Octava de Pascua. Sábado
ID AL MUNDO ENTERO…
— El Señor nos envía al mundo para dar a conocer su doctrina.
— Como los Apóstoles, encontraremos obstáculos. Ir contra corriente. La
reevangelización de Europa y del mundo. Santidad personal.
— «Tratar a las almas una a una». Optimismo sobrenatural.
I. La Resurrección del Señor es una llamada al apostolado hasta el fin de los
tiempos. Cada una de las apariciones concluye con un mandato apostólico. A María
Magdalena le dice Jesús: … ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro
Padre; a las demás mujeres: Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y
que allí me verán. Los mismos discípulos de Emaús sienten la necesidad, aquella
misma noche, de comunicar a los demás que Cristo vive. En el Evangelio de la
Misa de hoy, San Marcos recoge el gran mandato apostólico, que seguirá vigente
siempre: Por último se apareció a los Once, cuando estaban a la mesa (…). Y les
dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación.
Desde entonces, los Apóstoles comienzan a dar testimonio de lo que han visto
y oído, y a predicar en el nombre de Jesús la penitencia para la remisión de los
pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Lo que predican y
atestiguan no son especulaciones, sino hechos salvíficos de los que ellos han sido
testigos. Cuando por la muerte de Judas es necesario completar el número de doce
Apóstoles, se exige como condición que sea testigo de la Resurrección.
En aquellos Once está representada toda la Iglesia. En ellos, todos los
cristianos de todos los tiempos recibimos el gozoso mandato de comunicar a quienes
encontramos en nuestro caminar que Cristo vive, que en Él ha sido vencido el pecado
y la muerte, que nos llama a compartir una vida divina, que todos nuestros males
tienen solución… El mismo Cristo nos ha dado este derecho y este deber. «La
vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado», y «todos los fieles, desde el Papa al último bautizado, participan de la misma
participan activa y corresponsablemente (…) en la única misión de Cristo y de la
Iglesia.
Nadie nos debe impedir el ejercicio de este derecho, el cumplimiento de este
deber. La Primera lectura de la Misa nos relata la reacción de los Apóstoles cuando
los sumos sacerdotes y los letrados les prohíben absolutamente predicar y enseñar en
el nombre de Jesús. Pedro y Juan replicaron: ¿Puede aprobar Dios que os
obedezcamos a vosotros en vez de a él? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos
menos de contar lo que hemos visto y oído.
Tampoco nosotros podemos callar. Es mucha la ignorancia a nuestro
alrededor, es mucho el error, son incontables los que andan por la vida perdidos y
desconcertados porque no conocen a Cristo. La fe y la doctrina que hemos recibido
debemos comunicarla a muchos a través del trato diario. «“No se enciende la luz
para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero, a fin de que alumbre
a todos los de la casa; brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.
»Y, al final de su paso por la tierra, manda: “euntes docete” —id y enseñad.
Quiere que su luz brille en la conducta y en las palabras de sus discípulos, en las
tuyas también».
II. En cuanto los Apóstoles comenzaron, con valentía y audacia, a enseñar la
verdad sobre Cristo, empezaron también los obstáculos, y más tarde la persecución
y el martirio. Pero al poco tiempo la fe en Cristo traspasará Palestina, alcanzando
Asia Menor, Grecia e Italia, llegando a hombres de toda cultura, posición social y
raza.
También nosotros debemos contar con las incomprensiones, señal cierta de
predilección divina y de que seguimos los pasos del Señor, pues no es el discípulo
más que el Maestro [11]. Las recibiremos con alegría, como permitidas por Dios; las
acogeremos como ocasiones para actualizar la fe, la esperanza y el amor; nos
ayudarán a incrementar la oración y la mortificación, con la confianza de que la
oración y el sacrificio siempre producen frutos [12], pues los elegidos del Señor no trabajarán en vano [13]. Y trataremos siempre bien a los demás, con comprensión, ahogando el mal en abundancia de bien.
No nos debe extrañar que en muchas ocasiones hayamos de ir contra corriente
en un mundo que parece alejarse cada vez más de Dios, que tiene como fin el
bienestar material, y que desconoce o relega a segundo plano los valores espirituales;
un mundo que algunos quieren organizar completamente de espaldas a su Creador.
A la profunda y desordenada atracción que los bienes materiales ejercen sobre
quienes han perdido todo trato con Dios, se suma el mal ejemplo de algunos
cristianos que, «con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y
social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión».
El campo apostólico en el que habían de sembrar los Apóstoles y los primeros
cristianos era un terreno duro, con abrojos, cardos y espinos. Sin embargo, la semilla
que esparcieron fructificó abundantemente. En unas tierras el ciento, en otras el
sesenta, en otras el treinta por uno. Basta que haya un mínimo de correspondencia
para que el fruto llegue, porque es de Dios la semilla, y Él quien hace crecer la vida
divina en las almas. A nosotros nos toca el trabajo apostólico de prepararlas: en
primer lugar, con la oración, la mortificación y las obras de misericordia, que atraen
siempre el favor divino; con la amistad, la comprensión, la ejemplaridad.
El Señor nos espera en la familia, en la Universidad, en la fábrica, en las
asociaciones más diversas, dispuestos a recristianizar de nuevo el mundo: Id al
mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación, nos sigue diciendo el
Señor. Es la nuestra una época en la que Cristo necesita hombres y mujeres que sepan
estar junto a la Cruz, fuertes, audaces, sencillos, trabajadores, sin respetos humanos
a la hora de hacer el bien, alegres, que tengan como fundamento de sus vidas la
oración, un trato lleno de amistad con Jesucristo.
El Señor cuenta con nuestros propósitos de ser mejores, de luchar más contra
los defectos y contra todo aquello, por pequeño que sea, que nos separa de Él; cuenta
con un apostolado intenso entre aquellas personas con las que nos relacionamos más
a menudo. Debemos pensar hoy en nuestra oración si a nuestro alrededor, como
ocurría entre los primeros cristianos, hay una porción de gente que se está acercando
más firmemente a Dios. Debemos preguntarnos si nuestra vida influye para bien
entre aquellos que frecuentan nuestro trato por razón de amistad, de trabajo, de
parentesco, etcétera.
III. Del misterio pascual de Cristo nace la Iglesia y esta se presenta a los
hombres de su tiempo con una apariencia pequeña, como la levadura, pero con una
fuerza divina capaz de transformar el mundo, haciéndolo más humano y más cercano
a su Creador. Muchos hombres de buena voluntad han respondido hoy a las
frecuentes llamadas del sucesor de Pedro para dar luz a tantas conciencias que andan
en la oscuridad en tierras en las que en otro tiempo se amaba a Cristo.
Como hicieron los primeros cristianos, «lo verdaderamente importante es
tratar a las almas una a una, para acercarlas a Dios» [17]. Por eso, nosotros mismos
debemos estar muy cerca del Señor, unidos a Él como el sarmiento a la vid. Sin
santidad personal no es posible el apostolado, la levadura viva se convierte en masa
inerte. Seríamos absorbidos por el ambiente pagano que con frecuencia encontramos
en quienes quizá en otro tiempo fueron buenos cristianos.
La Primera lectura de la Misa nos dice que los sumos sacerdotes, los ancianos
y los letrados estaban sorprendidos viendo el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo
que eran hombres sin letras ni instrucción, y descubrieron que habían sido
compañeros de Jesús [19]. A los Apóstoles se les ve seguros, sin complejos, con el
optimismo que da el ser amigos de Cristo. Esa amistad que crece día a día en la
oración, en el trato con Él.
El cristiano, si está unido al Señor, será siempre optimista, «con un optimismo
sobrenatural que hunde sus raíces en la fe, que se alimenta de la esperanza y a quien
pone alas el amor (…).
»Fe: evitad el derrotismo y las lamentaciones estériles sobre la situación
religiosa de vuestros países, y poneos a trabajar con empeño, moviendo (…) a otras
muchas personas. Esperanza: Dios no pierde batallas (San Josemaría Escrivá,
passim) (…). Si los obstáculos son grandes, también es más abundante la gracia
divina: será Él quien los remueva, sirviéndose de cada uno como de una palanca.
Caridad: trabajad con mucha rectitud, por amor a Dios y a las almas. Tened cariño
y paciencia con el prójimo, buscad nuevos modos, iniciativas nuevas: el amor aguza
el ingenio. Aprovechad todos los cauces (…) para esta tarea de edificar una sociedad
más cristiana y más humana».
Santa María, Reina de los Apóstoles, nos encenderá en la fe, en la esperanza y
en el amor de su Hijo para que colaboremos, eficazmente, en nuestro propio ambiente
y desde él, a recristianizar el mundo de hoy, tal como el Papa nos pide. En nuestros
oídos siguen resonando las palabras del Señor: Id a todo el mundo… Entonces solo
eran Once hombres, ahora somos muchos más… Pidamos la fe y el amor de aquellos.

