LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR*
—El Señor conforta a sus discípulos ante la inminencia de su Pasión y Muerte.
— Dios mismo será nuestra recompensa.
— El Señor está a nuestro lado para ayudarnos a llevar lo más duro y lo que
más pesa.
I. Cuando Cristo se manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos
según es.
Jesús había anunciado a los suyos la inminencia de su Pasión y los sufrimientos
que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los exhortó a que le
siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio [2]. Pocos días después de estos
sucesos, que habían tenido lugar en la región de Cesarea de Filipo, quiso confortar
su fe, pues como enseña Santo Tomás para que una persona ande rectamente por un
camino es preciso que conozca antes de algún modo el fin al que se dirige: «como el
arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía.
Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el camino
laborioso… Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de
su claridad, que es lo mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará
a los suyos».
Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de
la cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente,
y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la
entrega que nos pide el Señor con una vida fácil y quizá aburguesada, como la de
tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales.
«¿No hemos sentido frecuentemente la tentación de creer que ha llegado el momento
de convertir el cristianismo en algo fácil, de hacerlo confortable, sin sacrificio
alguno; de hacerlo conformista con las formas cómodas, elegantes y comunes de los
demás, y con el modo de vida mundano? ¡Pero no es así!… El cristianismo no puede
dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del
deber… Si tratásemos de quitar esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y
debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación
muelle y cómoda de la vida» [4]. No es esa la senda que indicó el Señor.
Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los
hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que
debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que
contemplaran su gloria. Allí se mostró «en la claridad soberana que quiso fuese
visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a
la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que
pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma
divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón» [5], la
que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.
También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo
que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el
desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No
dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene
preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El
paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el
contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios: el
encuentro tanto tiempo esperado.
II. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte
alto, y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente
como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se les aparecieron Moisés y
Elías hablando con Él [6]. Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad
incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!;
si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías
[7]. Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan
que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro,
añade que no sabía lo que decía [8]. Todavía estaba hablando, cuando una nube
resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado,
en quien tengo mis complacencias: escuchadle.
El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fueron sin duda
de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres
discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas,
dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura
persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo
siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su
majestad. En efecto, Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la
sublime gloria le dirigió esta voz: Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis
complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el
monte santo [10]. El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los
discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su
alma toda la vida. «La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría
en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza
Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso
prestar fe absoluta y obediencia total» [11], al que debemos buscar todos los días de
nuestra existencia aquí en la tierra.
¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos si somos fieles a
Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin? «Dios mío: ¿cuándo
te querré a Ti, por Ti? Aunque, bien mirado, Señor, desear el premio perdurable
es desearte a Ti, que Te das como recompensa».
III. Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y
una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis
complacencias: escuchadle [13]. ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad de
nuestro corazón!.
El misterio que hoy celebramos no solo fue un signo y anticipo de la
glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo,
el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y
si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con
tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados [14]. Y añade el
Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no
son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros [15].
Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide
con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene
dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con
más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar
el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares… No es el
momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su
amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes
males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. «No se lleva ya una
cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga
el Redentor de soportar el peso» [16]. Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro
y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.
Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente
daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave… mucho menos las
pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta.
El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si
no pensáis más que en obrar bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la
justicia, sois bienaventurados.
Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que
cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta
vida y que nos espera, glorioso, al final del camino. Y cuando llegue aquella hora //
en que se cierren mis humanos ojos, // abridme otros, Señor, otros más grandes //
para contemplar vuestra faz inmensa. // ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! [18],
el comienzo de una vida sin fin.
* Desde muy antiguo se celebraba esta fiesta del Señor, en esta misma fecha,
en diversos lugares de Oriente y Occidente. En el siglo xv, el Papa Calixto III la
extendió a la Iglesia entera. La Liturgia nos recuerda el milagro de la Transfiguración por dos veces durante el año: en el segundo domingo de Cuaresma para afirmar la divinidad de Cristo al acercarse su Pasión y hoy para festejar la exaltación de Cristo en su gloria. La Transfiguración del Señor es, además, un anticipo de lo que será la gloria del Cielo, donde veremos Dios cara a cara. En virtud de la gracia participamos ya de esa promesa de la vida eterna.

