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Nos preocupamos de más por el futuro cuando es Dios quien nos llama

AUMENTAR LA FE

— Avivar continuamente el amor a Dios.

— Pedir al Señor una fe firme, que influya en todas nuestras obras.
— Actos de fe.

I. La liturgia de este domingo se centra en la virtud de la fe, En la Primera
lectura el Profeta Habacuc se lamenta ante el Señor del triunfo del mal, tanto en
el pueblo castigado por medio del invasor, como por los mismos escándalos de este.

¿Hasta cuándo clamaré, Señor…? (…). ¿Por qué me haces ver desgracias, me
muestras trabajos, violencias y catástrofes…?», se queja el Profeta. El Señor le
responde al fin con una visión en la que le exhorta a la paciencia y a la esperanza,
pues llegará el día en que los malos serán castigados: la visión espera su momento,
se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin echarse
atrás. Sucumbirá quien no tenga su alma recta, pero el justo vivirá por la fe. Aun
cuando en ocasiones pueda parecer que triunfa el mal y quienes lo llevan a cabo,
como si Dios no existiese, llegará a cada uno su día y se verá que realmente ha salido
vencedor quien ha mantenido su fidelidad al Señor. Vivir de fe es entender que Dios
nos llama cada día y en cada momento a vivir, con alegría, como hijos suyos, siendo
pacientes y teniendo puesta la esperanza en Él.

En la Segunda lectura, San Pablo exhorta a Timoteo a mantenerse firme en
la vocación recibida y a llenarse de fortaleza para proclamar la verdad sin respetos
humanos: Aviva el fuego de la gracia de Dios…; porque Dios no nos ha dado un
espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo
de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros
trabajos del Evangelio… Santo Tomás comenta que «la gracia de Dios es como un
fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza»; y así ocurre cuando la caridad está
cubierta por la tibieza o por los respetos humanos. La fortaleza ante un ambiente
adverso y la capacidad de dar a conocer, en cualquier lugar, la doctrina de Cristo, de
participar en los duros trabajos del Evangelio, viene determinada por la vida interior,
por el amor a Dios, que hemos de avivar continuamente, como una hoguera, con una
fe cada vez más encendida. Esto es lo que le pedimos al Señor: Dios todopoderoso y
suplican: derrama sobre nosotros tu misericordia…, concédenos aun aquello que
no nos atrevemos a pedir, una fe firme que avive nuestro amor, para superar
nuestras propias flaquezas y para ser testimonios vivos allí donde se desarrolla
nuestra vida. «¡Qué diferencia entre esos hombres sin fe, tristes y vacilantes en
razón de su existencia vacía, expuestos como veletas a la “variabilidad” de las
circunstancias, y nuestra vida confiada de cristianos, alegre y firme, maciza, en
razón del conocimiento y del convencimiento absoluto de nuestro destino
sobrenatural!». ¡Qué fuerza comunica la fe! Con ella superamos los obstáculos
de un ambiente adverso y las dificultades personales, con frecuencia más difíciles de
vencer.

II. Existe una fe muerta, que no salva: es la fe sin obras, que se muestra en
actos llevados a cabo a espaldas de la fe, en una falta de coherencia entre lo que se
cree y lo que se vive. Existe también una «fe dormida», «esa forma pusilánime y
floja de vivir las exigencias de la fe que todos conocemos con el nombre de tibieza.

En la práctica, la tibieza es la insidia más solapada que puede hacerse a la fe de un
cristiano, incluso de lo que muchos llamarían un buen cristiano» . Necesitamos
nosotros una fe firme, que nos lleve a alcanzar metas que están por encima de
nuestras fuerzas y que allane los obstáculos y supere los «imposibles» en nuestra
tarea apostólica. Es esta virtud la que nos da la verdadera dimensión de los
acontecimientos y nos permite juzgar rectamente de todas las cosas. «Solamente con
la luz de la fe y con la meditación de la Palabra divina es posible reconocer siempre
y en todo lugar a Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17, 28),
buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los
hombres, próximos o extraños, y juzgar con rectitud sobre el verdadero sentido y
valor de las realidades temporales, tanto en sí mismas como en orden al fin del
hombre».

En ocasiones Jesús llama a los Apóstoles hombres de poca fe, pues no
estaban a la altura de las circunstancias. Está el Mesías con ellos y tiemblan de miedo
ante una tempestad en el mar o se preocupan excesivamente por el futuro,
cuando es el mismo Creador el que les ha llamado a seguirle. El Evangelio de la Misa
nos presenta a los Apóstoles que, conscientes de su fe escasa, le piden a Jesús:

Auméntanos la fe. Así lo hizo el Señor, pues todos terminarían dando su vida,
supremo testimonio de la fe, por atestiguar su firme adhesión a Cristo y a sus
enseñanzas. Se cumplió la Palabra del Señor: Si tuvierais fe como un grano de
mostaza, diríais a este árbol: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería. La
transformación de las almas de quienes se cruzaron en su camino fue un milagro aún
mayor.

También nosotros nos encontramos en ocasiones faltos de fe, como los
Apóstoles, ante dificultades, carencia de medios… Tenemos necesidad de más fe. Y
esta se aumenta con la petición asidua, con la correspondencia a las gracias que
recibimos, con actos de fe. «Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud –
confiando en Dios y en su Madre–, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios
de siempre, obrará milagros por nuestras manos.

III. ¡Señor, auméntanos la fe! ¡Qué estupenda jaculatoria para que se la
repitamos al Señor muchas veces! Y junto a la petición, el ejercicio frecuente de esta
virtud: cuando nos encontremos en alguna necesidad, en el peligro, cuando nos
veamos débiles, ante el dolor, en las dificultades del apostolado, cuando parece que
las almas no responden… cuando nos encontremos delante del Sagrario.

Muchos actos de fe hemos de hacer en la oración y en la Santa Misa. Se cuenta
de Santo Tomás que cuando miraba la Sagrada Forma, al elevarla en el momento de
la Consagración, repetía: Tu rex gloriae, Christe; tu Patris sempiternus es Filius,
«Tú eres el rey de la gloria, Tú eres el Hijo sempiterno del Padre». Y San Josemaría
Escrivá solía decir interiormente en esos mismos instantes: Adauge nobis fidem,
spem et charitatem, «auméntanos la fe, la esperanza y la caridad», y Adoro te
devote, latens deitas, «Te adoro con devoción, Dios escondido», mientras hacía la
genuflexión [15]. Muchos fieles tienen la costumbre de repetir devotamente en ese
momento, con la mirada puesta en el Santísimo Sacramento, aquella exclamación del
Apóstol Tomás ante Jesús resucitado: ¡Señor mío y Dios mío! De cualquier forma,
no podemos dejar que pase esa oportunidad sin manifestar al Señor nuestra fe y
nuestro amor.

A pesar del afán por formarnos, por conocer cada vez mejor a Cristo, es posible
que alguna vez nuestra fe vacile o tengamos temores y respetos humanos para
manifestarla. La fe es un don de Dios que nuestra poquedad a veces no puede
sostener. En ocasiones es tan pequeña como un granito de mostaza. No nos
sorprendamos por nuestra debilidad, pues Dios cuenta con ella. Imitemos a los
Apóstoles cuando se dan cuenta de que todo aquello que ven y oyen les supera.
Pidámosle entonces, a través de Nuestra Señora y con la humildad de los discípulos,
que aumente nuestra fe, para que, como ellos, podamos ser fieles hasta el final de
nuestros días y llevemos a muchos hasta Él, como hicieron quienes le han seguido
de cerca en todos los tiempos.

Nuestra Madre Santa María será siempre el punto de apoyo donde encontrará
firmeza la fe y la esperanza, pero de modo muy particular cuando nos sintamos más
débiles y necesitados, cuando nos veamos con menos fuerzas. «Nosotros, los
pecadores, sabemos que Ella es nuestra Abogada, que jamás se cansa de tendernos
su mano una y otra vez, tantas cuantas caemos y hacemos ademán de levantarnos;
nosotros, los que andamos por la vida a trancas y barrancas, que somos débiles
hasta no poder evitar que nos lleguen a lo más vivo esas aflicciones que son
condición de la humana naturaleza, nosotros sabemos que es el consuelo de los
afligidos, el refugio donde, en último término, podemos encontrar un poco de paz,
un poco de serenidad, ese peculiar consuelo que solo una madre puede dar y que
hace que todo vuelva a estar bien de nuevo. Nosotros sabemos también que, en esos
momentos en que nuestra impotencia se manifiesta en términos casi de exasperación
o de desesperación, cuando ya nadie puede hacer nada y nos sentimos
absolutamente solos con nuestro dolor o nuestra vergüenza, arrinconados en un
callejón sin salida, todavía Ella es nuestra esperanza, todavía es un punto de luz.
Ella es aún el recurso cuando ya no hay a quien recurrir».

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