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Si luchamos, siempre estaremos más cerca de Jesús

Octava de Pascua. Martes

JESUCRISTO VIVE PARA SIEMPRE

— El Señor se aparece a María Magdalena. Jesús en nuestra vida.

— Presencia de Cristo entre nosotros.

— Buscar a Cristo y tratarle. El ejemplo de María Magdalena nos enseña que
quien busca con sinceridad al Señor acaba encontrándolo.

María de Magdala ha vuelto al sepulcro. Conmueven el cariño y la devoción
de esta mujer por Jesús aun después de muerto. Ella había sido fiel en los momentos
durísimos del Calvario, y el amor sigue siendo muy grande. La gracia había arraigado y fructificado en su corazón después de haber sido librada de tantos males. Estuvo poseida oseída por siete demonios.

María se queda fuera del sepulcro llorando. Unos ángeles, que ella no reconoce
como tales, le preguntan por qué llora. Se han llevado a mi Señor, les dice, y no sé
dónde lo han puesto. Es lo único que le importa en el mundo. A nosotros también es lo único que nos interesa por encima de cualquier otra cosa.

Dicho esto –nos sigue narrando el Evangelio de la Misa–, se volvió hacia atrás
y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. María no ha dejado de llorar la
ausencia del Señor. Y sus lágrimas no le dejan verlo cuando lo tiene tan cerca. Le
dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Vemos a Cristo resucitado
sonriente, amable y acogedor. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si
te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.

Bastó una sola palabra de Cristo para que sus ojos y su corazón se aclarasen.

Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada
nombre –también al nuestro– y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy
singular. Jesús nos llama por nuestros nombres, y su entonación es inconfundible.

La voz de Jesús no ha cambiado. Cristo resucitado conserva los rasgos
humanos de Jesús pasible: la cadencia de su voz, el modo de partir el pan, los
agujeros de los clavos en las manos y en los pies.

María se volvió, vio a Jesús, se arrojó a sus pies, y exclamó en arameo:
¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Sus lágrimas, ahora incontenibles como río
desbordado, son de alegría y de felicidad. San Juan ha querido dejarnos la palabra
hebraica original –Rabbuni– con que tantas veces le llamaron. Es una palabra
familiar, intocable. No es Jesús un «maestro», entre tantos, sino el Maestro, el único
capaz de enseñar el sentido de la vida, el único que tiene palabras de vida eterna.

María fue a los Apóstoles a cumplir el encargo que le dio Jesús, y les dijo: ¡He
visto al Señor! En sus palabras se transparenta una inmensa alegría. ¡Qué distinta su
vida ahora que sabe que Cristo ha resucitado, de cuando solo buscaba honrar el
Cuerpo muerto de Jesús!.

¡Qué distinta también nuestra existencia cuando procuramos comportarnos
según esta consoladora realidad: Jesucristo sigue entre nosotros! El mismo a quien
aquella mañana María de Magdala confundió con el hortelano del lugar. «Cristo vive:
Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos
un recuerdo y un ejemplo maravillosos (…).

»Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la
mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había
prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los
hijos de los hombres.

Jesús nos llama muchas veces por nuestro nombre, con su acento
inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas –quizá
las lágrimas, como a María Magdalena, por el dolor, el fracaso, la decepción, las
penas, el desconsuelo– no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos
purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.

Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo
hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que
asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También
nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima
del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle: Oigo en mi
corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. En el Cielo veremos a
Jesús como es, sin imágenes oscuras; será el encuentro con quien nos conoce y a
quien conocemos porque ya le hemos tratado en muchas ocasiones.

Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada
Eucaristía. «La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los
cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en varios lugares
del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia,
después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento,
el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por
lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y a
adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que
ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros
sin haber dejado los cielos».

«La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es
la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos; está en
su Palabra, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura; está presente cuando la
Iglesia ora y se reúne en su nombre. Vive en el cristiano de una manera íntima,
profunda e inefable. Cumplió la promesa que hizo a los Apóstoles cuando se despedía
de ellos en la Última Cena: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le
amará, y vendremos a él y en él haremos morada.

Dios habita en nuestra alma en gracia y ahí debemos buscarle, ahí debemos escucharle, pues nos habla, y le entenderemos, si tenemos el oído atento y el corazón limpio. A esa presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo.

San Agustín, al considerar la cercanía inefable de Dios en el alma, exclamaba:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que tú
estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (…). Tú estabas conmigo,
mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti,
no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste,
resplandeciste y curaste mi ceguedad».

En el alma en gracia, el Señor está más cerca que cualquier persona que esté a
nuestro lado, más cerca que el hijo o el hermano que tenéis en vuestros brazos o
lleváis de la mano; está más presente que el propio corazón. No dejemos de tratarle.

Cristo vive, y de diversos modos está entre nosotros y aun dentro de
nosotros. Por eso debemos salir a su encuentro, esforzarnos por tener más conciencia
de esa presencia inefable para que, teniéndole más presente, le tratemos más, y su
amor crezca en nosotros. «Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la
Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y
vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los
Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que
puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto
que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7, 24-25).

»Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se
deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos
hace desear su compañía definitiva» [11]. Si contemplamos a Cristo resucitado, si
nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que
también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces
se engrandece y adquiere un sentido nuevo.

Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal
–una fe amorosa– que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta
como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la
Pasión en su Cuerpo. Notaremos que, cada vez con más naturalidad, vamos
refiriendo al Señor todas las cosas de nuestra existencia, y que no podríamos vivir
sin Él. Encontrar al Señor nos supondrá en ocasiones una paciente y laboriosa
búsqueda, comenzar y recomenzar cada día, quizá con la impresión de que estamos
en la vida interior como al principio. Sin embargo, si luchamos, siempre estaremos
más cerca de Jesús. Pero es preciso no dejar jamás que penetre el desaliento en
nuestra alma por posibles retrocesos, muchas veces aparentes.

El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en
momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a
Jesucristo acaba encontrándolo. En cualquier circunstancia de nuestra vida le
hallaremos mucho más fácilmente si iniciamos nuestra búsqueda de la mano de la
Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto
bendito de tu vientre.

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