Cuaresma. 1ª semana. Viernes
LA CUARESMA, TIEMPO DE PENITENCIA
— El pecado es personal. Sinceridad para reconocer nuestros errores y
flaquezas. Necesidad de la penitencia.
— El pecado personal tiene efectos en los demás. Reparar por los pecados del
mundo. Penitencia y Comunión de los Santos.
— Penitencia en la vida ordinaria, en el servicio a las personas que nos rodean.
I. La eficacia de la auténtica penitencia, que es la conversión del corazón a
Dios, puede perderse si se cae en la tentación, frecuente antes y ahora, de soslayar
que el pecado es personal. En la Primera lectura de la Misa, el profeta Ezequiel pone
en guardia a los judíos de su época para que no olviden la gran lección del destierro,
pues lo veían como algo inevitable y fraguado de antiguo por los pecados de otros.
El Profeta declara que el castigo es consecuencia de los pecados actuales de cada
individuo. El Espíritu Santo nos habla, a través de sus palabras, de la responsabilidad
individual y, por tanto, de la penitencia y de la salvación personal. Así dice el Señor:
El que peca, ese morirá; el hijo no cargará con la culpa del padre, el padre no
cargará con la culpa del hijo; sobre el justo recaerá su justicia, sobre el malvado
recaerá su maldad [1
].
Dios quiere que el pecador se convierta y viva [2
], pero este ha de cooperar
con su arrepentimiento y sus obras de penitencia. «El pecado –dice Juan Pablo II–,
en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto
libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad»
[3
]. Descargar al hombre de esta responsabilidad «supondría eliminar la dignidad y
la libertad de las personas, que se revelan –aunque sea de modo tan negativo y tan
desastroso– también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada
hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o
la responsabilidad de la culpa» [4
].
Por eso, es una gracia del Señor no dejar de arrepentirnos de nuestros pecados
pasados ni enmascarar los presentes, aunque sean solo imperfecciones, faltas de
amor… Que podamos decir nosotros también: porque yo conozco mi iniquidad, y mi
1 Ez 18, 21. 2 Cfr. Ez 18, 23. 3 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 16. 4 Ibídem.
pecado está siempre delante de mí [5
]. Es cierto que confesamos un día nuestras
culpas y el Señor nos dijo: Anda, vete y no peques más [
6
]. Pero los pecados dejan
una huella en el alma. «Perdonada la culpa, permanecen las reliquias del pecado,
disposiciones causadas por los actos precedentes; quedan, sin embargo, debilitadas
y disminuidas de manera que no dominan al hombre, y están más en forma de
disposición que de hábito» [7
]. Además existen pecados y faltas no advertidas por
falta de espíritu de examen, por falta de delicadeza de conciencia… Son como malas
raíces que han quedado en el alma y que es necesario arrancar mediante la penitencia
para impedir que generen frutos amargos.
Son muchos los motivos para hacer penitencia en este tiempo de Cuaresma, y
debemos concretarla en cosas pequeñas: mortificación en las comidas –como la
abstinencia que manda la Iglesia–, vivir la puntualidad, guardar la imaginación… Y
también, con el consejo del director espiritual, del confesor, otras mortificaciones de
más relieve, que nos ayuden a purificar nuestra alma y a desagraviar por los pecados
propios y ajenos.
II. El pecado deja una huella en el alma que es preciso borrar con dolor, con
mucho amor. Por otra parte, aunque el pecado es siempre una ofensa personal a Dios,
no deja de tener sus efectos en los demás. Para bien o para mal estamos
constantemente influyendo en quienes nos rodean, en la Iglesia, en el mundo. No
solo por el buen o el mal ejemplo que damos o por los resultados directos de nuestras
acciones. «Es esta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se
desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos,
merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo”.
A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte
que puede hablarse de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja
por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En
otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más
estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo
pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en
todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana» [8
].
Nos pide el Señor que seamos motivo de alegría y luz para toda la Iglesia. Será
una gran ayuda en medio de nuestro trabajo y de nuestros quehaceres pensar en los
5 Sal 50, 5. 6 Cfr. Jn 8, 11. 7 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 86, a. 5 c. 8 San Juan Pablo II, loc. cit.
demás, sabernos ayuda –también en la penitencia– para todo el Cuerpo Místico de
Cristo, y en especial para aquellas personas que, en el caminar de la vida, el Señor
ha puesto junto a nosotros y con las que mantenemos una especial unión: «Si sientes
la Comunión de los Santos –si la vives–, serás gustosamente hombre penitente. —
Y entenderás que la penitencia es “gaudium, etsi laboriosum”-alegría, aunque
trabajosa-: y te sentirás “aliado” de todas las almas penitentes que han sido, son y
serán» [9
]. «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda
que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» [10].
La penitencia que nos pide el Señor, como cristianos en medio del mundo, ha
de ser discreta, alegre…; que quiere pasar inadvertida, pero no deja de traducirse en
abundantes hechos concretos. Por lo demás, tampoco importa mucho si alguna vez
se advierte. «Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo
sean de tu penitencia?» [11]. Si otras personas han sido testigos de nuestro mal genio
o falta de amor, o de nuestra pereza, o de otros pecados, no nos debe importar que
sepan y vean que estamos reparando esas debilidades.
III. La vida del cristiano puede estar llena de esta penitencia que Dios ve:
ofrecimiento de la enfermedad o del cansancio, rendimiento del propio juicio, trabajo
acabado y bien hecho por amor a Dios, orden en las cosas personales.
Una penitencia especialmente grata al Señor es aquella que recoge muchas
muestras de caridad y que tiende a facilitar hacia otros el camino hacia Dios,
haciéndoselo más amable.
En el Evangelio de la Misa de hoy nos dice el Señor: si cuando vas a poner tu
ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas
contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu
hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda [12]. Nuestro ofrecimiento al
Señor debe ir acompañado de la caridad. Entre las mejores muestras de penitencia
están las que hacen referencia al amor a los demás: el saber pedir perdón cuando
hemos ofendido a los demás; el sacrificio que supone la formación de alguien que
tenemos a nuestro cargo; la paciencia; el saber perdonar con prontitud y
generosidad… A este respecto dice San León Magno: «Aunque en todo tiempo haga
falta aplicarse a santificar el cuerpo, ahora sobre todo, durante los ayunos de la
9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 548. 10 Ibídem, n. 549. 11 Ibídem, n. 197. 12 Mt 5, 23-24.
Cuaresma, debéis perfeccionaros por la práctica de una piedad más activa. Dad
limosna, que es muy eficaz para corregirnos de nuestras faltas; pero perdonad
también las ofensas, abandonad las quejas contra aquellos que os han hecho algún
mal» [13]. «Perdonemos siempre, con la sonrisa en los labios. Hablemos
claramente, sin rencor, cuando pensemos en conciencia que debemos hablar. Y
dejemos todo en las manos de Nuestro Padre Dios, con un divino silencio –Iesus
autem tacebat (Mt 26, 63), Jesús callaba–, si se trata de ataques personales, por
brutales e indecorosos que sean» [
14].
Acerquémonos al altar de nuestro Dios sin el menor peso de enemistad o de
rencor. Por el contrario, procuremos llevar muchas muestras de comprensión, de
cortesía, de generosidad, de misericordia.
Así seguiremos a Cristo por el Vía Crucis que Él nos marcó y que le llevó a
ser clavado en la Cruz: «—Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,
34).
»Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus
gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte (…).
»Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo,
y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas
del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención
de la humanidad entera» [15].
Nuestra Madre Santa María nos enseñará a encontrar muchas ocasiones para
ser generosos en la entrega a quienes están a nuestro lado en el quehacer de todos los
días.
13 San León Magno, Sermón 45 sobre la Cuaresma. 14 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 72. 15 ídem, Vía Crucis, XI.

