Una reflexión desde la conciencia moral y espiritual
En tiempos de profunda incertidumbre y descomposición social, cuando los índices de violencia, corrupción e impunidad se multiplican y el tejido social parece deshilacharse sin freno, cabe preguntarse con seriedad y humildad: ¿qué está ocurriendo con México? ¿En qué momento comenzamos a extraviar el rumbo?
Muchos buscan respuestas en lo político, en lo económico, en lo institucional. Y, aunque es innegable que estos factores inciden, hay voces autorizadas desde la esfera espiritual y moral que nos invitan a mirar más allá de lo tangible. Nos recuerdan que la decadencia no comienza en los palacios de gobierno, sino en los corazones, y que el verdadero quiebre de una nación empieza cuando pierde el respeto por la vida misma.
La creciente permisividad social, avalada incluso por instituciones del Estado, hacia prácticas que atentan contra la vida —como el aborto legalizado— es vista por muchos líderes religiosos como el punto de quiebre, el momento en que el mal se abrió paso en México. Así lo expresó con claridad el Cardenal Emérito Juan Sandoval Íñiguez, al afirmar que fue tras la despenalización del aborto en la Ciudad de México cuando “entró el mal al país”. Una afirmación que, lejos de ser una sentencia dogmática, es una invitación a reflexionar sobre el significado profundo de nuestras decisiones colectivas.
¿Puede una nación esperar paz cuando legaliza la muerte del más indefenso? ¿Es posible reconstruir el tejido social mientras se fragmentan los lazos fundamentales como el matrimonio, la familia o el respeto a la vida? En Aguascalientes, como en el resto del país, aumentan los divorcios, las rupturas familiares y el número de abortos, elementos que no son aislados, sino síntomas de un mismo malestar moral.
La violencia no surge de la nada. Es el fruto de una cultura que relativiza todo: la verdad, la vida, el bien. Una cultura que ha optado por vaciar de contenido conceptos tan fundamentales como la maternidad, el compromiso o la dignidad humana. Por eso, para muchos líderes religiosos, el aborto no es simplemente un debate legal o de salud pública, sino la manifestación moderna de los antiguos sacrificios humanos. Como afirmó el periodista católico Roberto O’Farrill, en el contexto de un magno exorcismo celebrado en 2015 en San Luis Potosí, se trata de “una puerta abierta al demonio”.
El simbolismo de ese exorcismo no debe descartarse a la ligera. Fue una expresión dramática, sí, pero también profundamente significativa. Porque reconocía que la raíz de muchos de nuestros males no es únicamente política, sino espiritual. Y ante el avance de ese mal, la respuesta no puede ser solo técnica o legislativa: debe ser moral, ética y, para quienes lo creen, también espiritual.
Este editorial no pretende imponer una visión, pero sí exhortar a una reflexión sincera. El deterioro de nuestra nación no se revertirá con discursos ni reformas superficiales. Requiere un reencuentro con los valores que históricamente han sostenido a México: el respeto por la vida, la sacralidad de la familia, la responsabilidad personal y la búsqueda del bien común por encima del interés individual.
Quizá aún estemos a tiempo. Pero para cerrar la puerta al mal, primero hay que reconocer por dónde lo dejamos entrar.
(Escribió: Dr.H.C. José Isabel Vela Pérez, Director General de la Revista FUTURO).

