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Seamos esa tierra fertil que necesita el mundo

VIRTUDES HUMANAS

— Las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales.

— En Jesucristo tienen su plenitud todas las virtudes.

— Necesidad de las virtudes humanas en el apostolado.

I. El Evangelio de la Misa nos enseña cómo la semilla de la gracia cae en
terrenos muy diferentes: entre espinos, en el camino endurecido por el paso de las
gentes, en medio de un pedregal…, en tierra buena. Dios quiere que seamos esa tierra
bien preparada que acoge la semilla y a su tiempo da una crecida cosecha. Las
virtudes naturales constituyen en el hombre el terreno bien dispuesto para que, con
la ayuda de la gracia, arraiguen y crezcan las sobrenaturales. Muchos que, quizá por
ignorancia, viven alejados de Dios, pero han cultivado esas disposiciones nobles y
honradas, están bien dispuestos y preparados para recibir la gracia de la fe, porque el
comportamiento humano recto compone como el punto de apoyo del edificio
sobrenatural.

La vida de la gracia en el cristiano no está superpuesta a la realidad humana,
sino que la penetra, la enriquece y la perfecciona. «De este modo se explica que la
Iglesia exija a sus santos el ejercicio heroico no solo de las virtudes teologales, sino
también de las morales y humanas; y que las personas verdaderamente unidas a
Dios por el ejercicio de las virtudes teologales se perfeccionan también desde el
punto de vista humano, se afinan en su trato; son leales, afables, corteses, generosas,
sinceras, precisamente porque tienen colocados en Dios todos los afectos de su
alma».

El orden sobrenatural no prescinde del orden natural, ni mucho menos lo
destruye: «por el contrario, lo levanta y lo perfecciona, y cada uno de los órdenes
presta al otro un auxilio, como un complemento proporcionado a su propia
naturaleza y dignidad, puesto que ambos proceden de Dios, que no puede menos de
estar de acuerdo consigo mismo».

Aunque la gracia puede transformar por sí misma a las personas, lo normal es
que requiera las virtudes humanas, pues ¿cómo podría arraigar, por ejemplo, la virtud
cardinal de la fortaleza en un cristiano que no se venciera en pequeños hábitos de
comodidad o de pereza, que estuviera excesivamente preocupado del calor o del frío,
que se dejara llevar habitualmente por los estados de ánimo, que estuviera pendiente
de sí mismo y de su comodidad? ¿Cómo podría vivir el optimismo ante las más
diversas circunstancias, consecuencia de su vida de fe, si fuera pesimista y
malhumorado en su convivencia ordinaria? «No se puede mutilar nada de la esencia
ni de las cualidades buenas de la naturaleza humana. Despersonalizarse en aquello
que de bueno tiene el hombre –que es mucho– es lo más ruinoso que puede hacer un
cristiano. Desarrolla tu naturaleza, tu actividad humana; desarróllala hasta el
infinito. Todo lo que empequeñece, lo que contrae y estrecha, lo que nos ata por el
miedo, eso no es Cristianismo. Hay que emplear otra palabra que no sea
despersonalización para designar la total purificación del pecado y malas
inclinaciones que el hombre, con la ayuda de Dios, ha de realizar». El Señor nos
quiere con una personalidad definida, cada uno la suya, resultado del aprecio que
tenemos por todo lo que Él nos ha dado y del empeño que hemos puesto por cultivar
estos dones personales.

La tierra bien dispuesta –las virtudes naturales– permite que la semilla divina
arraigue, crezca y se desarrolle con facilidad, a impulsos de la gracia y de la personal
correspondencia. Y, al mismo tiempo, mejora el terreno en el que cayó la buena
simiente cuando crece en él la semilla. La vida cristiana perfecciona las condiciones
humanas, al darles una finalidad más alta; el hombre es más humano cuanto más
cristiano.

II. El Señor quiere que practiquemos todas las virtudes naturales: el
optimismo, la generosidad, el orden, la reciedumbre, la alegría, la cordialidad, la
sinceridad, la veracidad… En primer lugar, porque debemos imitarle a Él, perfecto
Dios y Hombre perfecto. En Él, tienen su plenitud todas las virtudes propias de la
persona y, siendo Dios, se manifestó profundamente humano. «Vestía al uso de la
época, tomaba los manjares corrientes, se comportaba según las costumbres del
lugar, raza y época a que pertenecía. Imponía las manos, ordenaba, se enfadaba,
sonreía, lloraba, discutía, se cansaba, sentía sueño y fatiga, hambre y sed, angustia
y alegría. Y la unión, la fusión entre lo divino y lo humano era tan total, tan perfecta,
que todas sus acciones eran, a la vez, divinas y humanas. Era Dios, y gustaba
llamarse Hijo del Hombre». Cristo mismo exigió a todos la perfección humana
encerrada en la ley natural, formó a sus discípulos no solo en las virtudes
sobrenaturales sino en el comportamiento social, en la sinceridad, en la nobleza [7
les instó a que fueran hombres de juicio ponderado… Él mismo echó de menos la
gratitud de unos leprosos a los que había curado, y las muestras de cortesía y de
urbanidad [10] propias de gentes educadas. Tanta importancia dio Jesús a las virtudes
humanas que llegó a decir a sus discípulos: si no entendéis las cosas de la tierra,
¿cómo entenderéis las celestiales?.

Si en lo humano procuramos ser sencillos, leales, trabajadores, comprensivos,
equilibrados…, estaremos imitando a Cristo, que es también el Modelo en nuestro
comportamiento, y nos dispondremos a ser la buena tierra donde las virtudes
sobrenaturales echan con facilidad sus raíces. Para eso debemos contemplar muchas
veces al Maestro y ver en Él la plenitud de todo lo humano noble y recto. En Jesús
tenemos el ideal humano y divino al que nos debemos parecer.

 

III. El cristiano en medio del mundo es como una ciudad puesta en lo alto de
un monte, como la luz sobre el candelero. Y lo humano es lo primero que se ve; el
ejemplo de personas íntegras, leales, honradas, valientes…, es lo que arrastra. Por
eso, las virtudes propias de la persona –todas las condiciones naturales buenas– se
convierten en instrumento de la gracia para acercar a otros a Dios: el prestigio
profesional, la amistad, la sencillez, la cordialidad…, pueden disponer a las almas
para oír con atención el mensaje de Cristo. Las virtudes humanas son necesarias en
el apostolado, porque si nuestros amigos no ven estas, difícilmente entenderán las
sobrenaturales. Si un cristiano no fuera veraz, ¿cómo podrían confiar en él sus
amigos? ¿Cómo daríamos a conocer el verdadero rostro de Cristo, si falláramos en
lo elemental, en lo humano? Las virtudes humanas han de ser como el monte en el
que está puesta la ciudad, como el candelero en el que se coloca la luz de Cristo.
Muchos apreciarán la vida sobrenatural cuando la vean hecha realidad en una
conducta plenamente humana.

Hemos de dar a conocer que Cristo vive, con la alegría habitual, a través de la
serenidad en circunstancias quizá difíciles y penosas, en el trabajo bien acabado, en
la sobriedad y la templanza, en una amistad siempre abierta a todos. Una vocación
cristiana vivida en su integridad debe informar todos los aspectos de la existencia.
Todos aquellos que de alguna manera nos tratan y nos conocen han de percibir, la
mayoría de las veces solo por el comportamiento, la alegría de la gracia que late en
el corazón. «Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al
vernos: este es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es
fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque
manifiesta sentimientos de paz, porque ama» [12], porque es generoso con su
tiempo, porque no se queja, porque sabe prescindir de lo superfluo…

El mundo que nos rodea está necesitado del testimonio de hombres y mujeres
que, llevando a Cristo en su corazón, sean ejemplares. Quizá nunca se ha hablado
tanto de los derechos del hombre y de logros humanos. Pocas veces la humanidad ha
sido tan consciente de sus propias fuerzas. Pero quizá nunca se han dejado más
claramente de lado los valores propios de la persona, que son aquellos que posee en
cuanto imagen de Dios.

De los cristianos espera el mundo esta enseñanza fundamental: que todos
hemos sido llamados a ser hijos de Dios. Y para alcanzar esta meta, hemos de vivir
en primer lugar como hombres y mujeres cabales, desarrollando todos los valores
naturales que el Señor nos ha dado. Así, con sencillez, mostramos que, para imitar a
Cristo, es necesario ser muy humanos; y que, siendo plenamente humanos, llevamos
camino –porque la gracia nunca falta– de ser plenamente hijos de Dios.

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