Cuaresma. 2ª semana. Martes
HUMILDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO
— Sin humildad no es posible servir a los demás, y podemos hacer
desgraciados a quienes nos rodean.
— Imitar el servicio de Jesús, ejemplo supremo de humildad y de entrega a los
demás.
— De modo particular hemos de servir a aquellos que el Señor ha puesto junto
a nosotros. Aprender de la Virgen.
I. En el Evangelio de la Misa de hoy plantea el Señor, con toda su cruda
realidad, cómo los escribas y fariseos se habían sentado en la cátedra de Moisés y,
preocupados solo de sí mismos, habían abandonado a quienes se les había
encomendado, a las gentes sencillas que andaban maltratadas y abatidas como ovejas
sin pastor [1 ]. Ellos andan preocupados de los primeros puestos en los banquetes, de
sus filacterias y franjas, de ser saludados en las plazas, de ser llamados maestros [2].
Habían sido constituidos sal y luz para el pueblo de Israel, y dejaron al pueblo sin la
sal y sin la luz. También ellos mismos se han quedado a oscuras. Cambiaron la gloria
de Dios por su propia gloria: Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.
La soberbia personal y la búsqueda de la vanagloria les habían hecho perder la
humildad y el espíritu de servicio que caracteriza a quienes desean seguir al Señor.
Cristo advierte a sus discípulos: Vosotros, en cambio, no queráis que os
llamen maestros: … el mayor entre vosotros sea vuestro servidor [3].
Y Él mismo nos señaló repetidamente el camino: Porque ¿quién es el mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio
de vosotros como quien sirve [4 ].
Sin humildad y espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la
caridad. Sin humildad no hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos
engreídos: «los instrumentos de Dios son siempre los humildes» [ 5 ].
En el apostolado y en los pequeños servicios que prestamos a los demás no
hay motivo de complacencia ni de altanería, ya que es el Señor quien hace
1 Mt 9, 36. 2 Cfr. Mt 23, 1-12. 3 Cfr. Mt 23, 8-11. 4 Lc 22, 27. 5 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 15.
verdaderamente las cosas. Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación
con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los
mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede decir Señor Jesús
[6 ].
La gracia es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para realizar
obras que están por encima de nuestras posibilidades. Y Dios resiste a los soberbios
y da su gracia a los humildes [7 ].
Cuando luchamos por alcanzar esta virtud somos eficaces y fuertes. «La
humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores; pero a condición
de que no perdamos de vista la conciencia de nuestra poquedad, con un
convencimiento de nuestra pobre indigencia que crezca cada día» [ 8 ].
Debemos estar vigilantes, porque la peor ambición es la de buscar la propia
excelencia, como hicieron los escribas y los fariseos; la de buscarnos a nosotros
mismos en las cosas que hacemos o proyectamos. «Arremete (la soberbia) por todos
los flancos y su vencedor la encuentra en todo cuanto le circunda» [9 ].
Si no somos humildes podemos hacer desgraciados a quienes nos rodean,
porque la soberbia lo inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado:
la familia, los amigos, el lugar donde trabaja… Exigirá un trato especial porque se
cree distinto, habrá que evitar con cuidado herir su susceptibilidad… Su actitud
dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas –no le importa dejar en
mal lugar a los demás por quedar él bien–, la tendencia a poner punto final a las
conversaciones que surgieron con naturalidad, etcétera, son manifestaciones de algo
más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el
horizonte de la vida en sí misma.
Estos momentos de oración pueden servirnos para examinar, en la presencia
del Señor, cómo es nuestro trato con los demás y si está lleno de espíritu de servicio.
II. Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás. Nadie
tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los
hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo esa su
actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos
de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos
6 1 Cor 12, 3. 7 Sant 4, 6. 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 106. 9 Casiano, Instituciones, 11, 3.
favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos? El Señor, por boca del
profeta Isaías, nos dice hoy en la primera lectura de la Misa [10]: Discite benefacere:
Aprended a hacer el bien… Y solo aprenderemos si nos fijamos en Jesús, nuestro
Modelo, si meditamos frecuentemente su ejemplo constante y sus enseñanzas.
Ejemplo os he dado –dice el Señor después de lavarles los pies a sus
discípulos– para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros [11]. Nos
deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no
estamos dispuestos a servir, no podemos seguir al Maestro.
El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla sencilla, pero
exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis
que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos [12].
La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño,
es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.
Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y
comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a
equivocar; y que se fijen en lo positivo más que en los defectos; y que haya un tono
de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al llegar a casa; y que se nos exija en
nuestro trabajo, pero de buenas maneras; y que nadie hable mal a nuestras espaldas;
y que haya alguien que nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y
que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; y que se nos
haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con
otros; y que recen por nosotros y… Estas son las cosas que, con humildad y espíritu
de servicio, hemos de hacer por los demás.
Discite benefacere.
Si nos comportamos así, sigue diciendo el profeta Isaías, entonces: Aunque
vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque
fueren rojos como la púrpura quedarán como la blanca lana [13].
III. El primero entre vosotros sea vuestro servidor [ 14], nos dice el Señor. Para
eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas manifestaciones de la
caridad que hacen felices a los demás. Si no lucháramos por olvidarnos cada vez más
10 Is 1, 17. 11 Jn 13, 15. 12 Mt 7, 12. 13 Is 1, 18. 14 Mt 23, 11. de nosotros mismos, pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo que hacen, animarles a ser mejores y servirles.
El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad abre
constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y concretos de servicio.
Este espíritu alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad es capaz de
transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la
piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. «Amor saca amor», decía Santa
Teresa [ 15], y San Juan de la Cruz aconsejaba: «Donde no hay amor, pon amor y
sacarás amor» [ 16].
Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os
teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios,
sino hasta nuestras propias personas [17], manifestaba San Pablo a los cristianos de
Tesalónica. Si le imitamos, tendremos frutos parecidos a los suyos.
De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los más
próximos, en la propia familia: «el marido no busque únicamente sus intereses, sino
también los de su mujer, y esta los de su marido; los padres busquen los intereses de
sus hijos y estos a su vez busquen los intereses de sus padres. La familia es la única
comunidad en la que todo hombre “es amado por sí mismo”, por lo que es y no por
lo que tiene (…).
»El respeto de esta norma fundamental explica, como enseña el mismo
Apóstol, que no se haga nada por espíritu de rivalidad o por vanagloria, sino con
humildad, por amor. Y este amor, que se abre a los demás, hace que los miembros
de la familia sean auténticos servidores de la “iglesia doméstica”, donde todos
desean el bien y la felicidad a cada uno; donde todos y cada uno dan vida a ese amor
con la premurosa búsqueda de tal bien y tal felicidad» [18].
Si actuamos así no veremos, como en tantas ocasiones sucede, la paja en el
ojo ajeno sin ver la viga en el propio [19]. Las faltas más pequeñas del otro se ven
aumentadas, las mayores faltas propias tienden a disminuirse y a justificarse.
15 Santa Teresa, Vida, 22, 14. 16 San Juan de la Cruz, Carta a la M. Mª de la Encarnación, en Vida, BAC, Madrid 1950, p. 1322. 17 1 Tes 2, 7-8. 18 San Juan Pablo II, Homilía en la Misa para las familias, Madrid 2-XI-1982. 19 Mt 7, 3-5.
Por el contrario, la humildad nos hace reconocer en primer lugar los propios
errores y las propias miserias. Estamos en condiciones entonces de ver con
comprensión los defectos de los demás y de poder prestarles ayuda. También estamos
en condiciones de quererles y aceptarlos con esas deficiencias.
La Virgen, Nuestra Señora, Esclava del Señor, nos enseñará a entender que
servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de
los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos
haga verdaderamente humildes.

