en el Evangelio de
la Misa. Quiere apartar a sus discípulos de la visión equivocada de muchos judíos
de su tiempo, quienes pensaban que son necesarias largas oraciones vocales para que
Dios las escuche; y les enseña a tratar a Dios con la sencillez con que un hijo habla
con su padre. La oración vocal es muy agradable a Dios, pero ha de ser verdadera
oración: las palabras han de expresar el sentir del corazón. No basta recitar meras
fórmulas, pues Dios no quiere un culto solo externo, quiere nuestra intimidad.

La oración vocal es un medio sencillo y eficaz, imprescindible, adecuado a
nuestro modo de ser, para mantener la presencia de Dios durante el día, para
manifestar nuestro amor y nuestras necesidades. Como leemos en el mismo
Evangelio de la Misa, Nuestro Señor quiso dejarnos la oración vocal por excelencia,
el Padrenuestro, en la que, en pocas palabras, compendia todo lo que el hombre
puede pedir a Dios. A lo largo de los siglos ha subido hasta Dios esta oración,
llenando de esperanza y de consuelo a innumerables almas, en las situaciones y
momentos más dispares.

Descuidar la oración vocal significaría un gran empobrecimiento de la vida
espiritual. Por el contrario, cuando se aprecian estas oraciones, a veces muy cortas
pero llenas de amor, se facilita mucho el camino de la contemplación de Dios en
medio del trabajo o en la calle. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos
hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a
su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un
día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh
Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de
mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi
.corazón… ¿No es esto –de alguna manera– un principio de contemplación,
demostración evidente de confiado abandono? (…).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece
insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la
intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio». Y Santa
Teresa, como todos los santos, sabía bien de este camino asequible a todos para llegar
hasta el Señor: «Sé –afirmaba la Santa– que muchas personas, rezando vocalmente
(…), las levanta Dios, sin saber ellas cómo, a subida contemplación».

Pensemos hoy nosotros en el interés que ponemos en nuestras oraciones
vocales, en su frecuencia a lo largo del día, en las pausas necesarias para que aquello
que decimos al Señor no sean «meras palabras que vienen unas en pos de otras» .

Meditemos en la necesidad del pequeño esfuerzo que hemos de poner para alejar de
nuestras oraciones la rutina, que bien pronto significaría la muerte de la verdadera
devoción, del verdadero amor. Procuremos que cada jaculatoria, cada oración vocal
sea un acto de amor.

II. El secreto de la fecundidad de los buenos cristianos está en su oración, en
que rezan mucho y bien. De la oración –mental y vocal– sacamos fuerzas para la
abnegación y el sacrificio, y para superar y ofrecer a Dios el cansancio en el trabajo,
para ser fieles en los pequeños actos heroicos de cada día… Se ha dicho que la oración
es como el alimento y la respiración del alma, porque nos pone en relación íntima
con Dios y nos empuja a conocerle mejor y amarle más. La piedad auténtica es esa
actitud estable que permite al cristiano valorar desde Dios el trajín diario, donde
encuentra ocasión para el ejercicio de las virtudes, el ofrecimiento de la obra acabada,
la pequeña mortificación… Sin darnos apenas cuenta estamos «metidos en Dios», y
entonces estamos orando también con el ejercicio de nuestro trabajo sin chapuzas,
aunque en esos momentos no realicemos actos expresos de oración. Una mirada al
crucifijo o a una imagen de Nuestra Señora, una jaculatoria, una breve oración vocal,
ayudan entonces a mantener «ese modo estable de ser del alma», y así nos es posible
orar sin interrupción, el orar siempre que nos pide el Seño. Hay muchos
momentos en los que debemos concentrarnos en el trabajo y la cabeza no nos permite
pensar a la vez en Dios y en lo que hacemos. Sin embargo, si mantenemos esa
disposición habitual del alma, esa unión con Dios, al menos ese ánimo de hacerlo
todo por el Señor, estamos orando sin interrupción…

Lo mismo que el cuerpo necesita ser alimentado y los pulmones respirar aire
puro, así necesita dirigirse el alma hacia el Señor. «El corazón se desahogará
habitualmente con palabras, en esas oraciones vocales que nos ha enseñado el
mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles, Ave María. Otras veces utilizaremos
oraciones acrisoladas por el tiempo, en las que se ha vertido la piedad de millones
de hermanos en la fe: las de la liturgia –lex orandi–, las que han nacido de la
pasión de un corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum
praesidium…, Memorare…, Salve Regina…». Muchas de estas oraciones
vocales (el Bendita sea tu pureza, el Adoro te devote, que podemos rezar los jueves,
adorando al Señor en la Eucaristía…) fueron compuestas por hombres y mujeres –
conocidos o no– con mucho amor a Dios y fueron guardadas en el seno de la Iglesia
como piedras preciosas para que las utilicemos nosotros. Quizá tienen para muchos
el candor de aquellas enseñanzas fundamentales para la vida que aprendieron de sus
madres. Son una parte muy importante del bagaje espiritual que poseemos para
enfrentarnos con todo tipo de dificultades.

La oración vocal es sobreabundancia de amor, y por eso es lógico que sea muy
frecuente desde que iniciamos la jornada hasta que dedicamos a Dios nuestro último
pensamiento antes del descanso diario. Y saldrá a nuestros labios –quizá «sin ruido
de palabras»– en los momentos más inesperados. «Acostúmbrate a rezar oraciones
vocales, por la mañana, al vestirte, como los niños pequeños. —Y tendrás más
presencia de Dios luego, durante la jornada» .

III. Del Patriarca Enoc nos dice la Sagrada Escritura que anduvo siempre en
la presencia de Dios [11], que le tuvo presente en sus alegrías, en sus fatigas y en sus
trabajos. «¡Ojalá nos ocurriera a nosotros algo parecido! ¡Ojalá pudiéramos andar
por esos mundos con Dios a nuestro lado! Tan junto a Él, sintiendo tan vivamente
su presencia, que compartiéramos todo con Él. Recibiríamos entonces todo de su
mano, cada rayo de sol, cada sombra de incertidumbre que pasara por nuestra vida;
aceptaríamos con gratitud consciente todo lo que nos mandase, obedeciendo así al
más ligero soplo de su llamada» [12]. Pero, con frecuencia, el verdadero centro de
referencia no es, por desgracia, el Señor, sino nosotros mismos. De ahí la necesidad
de ese empeño continuo por estar metidos en Dios, «atentos» a sus más leves
insinuaciones, evitando estar ensimismados en nuestras cosas; en todo caso,
teniéndolas presentes en la medida en que hacen referencia a Dios: porque hacemos
el bien con ellas, porque las hemos ofrecido…

Las oraciones vocales son un gran medio para tener a Dios presente en
nuestros quehaceres a lo largo del día. Para eso es necesario poner atención en lo que
le decimos al Señor. Y tendremos que luchar a veces en detalles muy pequeños pero
necesarios: en pronunciar claramente, con pausa, en huir de la rutina. Ha de haber
tiempo también para la consideración, de modo que llegue, en cierta manera, a ser
una verdadera oración mental, aunque no podamos evitar del todo las distracciones.

Sin una gracia especial de Dios no es posible mantener una atención continua
y perfecta al sentido y significado de las palabras. A veces, la atención estará referida
particularmente al modo como se pronuncia; en otros momentos se mira a la persona
a quien se habla. Pero hay ocasiones en que, por circunstancias personales o de
ambiente, no se puede prestar de modo conveniente ninguna de estas tres formas de
atención. Es entonces necesario poner al menos un cuidado externo, que consiste en
rechazar cualquier actividad exterior que por su misma naturaleza impida la atención
interior. Algunos trabajos manuales, por ejemplo, no impiden tener la cabeza en otra
cosa; como la madre de familia, que reza el Rosario en casa mientras limpia o
mientras está más o menos pendiente de los hijos pequeños, aunque se distraiga en
algún instante, mantiene al menos esa atención interior, cosa que no sería posible si
quisiera a la vez ver la televisión. De todos modos, hemos de organizar nuestro plan
de vida de modo que, siempre que sea posible, el tiempo que dedicamos a algunas
oraciones vocales como el Ángelus o el Rosario sea un rato en que podamos
concentrarnos bien. Por otra parte, las simples distracciones involuntarias son
imperfecciones que el Señor disculpa cuando nos ve poner empeño en rezar.

Junto a las oraciones vocales, el alma necesita el alimento diario de la oración
mental. «Gracias a esos ratos de meditación, a las oraciones vocales, a las
jaculatorias, sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin
espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su
presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la
persona que aman, y todas nuestras acciones –aun las más pequeñas– se llenarán
de eficacia espiritual» [13]. El Señor las mirará con complacencia y las bendecirá.

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