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Sin humildad y caridad, no hay ninguna virtud ni obra buena; nos gana la soberbia

Cuaresma. 3ª semana. Sábado

EL FARISEO Y EL PUBLICANO

— Necesidad de la humildad. La soberbia lo pervierte todo.
— La hipocresía de los fariseos. Manifestaciones de la soberbia.
— Aprender del publicano de la parábola. Pedir la humildad.

I. Misericordia, Dios mío… Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un
holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón
quebrantado y humillado, tú no lo desprecias [ 1 ]. El Señor se conmueve y derrocha
sus gracias ante un corazón humilde.

Nos presenta San Lucas en el Evangelio de la Misa de hoy [2 ] a dos hombres
que subieron al Templo a orar: uno fariseo y publicano el otro. Los fariseos se
consideraban a sí mismos como puros y perfectos cumplidores de la ley; los
publicanos se encargaban de recaudar las contribuciones, y eran tenidos por hombres
más amantes de sus negocios que de cumplir con la ley. Antes de narrar la parábola,
el Evangelista se preocupa de señalar que Jesús se dirigía a ciertos hombres que
presumían de ser justos y despreciaban a los demás.

En seguida se pone de manifiesto en la parábola que el fariseo ha entrado al
Templo sin humildad y sin amor. Él es el centro de sus propios pensamientos y el
objeto de su aprecio: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás
hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por
semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. En vez de alabar a Dios, ha
comenzado, quizá de modo sutil, a alabarse a sí mismo.

Todo lo que hacía eran cosas buenas: ayunar, pagar el diezmo…; la bondad de estas obras quedó destruida, sin embargo, por la soberbia: se atribuye a sí mismo el mérito, y desprecia a los demás.

Faltan la humildad y la caridad, y sin ellas no hay ninguna virtud ni obra buena.

El fariseo está de pie. Ora, da gracias por lo que hace. Pero hay mucha
autocomplacencia, está «satisfecho». Se compara con los demás y se considera
superior, más justo, mejor cumplidor de la ley. La soberbia es el mayor obstáculo
que el hombre pone a la gracia divina. Y es el vicio capital más peligroso: se insinúa
y tiende a infiltrarse hasta en las buenas obras, haciéndoles perder su condición y su
mérito sobrenatural; su raíz está en lo más profundo del hombre (en el amor propio
1 Salmo responsorial. 2 Lc 18, 9-14. desordenado), y nada hay tan difícil de desarraigar e incluso de llegar a reconocer con claridad.

«“A mí mismo, con la admiración que me debo”. —Esto escribió en la
primera página de un libro. Y lo mismo podrían estampar muchos otros pobrecitos,
en la última hoja de su vida.

»¡Qué pena, si tú y yo vivimos o terminamos así! —Vamos a hacer un
examen serio» [3 ]. Pedimos al Señor que tenga siempre compasión de nosotros y no
nos deje caer en ese estado. Imploremos cada día la virtud de la humildad y hagamos
hoy el propósito de estar atentos a las diversas y variadas expresiones en que se pone
de manifiesto el pecado capital de la soberbia, y a rectificar la intención en nuestras
obras cuantas veces sea necesario.

II. Algunos fariseos se convirtieron, y fueron amigos y fieles discípulos del
Señor, pero muchos otros no supieron reconocer al Mesías, que pasaba por sus calles
y plazas. La soberbia hizo que perdieran el norte de su existencia y que su vida
religiosa, de la que tanto alardeaban, quedara hueca y vacía. Sus prácticas de piedad
se consumían en formalismos y meras apariencias, realizadas de cara a la galería.
Cuando ayunan, demudan su rostro para que los demás lo sepan [ 4 ]; cuando oran,
gustan de hacerlo de pie y con ostentación en las sinagogas o en medio de las plazas [5 ]; cuando dan limosna, lo pregonan con trompetas [6 ].

El Señor recomendará a sus discípulos: No hagáis como los fariseos. Y les
explica por qué no deben seguir su ejemplo: Todas sus obras las hacen para ser  7 ]. Con palabra fuerte, para que reaccionen, les llama hipócritas, semejantes a sepulcros blanqueados: vistosos por fuera, repletos de podredumbre por dentro [8 ].

La vanagloria «fue la que los apartó de Dios; ella les hizo buscar otro teatro
para sus luchas y los perdió. Porque, como se procura agradar a los espectadores
que cada uno tiene, según son los espectadores, tales son los combates que se
realizan» [9 ]. Para ser humildes no podemos olvidar jamás que quien presencia
3 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 719. 4 Cfr. Mt 6, 16. 5 Cfr. Mt 6, 5. 6 Cfr. Mt 6, 2. 7 Mt 23, 5. 8 Cfr. Mt 23, 27. 9 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 72, 1.
nuestra vida y nuestras obras es el Señor, a quien hemos de procurar agradar en todo
momento.

Los fariseos, por la soberbia, se volvieron duros, inflexibles y exigentes con
sus semejantes, y débiles y comprensivos consigo mismos: Atan pesadas cargas a
los demás y ellos ni siquiera ponen un dedo para moverlas [10]. A nosotros el Señor
nos dice: El mayor entre vosotros ha de ser vuestro servidor [11]. Y el Espíritu Santo,
por medio de San Pablo: llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la
ley de Cristo [ 12].

Una de las manifestaciones más claras de la humildad es el servir
y ayudar a los demás, no ya en acciones aisladas sino de modo constante.
Quizá uno de los reproches más duros que les hace el Señor es este: Vosotros
no habéis entrado y a los que iban a entrar se lo habéis impedido [13]. Han cerrado
el camino a aquellos a quienes tenían que guiar. ¡Guías ciegos! [14] les llamará en
otro lugar. La soberbia hace perder la luz sobrenatural para uno mismo y para los
demás.

La soberbia tiene manifestaciones en todos los aspectos de la vida. «En las
relaciones con el prójimo, el amor propio nos hace susceptibles, inflexibles,
soberbios, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los propios
derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras. Se
deleita en hablar de las propias acciones, de las luces y experiencias interiores, de
las dificultades, de los sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo.

En las prácticas de piedad se complace en mirar a los demás, observarlos y juzgarlos; se inclina acompararse y a creerse mejor que ellos, a verles defectos solamente y negarles las
buenas cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso
a desearles el mal. El amor propio (…) hace que nos sintamos ofendidos cuando
somos humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados,
estimados y obsequiados como esperábamos» [15].

Nosotros hemos de alejarnos del ejemplo y de la oración del fariseo y aprender
del publicano: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Es una
jaculatoria para repetirla muchas veces, que fomenta en el alma el amor a la
humildad, también a la hora de rezar.

III. El Señor está cerca de aquellos que tienen el corazón contrito, y a los
humillados de espíritu los salvará [ 16]. El publicano dirige a Dios una oración
humilde, y confía, no en sus méritos, sino en la misericordia divina: quedándose
lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho
diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador.

El Señor, que resiste a los soberbios pero a los humildes da su gracia [17], lo
perdona y justifica. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no.
El publicano «se quedó lejos, y por eso Dios se acercó más fácilmente… Que
esté lejos o que no lo esté, depende de ti. Ama y se acercará; ama y morará en ti»
[18].
También podemos aprender de este publicano cómo ha de ser nuestra oración:
humilde, atenta, confiada. Procurando que no sea un monólogo en el que nos damos
vueltas a nosotros mismos, a las virtudes que creemos poseer.

En el fondo de toda la parábola late una idea que el Señor quiere inculcarnos:
la necesidad de la humildad como fundamento de toda nuestra relación con Dios y
con los demás. Es la primera piedra de este edificio en construcción que es nuestra
vida interior. «No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por
mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra.
»—Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde
nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa» [19].

Cuando una persona se siente postergada, herida en detalles pequeñísimos,
debe pensar que todavía no es humilde de verdad: es la ocasión de aceptar la propia
pequeñez y ser menos soberbios: «no eres humilde cuando te humillas, sino cuando
te humillan y lo llevas por Cristo» [20].

La ayuda de la Virgen Santísima es nuestra mejor garantía para ir adelante en
esta virtud. «María es, al mismo tiempo, una Madre de misericordia y de ternura, a
la que nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de confianza en el seno materno, pídele que te alcance esta virtud (de la humildad) que Ella tanto apreció;
no tengas miedo de no ser atendido, María la pedirá para ti de ese Dios que ensalza
a los humildes y reduce a la nada a los soberbios; y como María es omnipotente
cerca de su Hijo, será con toda seguridad oída» [21]. Después de considerar las
enseñanzas del Señor, y de contemplar el ejemplo humilde de Santa María, podemos
acabar nuestra oración con esta petición: «Señor, quita la soberbia de mi vida;
quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás.
Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo» [22].

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