InicioDestacadosViernes //Santo Pasión de Nuestro Señor ... JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Viernes //Santo Pasión de Nuestro Señor … JESÚS MUERE EN LA CRUZ

(Especial para la revista FUTURO)…

 

— En el Calvario. Jesús pide perdón por quienes le maltratan y crucifican.

— Cristo crucificado: se consuma la obra de nuestra Redención.

— Jesús nos da a su Madre como Madre nuestra. Los frutos de la Cruz. El
buen ladrón.

I. Jesús es clavado en la cruz. Y canta la liturgia: ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol
donde la Vida empieza…!.

Toda la vida de Jesús está dirigida a este momento supremo. Ahora apenas
logra llegar, jadeando y exhausto, a la cima de aquel pequeño altozano llamado
«lugar de la calavera». Enseguida lo tienden sobre el suelo y comienzan a clavarle
en el madero. Introducen los hierros primero en las manos, con desgarro de nervios
y carne. Luego es izado hasta quedar erguido sobre el palo vertical que está fijo en
el suelo. A continuación le clavan los pies. María, su Madre, contempla toda la
escena.

El Señor está firmemente clavado en la cruz. «Había esperado en ella muchos
años, y aquel día se iba a cumplir su deseo de redimir a los hombres (…). Lo que
hasta Él había sido un instrumento infame y deshonroso, se convertía en árbol de
vida y escalera de gloria. Una honda alegría le llenaba al extender los brazos sobre
la cruz, para que supieran todos que así tendría siempre los brazos para los
pecadores que se acercaran a Él: abiertos (…).

»Vio, y eso le llenó de alegría, cómo iba a ser amada y adorada la cruz, porque
Él iba a morir en ella. Vio a los mártires, que, por su amor y por defender la verdad,
iban a padecer un martirio semejante. Vio el amor de sus amigos, vio sus lágrimas
ante la cruz. Vio el triunfo y la victoria que alcanzarían los cristianos con el arma
de la cruz. Vio los grandes milagros que con la señal de la cruz se iban a hacer a lo
largo del mundo. Vio tantos hombres que, con su vida, iban a ser santos, porque
supieron morir como Él y vencieron al pecado». Contempló tantas veces cómo
nosotros íbamos a besar un crucifijo; nuestro recomenzar en tantas ocasiones…

Jesús está elevado en la cruz. A su alrededor hay un espectáculo desolador;
algunos pasan y le injurian; los príncipes de los sacerdotes, más hirientes y mordaces,
se burlan; y otros, indiferentes, miran el acontecimiento. Muchos de los allí presentes
le habían visto bendecir, e incluso hacer milagros. No hay reproches en los ojos de
Jesús, solo piedad y compasión. Le ofrecen vino con mirra. Dad licor a los
miserables y vino a los afligidos: que bebiendo olviden su miseria y no se acuerden
más de sus dolores .

Era costumbre reservar estos gestos humanitarios con los
condenados. La bebida –un vino fuerte con algo de mirra– adormecía y aliviaba el
terrible sufrimiento.

El Señor lo probó por gratitud al que se lo ofrecía, pero no quiso tomarlo, para
apurar el cáliz del dolor. ¿Por qué tanto padecimiento?, se pregunta San Agustín. Y
responde: «Todo lo que padeció es el precio de nuestro rescate». No se contentó
con sufrir un poco: quiso agotar el cáliz sin reservarse nada, para que aprendiéramos
la grandeza de su amor y la bajeza del pecado. Para que fuéramos generosos en la
entrega, en la mortificación, en el servicio a los demás.

II. La crucifixión era la ejecución más cruel y afrentosa que conoció la
antigüedad. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. La muerte sobrevenía
después de una larga agonía. A veces, los verdugos aceleraban el final del crucificado
quebrantándole las piernas. Desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días
muchos son los que se niegan a aceptar a un Dios hecho hombre que muere en un
madero para salvarnos: el drama de la cruz sigue siendo motivo de escándalo para
los judíos y locura para los gentiles. Desde siempre, ahora también, ha existido
la tentación de desvirtuar el sentido de la Cruz.

La unión íntima de cada cristiano con su Señor necesita de ese conocimiento
completo de su vida, también de este capítulo de la Cruz. Aquí se consuma nuestra
Redención, aquí encuentra sentido el dolor en el mundo, aquí conocemos un poco la
malicia del pecado y el amor de Dios por cada hombre. No quedemos indiferentes
ante un Crucifijo.

«Ya han cosido a Jesús al madero. Los verdugos han ejecutado
despiadadamente la sentencia. El Señor ha dejado hacer, con mansedumbre
infinita.

»No era necesario tanto tormento. Él pudo haber evitado aquellas
amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos tratos, aquel juicio inicuo, y la
vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la lanza… Pero quiso sufrir todo eso por ti y
por mí. Y nosotros, ¿no vamos a saber corresponder?.

»Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un crucifijo, se te
vengan las lágrimas a los ojos. No te domines… Pero procura que ese llanto acabe
en un propósito».

III. Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones, después
de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando estés en
tu reino. Le habla con la confianza que le otorga el ser compañero de suplicio.

Seguramente habría oído hablar antes de Cristo, de su vida, de sus milagros. Ahora
ha coincidido con Él en los momentos en que parece estar oculta su divinidad. Pero
ha visto su comportamiento desde que emprendieron la marcha hacia el Calvario: su
silencio que impresiona, su mirar lleno de compasión ante las gentes, su majestad
grande en medio de tanto cansancio y de tanto dolor. Estas palabras que ahora
pronuncia no son improvisadas: expresan el resultado final de un proceso que se
inició en su interior desde el momento en que se unió a Jesús. Para convertirse en
discípulo de Cristo no ha necesitado de ningún milagro; le ha bastado contemplar de
cerca el sufrimiento del Señor. Otros muchos se convertirían al meditar los hechos
de la Pasión recogidos por los Evangelistas.

Escuchó el Señor emocionado, entre tantos insultos, aquella voz que le
reconocía como Dios. Debió producir alegría en su corazón, después de tanto
sufrimiento. Yo te aseguro, le dijo, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

La eficacia de la Pasión no tiene fin. Ha llenado el mundo de paz, de gracia,
de perdón, de felicidad en las almas, de salvación. Aquella Redención que Cristo
realizó una vez, se aplica a cada hombre, con la cooperación de su libertad. Cada uno
de nosotros puede decir en verdad: el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.

No ya por «nosotros», de modo genérico, sino por mí, como si fuese único.
actualiza la Redención salvadora de Cristo cada vez que en el altar se celebra la Santa
Misa.

«Jesucristo quiso someterse por amor, con plena conciencia, entera libertad
y corazón sensible (…). Nadie ha muerto como Jesucristo, porque era la misma vida.
Nadie ha expiado el pecado como Él, porque era la misma pureza» . Nosotros
estamos recibiendo ahora copiosamente los frutos de aquel amor de Jesús en la Cruz.

Solo nuestro «no querer» puede hacer baldía la Pasión de Cristo.

Muy cerca de Jesús está su Madre, con otras santas mujeres. También está allí
Juan, el más joven de los Apóstoles. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien
amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al
discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su
casa. Jesús, después de darse a sí mismo en la Última Cena, nos da ahora lo que
más quiere en la tierra, lo más precioso que le queda. Le han despojado de todo. Y
Él nos da a María como Madre nuestra.

Este gesto tiene un doble sentido. Por una parte se preocupa de la Virgen,
cumpliendo con toda fidelidad el Cuarto Mandamiento del Decálogo. Por otra,
declara que Ella es nuestra Madre. «La Santísima Virgen avanzó también en la
peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto
a la cual, no sin designio divino, se mantuvo de pie (Jn 19, 25), sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su
sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella
misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús,
agonizante en la Cruz, como madre al discípulo».

«Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son
cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

»—Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado? (Mt 27, 46).

»Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas,
para que se cumpla la Escritura, dice:

»—Tengo sed (Jn 19, 28).

»Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña
de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:
»—Todo está cumplido (Jn 19, 30).

»El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con
una gran voz:

»—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
»Y expira.

»Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar
del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz».

Con María, nuestra Madre, nos será más fácil, y por eso le cantamos con el
himno litúrgico: «¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore
contigo. Hazme contigo llorar y dolerme de veras de sus penas mientras vivo; porque
deseo acompañar en la cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. Haz que me
enamore su cruz y que en ella viva y more…».

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