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Ser agaradecidos, una virtud y un compromiso moral

ACCIONES DE GRACIAS

— El agradecimiento a Dios por todos los bienes es una manifestación de fe,
de esperanza y de amor. Innumerables motivos para ser agradecidos.

— Ver la bondad de Dios en nuestra vida. La virtud humana de la gratitud.

— La acción de gracias después de la Santa Misa y de la Comunión.

I. Te daré gracias entre las naciones, Señor; contaré tu fama a mis
hermanos. Aleluya, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.
Constantemente nos invita la Sagrada Escritura a dar gracias a Dios: los
himnos, los salmos, las palabras de todos los hombres justos están penetradas de
alabanza y de agradecimiento a Dios. ¡Bendice, alma mía, a Yahvé y no olvides
ninguno de sus favores!, dice el Salmista. El agradecimiento es una forma
extraordinariamente bella de relacionarnos con Dios y con los hombres. Es un modo
de oración muy grato al Señor, que anticipa de alguna manera la alabanza que le
daremos por siempre en la eternidad, y una manera de hacer más grata la convivencia
diaria. Llamamos precisamente Acción de gracias al sacramento de la Sagrada
Eucaristía, por el que adelantamos aquella unión en que consistirá la bienaventuranza
eterna.

En el Evangelio vemos cómo el Señor se lamenta de la ingratitud de unos
leprosos que no saben ser agradecidos: después de haber sido curados ya no se
acordaron de quien les había devuelto la salud, y con ella su familia, el trabajo…, la
vida. Jesús se quedó esperándolos. En otra ocasión se duele de la ciudad de
Jerusalén, que no percibe la infinita misericordia de Dios al visitarla, ni el don
que le hace el Señor al tratar de acogerla como la gallina reúne a sus polluelos bajo
las alas.

Agradecer es una forma de expresar la fe, pues reconocemos a Dios como
fuente de todos los bienes; es una manifestación de esperanza, pues afirmamos que
en Él están todos los bienes; y lleva al amor  y a la humildad, pues nos
reconocemos pobres y necesitados. San Pablo exhortaba encarecidamente a los
primeros cristianos a que fueran agradecidos: Dad gracias a Dios, porque esto es lo
que quiere Dios que hagáis en Jesucristo, y considera la ingratitud como una de
las causas del paganismo.

«San Pablo –señala San Juan Crisóstomo– da gracias en todas sus cartas por
todos los beneficios de la tierra. Démoslas también nosotros por los beneficios
propios y por los ajenos, por los pequeños y por los grandes». Un día, cuando
estemos ya en la presencia de Dios para siempre, comprenderemos con entera
claridad que no solo nuestra existencia se la debemos a Él, sino que toda ella estuvo
llena de tantos cuidados, gracias y beneficios «que superan en número a las arenas
del mar» Nos daremos cuenta de que no tuvimos más que motivos de agradecimiento a Dios y a los demás. Solo cuando la fe se apaga se dejan de ver estos
bienes y esta grata obligación.

«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas
veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque
no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.

»Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —
Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a
aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…
»Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

II. El Señor nos enseñó a ser agradecidos hasta por los favores más pequeños:
Ni un vaso de agua que deis en mi nombre quedará sin su recompensa [12]. El
samaritano que volvió a dar gracias se marchó con un don todavía mayor: la fe y la
amistad del Señor: Levántate y vete, tu fe te ha salvado, le dijo Jesús [13]. Los nueve
leprosos desagradecidos se quedaron sin la parte mejor que les había reservado. El
Señor espera de nosotros los cristianos que cada día nos acerquemos a Él para decirle
muchas veces: «¡Gracias, Señor!».

Como virtud humana, la gratitud constituye un eficaz vínculo entre los
hombres y revela con bastante exactitud la calidad interior de la persona. «Es de bien
nacidos ser agradecidos», dice la sabiduría popular. Y si falta esta virtud se hace
difícil la convivencia humana.

Cuando somos agradecidos con los demás guardamos el recuerdo afectuoso
de un beneficio, aunque sea pequeño, con el deseo de pagarlo de alguna manera. En
muchas ocasiones solo podremos decir «gracias», o algo parecido. En la alegría que
ponemos en ese gesto va nuestro agradecimiento. Y todo el día está lleno de pequeños
servicios y dones de quienes están a nuestro lado. Cuesta poco manifestar nuestra
gratitud y es mucho el bien que se hace: se crea un mejor ambiente, unas relaciones
más cordiales, que facilitan la caridad.

La persona agradecida con Dios lo es también con quienes la rodean. Con más
facilidad sabe apreciar esos pequeños favores y agradecerlos. El soberbio, que solo
está en sus cosas, es incapaz de agradecer; piensa que todo le es debido.
Si estamos atentos a Dios y a los demás, apreciaremos en nuestro propio hogar
que la casa esté limpia y en orden, que alguien haya cerrado las ventanas para que no
entre el frío o el calor, que la ropa esté limpia y planchada… Y si alguna vez una de
estas cosas no está como esperábamos, sabremos disculpar, porque es
incontablemente mayor el número de cosas gratas y favores recibidos.

Y al salir a la calle, el portero merece nuestro agradecimiento por guardar la
casa, y la señora de la farmacia que nos ha proporcionado las medicinas, y quienes
componen el periódico y han pasado la noche trabajando, y el conductor del
autobús… Toda la convivencia humana está llena de pequeños servicios mutuos.
¡Cómo cambiaría esta convivencia si además de pagar y de cobrar lo justo en cada
caso, lo agradeciéramos! La gratitud en lo humano es propio de un corazón grande.

III. Las acciones de gracias frecuentes deben informar nuestro
comportamiento diario con el Señor, porque estamos rodeados de sus cuidados y
favores: «nos inunda la gracia» [14]. Pero existe un momento muy extraordinario en
el que el Señor nos llena de sus dones, y en él debemos ser particularmente
agradecidos: la acción de gracias que sigue a la Misa.

Nuestro diálogo con Jesús en esos minutos debe ser particularmente íntimo,
sencillo y alegre. No faltarán los actos de adoración, de petición, de humildad, de
desagravio y de agradecimiento. «Los santos (…) nos han dicho repetidamente que
la acción de gracias sacramental es para nosotros el momento más precioso de la
vida espiritual».

En esos momentos debemos cerrar la puerta de nuestro corazón para todo
aquello que no sea el Señor, por muy importante que pueda ser o parecer. Unas veces
nos quedaremos a solas con Él y no serán necesarias las palabras; nos bastará saber
que Él está allí, en nuestra alma, y nosotros en Él. Bastará poco para estar
hondamente agradecidos, contentos, experimentando la verdadera amistad con el
Amigo. Allí cerca están los ángeles, que le adoran en nuestra alma… En ese momento
el alma es lo más semejante al Cielo en este mundo. ¿Cómo vamos a estar pensando
en otras cosas…?

En otras ocasiones echaremos mano de esas oraciones que recogen los
devocionarios, que han alimentado la piedad de generaciones de cristianos durante
muchos siglos: Te Deum, Trium puerorum, Adoro te devote, Alma de Cristo…, y
otras muchas, que los santos y los buenos cristianos que han amado de verdad a Jesús
Sacramentado nos han dejado como alimento de nuestra piedad.

«El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber
encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal,
íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es
la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a Él, cómo hablarle, cómo comportarse?
»No se compone de normas rígidas la vida cristiana (…). Pienso, sin
embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la
acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el
Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo».

Rey, porque nos ha rescatado del pecado y nos ha trasladado al reino de la luz.
Le pedimos que reine en nuestro corazón, en las palabras que pronunciemos en ese
día, en el trabajo que le hemos ofrecido, en nuestros pensamientos, en cada una de
nuestras acciones.

En la Comunión vemos a Jesús como Médico, y junto a Él encontramos el
remedio de todas nuestras enfermedades. Acudimos a la Comunión como se llegaban
a Él los ciegos, los sordos, los paralíticos… Y no olvidamos que tenemos en nuestra
alma, a nuestra disposición, la Fuente de toda vida. Él es la Vida.

Jesús es el Maestro, y reconocemos que Él tiene palabras de vida eterna…, y
en nosotros ¡existe tanta ignorancia! Él enseña sin cesar, pero debemos estar atentos.
Si estuviéramos con la imaginación, la memoria, los sentidos dispersos… no le
oiríamos.

En la Comunión contemplamos al Amigo, el verdadero Amigo, del que
aprendemos lo que es la amistad. A Él le contamos lo que nos pasa, y siempre
encontramos una palabra de aliento, de consuelo… Él nos entiende bien. Pensemos
que está con la misma presencia real con la que se encuentra en el Cielo, que le
rodean los ángeles… En ocasiones pediremos ayuda a nuestro Ángel Custodio: «Dale
gracias por mí, tú lo sabes hacer mejor». Ninguna criatura como la Virgen, que llevó
en su seno durante nueve meses al Hijo de Dios, podrá enseñarnos a tratarle mejor
en la acción de gracias de la Comunión. Acudamos a Ella.

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