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Un pecado es mucho más que «un error humano»; la Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida

Cuaresma. 5ª semana. Jueves
CONTEMPLAR LA PASIÓN

— La costumbre de meditar la Pasión de Nuestro Señor. Amor y devoción al
Crucifijo.

— Cómo meditar la Pasión.

— Frutos de esta meditación.

I. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme. Yo te di a
beber el agua salvadora que brotó de la peña; tú me diste a beber hiel y vinagre. ¡Pueblo
mío! ¿Qué te he hecho…? [1].

La liturgia de estos días nos acerca ya al misterio fundamental de nuestra fe: la
Resurrección del Señor. Si todo el año litúrgico se centra en la Pascua, este tiempo «aún
exige de nosotros una mayor devoción, dada su proximidad a los sublimes misterios de la
misericordia divina» [2]. «No recorramos, sin embargo, demasiado deprisa ese camino;
no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no
podremos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y a su
Muerte (Cfr. Rom 8, 17). Para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana
Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola
cosa con Él, muerto sobre el Calvario» [3 ] por eso, durante estos días, acompañemos a
Jesús, con nuestra oración, en su vía dolorosa y en su muerte en la Cruz. Mientras le
hacemos compañía, no olvidemos que nosotros fuimos protagonistas de aquellos horrores,
porque Jesús cargó con nuestros pecados [4 ], con cada uno de ellos. Fuimos rescatados de las manos del demonio y de la muerte eterna a gran precio [ 5 ], el de la Sangre de Cristo.

La costumbre de meditar la Pasión tiene su origen en los mismos comienzos del
Cristianismo. Muchos de los fieles de Jerusalén de la primera hora tendrían un recuerdo
imborrable de los padecimientos de Jesús, pues ellos mismos estuvieron presentes en el
Calvario. Jamás olvidarían el paso de Cristo por las calles de la ciudad la víspera de aquella
Pascua. Los Evangelistas dedicaron una buena parte de sus escritos a narrar con detalle
aquellos sucesos. «Leamos constantemente la Pasión del Señor –recomendaba San Juan
Crisóstomo–. ¡Qué rica ganancia, cuánto provecho sacaremos! Porque al contemplarle
sarcásticamente adorado, con gestos y con acciones, y hecho blanco de burlas, y después
de esta farsa abofeteado y sometido a los últimos tormentos, aun cuando fueres más duro
que una piedra, te volverás más blando que la cera, y arrojarás toda soberbia de tu alma»
[6 ]. ¡A cuántos ha convertido la meditación atenta de la Pasión!.

Santo Tomás de Aquino decía: «la Pasión de Cristo basta para servir de guía y
modelo a toda nuestra vida» [7 ]. Y visitando un día a San Buenaventura, le preguntó Santo Tomás de qué libros había sacado tan buena doctrina como exponía en sus obras. Se dice que San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado, y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé aquí lo he aprendido» [8 ]. En él los santos aprendieron a padecer y a amar de verdad. En él debemos aprender nosotros. «Tu Crucifijo. —Por cristiano, debieras llevar siempre
contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al
descanso y al despertar: y cuando se rebele contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo
también» [9 ].

La Pasión del Señor debe ser tema frecuente de nuestra oración, pero especialmente
lo ha de ser en estos días ya próximos al misterio central de nuestra redención.
II. «En la meditación, la Pasión de Cristo sale del marco frío de la historia o de la
piadosa consideración, para presentarse delante de los ojos, terrible, agobiadora, cruel,
sangrante…, llena de Amor» [ 10].

Nos hace mucho bien contemplar la Pasión de Cristo: en nuestra meditación
personal, al leer el Santo Evangelio, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, en el Vía
Crucis… En ocasiones nos imaginamos a nosotros mismos presentes entre los espectadores
que fueron testigos de esos momentos.

Ocupamos un lugar entre los Apóstoles durante la
Última Cena, cuando nuestro Señor les lavó los pies y les hablaba con aquella ternura
infinita, en el momento supremo de la institución de la Sagrada Eucaristía…; uno más entre los tres que se durmieron en Getsemaní, cuando el Señor más esperaba que le
acompañásemos en su infinita soledad…; uno entre los que presenciaron el prendimiento;
uno entre los que oyeron decir a Pedro, con juramento, que no conocía a Jesús; uno que
oyó a los falsos testigos en aquel simulacro de juicio, y vio al sumo sacerdote rasgarse las
vestiduras ante las palabras de Jesús; uno entre la turba que pedía a gritos su muerte y que le contemplaba levantado en la Cruz en el Calvario. Nos colocamos entre los espectadores y vemos el rostro deformado pero noble de Jesús, su infinita paciencia…
También podemos intentar, con la ayuda de la gracia, contemplar la Pasión como la
vivió el mismo Cristo [11]. Parece imposible, y siempre será una visión muy empobrecida
con relación a la realidad, a lo que de hecho sucedió, pero para nosotros puede llegar a ser
una oración de extraordinaria riqueza.

Dice San León Magno que «el que quiera de verdad venerar la pasión del Señor debe contemplar de tal manera a Jesús crucificado con los ojos del alma que reconozca su propia carne en la carne de Jesús» [ 12].

¿Qué experimentaría la santidad infinita de Jesús en Getsemaní, cargando con todos
los pecados del mundo, la infamias, las deslealtades, los sacrilegios…? ¿Qué soledad ante
aquellos tres discípulos que había llevado para que le acompañaran y por tres veces
encontró dormidos? También ve, en todos los siglos, a aquellos amigos suyos que se
quedarán dormidos en sus puestos, mientras los enemigos están en vigilia.

III. Para conocer y seguir a Cristo debemos conmovernos ante su dolor y desamparo,
sentirnos protagonistas, no solo espectadores, de los azotes, las espinas, los insultos, los
abandonos, pues fueron nuestros pecados los que le llevaron al Calvario. Pero «conviene
que profundicemos en lo que nos revela la muerte de Cristo, sin quedarnos en formas
exteriores o en frases estereotipadas. Es necesario que nos metamos de verdad en las
escenas que revivimos (…): el dolor de Jesús, las lágrimas de su Madre, la huida de los
discípulos, la valentía de las santas mujeres, la audacia de José y de Nicodemo, que piden
a Pilato el cuerpo del Señor» [13].

«Quisiera sentir lo que sientes, pero no es posible. Tu sensibilidad –eres perfecto
hombre– es mucho más aguda que la mía. A tu lado compruebo, una vez más, que no sé
sufrir. Por eso me asusta tu capacidad de darlo todo sin reservas.

»Jesús, necesito decirte que soy cobarde, muy cobarde. Pero al contemplarte
clavado ya al madero, “sufriendo cuanto se puede sufrir, con los brazos extendidos en ese
gesto de sacerdote eterno” (Santo Rosario, San Josemaría Escrivá), voy a pedirte una
locura: quiero imitarte, Señor. Quiero entregarme de una vez, de verdad, y estar dispuesto
a llegar hasta donde tú me lleves. Sé que es una petición muy por encima de mis fuerzas.
Pero sé, Jesús, que te quiero» [ 14].

«Acerquémonos, en suma, a Jesús muerto, a esa Cruz que se recorta sobre la
cumbre del Gólgota. Pero acerquémonos con sinceridad, sabiendo encontrar ese
recogimiento interior que es señal de madurez cristiana. Los sucesos divinos y humanos
de la Pasión penetrarán de esta forma en el alma, como palabra que Dios nos dirige,
para desvelar los secretos de nuestro corazón y revelarnos lo que espera de nuestras
vidas» [15].

La meditación de la Pasión de Cristo nos consigue innumerables frutos. En primer
lugar nos ayuda a tener una aversión grande a todo pecado, pues Él fue traspasado por
12 San León Magno, Sermón 15 sobre la Pasión. 13 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 101. 14 M. Montenegro, Vía Crucis, Palabra, 3ª ed., Madrid 1976, XI. 15 San Josemaría Escrivá, loc. cit. nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados [16]. Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los santos, debemos leer de continuo para aprender a detestar el pecado y a inflamarnos en el amor de un Dios tan amante; porque en las llagas de Cristo leemos la malicia del pecado, que le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia divina, y las pruebas del amor que Jesucristo ha tenido con nosotros, sufriendo tantos dolores precisamente para declararnos lo mucho que nos amaba [17].

«—Y se siente que el pecado no se reduce a una pequeña “falta de ortografía”: es
crucificar, desgarrar a martillazos las manos y los pies del Hijo de Dios, y hacerle saltar
el corazón» [ 18]. Un pecado es mucho más que «un error humano».

Los padecimientos de Cristo nos animan a huir de todo lo que pueda significar
aburguesamiento, desgana y pereza. Avivan nuestro amor y alejan la tibieza. Hacen a
nuestra alma mortificada, guardando mejor los sentidos.

Si alguna vez el Señor permite enfermedades, dolores o contradicciones
particularmente intensas y graves, nos será de gran ayuda y alivio el considerar los dolores
de Cristo en su Pasión. Él experimentó todos los sufrimientos físicos y morales, pues
«padeció de los gentiles y de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se ve en las sirvientas que acusaron a San Pedro. Padeció también de los príncipes y de sus  y de la plebe… Padeció de los parientes y conocidos, pues sufrió por causa de Judas, que
le traicionó, y de Pedro, que le negó. De otra parte, padeció cuanto el hombre puede
padecer. Pues Cristo padeció de los amigos, que le abandonaron; padeció en la fama, por
las blasfemias proferidas contra Él; padeció en el honor y en la honra, por las irrisiones
y burlas que le infirieron; en los bienes, pues fue despojado hasta de los vestidos; en el
alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes» [
19].

Hagamos el propósito de estar más cerca de la Virgen estos días que preceden a la
Pasión de su Hijo, y pidámosle que nos enseñe a contemplarle en esos momentos en los
que tanto sufrió por nosotros.

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