CISTERNAS AGRIETADAS. EL PECADO
— El pecado es el mayor engaño que puede sufrir el hombre y el único y
verdadero mal.
— Los efectos del pecado.
— La lucha contra las faltas veniales. Amor a la Confesión.
I. El pueblo judío, después de su experiencia en el desierto, conocía bien la
importancia del agua. Encontrar agua en medio del desierto era hallar un tesoro, y se
guardaban los pozos más que las joyas, pues de ellos dependía la vida. La Sagrada
Escritura habla de Dios como de la fuente de las aguas vivas; el justo es como un
árbol plantado junto al borde del agua viva, que produce frutos incluso en tiempo
de sequía.
En el coloquio con la mujer samaritana, Jesús manifestó que Él es la fuente
capaz de saciar a las almas con agua viva. En la fiesta de los Tabernáculos o de
las Tiendas, en la que los judíos recordaban su paso por el desierto acampando en
tiendas, Jesús se presenta como el único que puede apagar la sed de las almas. En el
último día –escribe San Juan–, el día más solemne de la fiesta, estaba allí Jesús y
clamó: Si alguno tiene sed, venga a Mí, y beba quien cree en Mí. Como dice la
Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva. Solo Cristo puede calmar la
sed de eternidad que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón, solo Él puede hacer
que nuestra vida sea fecunda. Muchos Santos Padres han visto en el costado abierto
de Cristo, del que brota sangre y agua, el origen de los sacramento, que dan la
vida sobrenatural.
En este contexto nos suenan con especial fuerza hoy en la oración las palabras
del Profeta Jeremías al hablarnos del abandono de su pueblo y, en un sentido más
amplio, del pecado de los hombres, de nuestros pecados: Espantaos, cielos,
horrorizaos y pasmaos… Porque dos maldades ha cometido mi pueblo: me
abandonaron a Mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes agrietados, que no
pueden contener el agua.
Todo pecado es separación de Dios. Se abandona por nada el agua viva que
salta a la vida eterna; intento frustrado de apagar la sed en otras cosas, y muerte. Es
el mayor engaño que puede sufrir el hombre, es el auténtico mal, puesto que arrebata
la gracia santificante, la vida de Dios en el alma, que es el don más precioso que
hemos recibido. El pecado es siempre «el derroche de nuestros valores más
preciosos. Esta es la auténtica realidad, aun cuando parece, a veces, que
precisamente el pecado nos permite obtener éxitos. El alejamiento del Padre lleva
consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad,
y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la
herencia de la gracia». El pecado convierte al alma en verdadero pedregal en el
que es imposible que crezca la gracia y se desarrollen las virtudes; tierra seca,
endurecida, llena de espinas, como nos mostraba el Evangelio de la Misa de ayer y
volveremos a considerar mañana. El pecado –el abandono de la fuente de las aguas
vivas para construir aljibes agrietados– significa la ruina del hombre.
II. Fuera de Dios, el hombre solo encontrará infelicidad y muerte; el pecado es
un vano intento de guardar agua en un aljibe roto. «Ayúdame a repetirlo al oído de
aquel, y del otro…, y de todos: el pecador, que tenga fe, aunque consiga todas las
bienaventuranzas de la tierra, necesariamente es infeliz y desgraciado.
»Es verdad que el motivo que nos ha de llevar a odiar el pecado, aun el
venial, el que debe mover a todos, es sobrenatural: que Dios lo aborrece con toda
su infinidad, con odio sumo, eterno y necesario, como mal opuesto al infinito
bien…; pero la primera consideración, que te he apuntado, nos puede conducir a
esta última»: la soledad que deja en el alma el pecado nos debe también mover a
alejarnos de él. No sin razón se ha dicho que con mucha frecuencia «el camino del
Infierno es ya un infierno».
El pecado endurece el alma para las cosas de Dios. En el Evangelio de la Misa dice Jesús, citando al Profeta Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis
con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de
oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender
con el corazón… Basta echar una mirada a nuestro alrededor para ver, con pena,
cómo estas palabras del Señor son también una realidad en muchos que han perdido
el sentido del pecado y están como embrutecidos para las realidades sobrenaturales.
El pecado mortal aparta al hombre radicalmente de Dios, porque priva al alma
de la gracia santificante; se pierden todos los méritos adquiridos por las buenas obras
realizadas y deja al alma incapacitada para adquirir otros nuevos; queda en cierto
modo sujeta a la esclavitud del demonio; disminuye la inclinación natural a la virtud,
de tal manera que cada vez le es más difícil realizar actos buenos; en ocasiones tiene
efectos también sobre el cuerpo: falta de paz, malhumor, desidia, voluntad floja para
el trabajo…; se provoca un desorden en las potencias y afectos; produce un mal a toda
la Iglesia y a todos los hombres y una separación de ellos, aunque externamente
quede inadvertido: de la misma manera que todo justo que se esfuerza por amar a
Dios eleva al mundo y a cada hombre, todo pecado «abaja consigo a la Iglesia y, en
cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el
más íntimo y secreto, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo
pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en
todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana».
Todo pecado está íntima y misteriosamente relacionado con la Pasión de
Cristo. Nuestros pecados estuvieron presentes y fueron la causa de tanto dolor; ahora,
en cuanto está de nuestra parte, crucifican de nuevo al Hijo de Dios [11]. «¡Cómo nos
ama, y cuántos sacrificios, cuántas penas pasó por salvarnos, desde el pesebre hasta
la cruz! ¿Qué nos dicen los misterios dolorosos del Rosario, las estaciones del Vía
crucis, la Cruz, los clavos y la lanza, las heridas? Por nosotros, por cada uno de
nosotros ha sufrido todo esto, solamente para abrirnos el acceso al Padre (Ef 2, 18),
para obtenernos el perdón de los pecados y el derecho a la posesión de la vida
eterna. Nosotros, en recompensa, pecamos y despreciamos todos sus sacrificios.
Este fue su dolor más agudo durante la agonía en Getsemaní: previó con
clarividencia divina con qué íbamos a corresponderle».
Con la ayuda y la misericordia divina, porque nadie está confirmado en gracia,
el cristiano que sigue de cerca a Cristo no cae habitualmente en faltas graves. Pero el
conocimiento de la propia debilidad ha de llevarnos a evitar con esmero las ocasiones
de pecar, aun las más lejanas; a practicar la mortificación de los sentidos; a no fiarnos
de la propia experiencia, de los años quizá de entrega, de una formación esmerada…
Y hemos de pedir al Señor aborrecer todo pecado y toda falta deliberada, la finura de
conciencia para detectar incluso las faltas leves y desear purificar el alma en la
frecuente Confesión, para no perder el sentido del pecado, esa tremenda realidad que
parece ajena a una buena parte de la sociedad a la que pertenecemos, porque ha dado
la espalda a Dios.
Le decimos a Jesús: «¡Ayúdanos a vencer nuestra indiferencia y nuestro
torpor! Danos el sentido del pecado. Crea en nosotros, Señor, un corazón puro, y
renueva en nuestra conciencia un espíritu firme».
III. Para entablar una lucha decidida contra el pecado es preciso reconocer sin
excusas ni disculpas nuestros errores diarios, llamándolos por su nombre, sin buscar
justificaciones que impedirían el dolor y la contrición y la lucha por evitarlos:
omisiones en nuestros deberes profesionales, en la fraternidad, en el trato con Dios;
juicios negativos sobre los demás; ambiciones menos nobles o desordenadas: de ser
el centro de los demás, de mandar, de tener más de lo que se necesita; movimientos
de envidia, malhumor que se vierte en los demás; pocas atenciones en la vida de
familia; deseos consentidos de ser servidos en vez de servir… Son verdaderos
pecados veniales, porque la voluntad se resiste a secundar el querer de Dios,
prefiriendo el propio capricho o el juicio propio en algo contrario a la voluntad de
Dios, aunque no suponga una ruptura con Él. No se compagina el empeño por estar
cada día más cerca de Jesucristo con admitir cosas que separan de Él. Cada falta
venial deliberada es un paso atrás en nuestro camino hacia Dios; es entorpecer la
acción del Espíritu Santo en el alma.
A nosotros, que estamos sedientos de Dios, que queremos dejar a un lado y
aborrecer de verdad todo aquello que nos separa o retrasa, nos dice el mismo Jesús:
Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba…
Esta agua viva que promete el Señor no se puede guardar en vasijas rotas por
el pecado mortal o agrietadas por los pecados veniales. La Confesión restaura el
alma, la purifica y la llena de gracia. Vayamos a este sacramento con contrición
verdadera. Que podamos decir con el Salmista: ríos de lágrimas derramaron mis
ojos porque no observaron tu ley.
Le pedimos a Nuestra Madre Santa María, Refugio de los pecadores, que nos
conceda la gracia de aborrecer todo pecado venial y un gran amor al sacramento de
la Misericordia divina. Examinemos al terminar este rato de oración con qué
frecuencia acudimos a este sacramento, con qué amor nos acercamos, qué empeño
ponemos en los consejos recibidos.

