Cuaresma. 5ª semana. Martes
MIRAR A CRISTO. VIDA DE PIEDAD
— Los enemigos de la gracia. El remedio: mirar a Cristo.
— Tener presente al Señor en la entraña del mundo. «Industrias humanas».
— Vida de piedad. Jaculatorias.
I. Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí –dice el
Señor [1 ].
La Primera lectura de la Misa nos trae un pasaje del Libro de los Números [2 ]
en el que se narra cómo el pueblo de Israel comenzó a murmurar contra el Señor y
contra Moisés, porque, aunque habían sido liberados y sacados de Egipto, estaban
cansados de caminar hacia la tierra prometida. El Señor, como castigo, envió
serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces, el
pueblo acudió a Moisés reconociendo su pecado, y Moisés intercedió ante Dios para
que les librara de las serpientes. El Señor le dijo: Haz una serpiente y colócala en
un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla.
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un palo; cuando una serpiente mordía a
uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
Este pasaje del Antiguo Testamento, además de ser un relato histórico, es
figura e imagen de lo que había de tener lugar más tarde con la llegada del Hijo de
Dios. En la íntima conversación de Jesús con Nicodemo, hace el Señor una referencia
directa a ese relato: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso
que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna
en él [3 ]. Cristo en la Cruz es la salvación del género humano, el remedio para
nuestros males. Fue voluntariamente al Calvario para que el que crea tenga vida
eterna, para atraer todo hacia Él.
Las serpientes y el veneno que atacan en todas las épocas al pueblo de Dios,
peregrino hacia la Tierra Prometida, el Cielo, son muy parecidos: egoísmo,
sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones,
calumnias… La gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está
amenazada por los mismos enemigos de siempre. En todas las épocas se dejan notar
las heridas del pecado de origen y de los pecados personales.
1 Antífona de la comunión. Jn 12, 32. 2 Primera lectura. Num 21, 4-9. 3 Jn 3, 14-15.
Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto –como los israelitas
mordidos por las serpientes del desierto– en el único lugar donde se encuentra: en
Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo elevado sobre la
tierra en la Cruz, si deseamos de verdad llegar a la Tierra Prometida, que está al final
de este corto camino que es la vida. Y como no queremos llegar solos, procuraremos
que otros muchos miren a Jesús, en quien está la salvación. Mirar a Jesús: poniendo
ante nuestros ojos su Humanidad Santísima, contemplándole en los Misterios del
Santo Rosario, en el Vía Crucis, en las escenas que nos narra el Evangelio, o en el
Sagrario. Solo con una gran piedad seremos fuertes ante el acoso de un mundo que
parece querer separarse más y más de Dios, arrastrando consigo a quien no se
encuentre en tierra firme y segura.
No podemos apartar la vista del Señor, porque vemos los estragos que cada
día hace el enemigo a nuestro alrededor. Y nadie está inmune por sí mismo. Vultum
tuum, Domine, requiram: Buscaré tu rostro, Señor, deseo verte [4 ]. Debemos
buscar la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la
presencia de Dios a lo largo de nuestra jornada y en la visita al Santísimo Sacramento.
Además el Señor, Jesús, no es solo el remedio ante nuestra debilidad, sino que es
también nuestro Amor.
II. El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en la entraña de la
sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la
mañana a la noche. Jesús espera de nosotros que, además de mirarle y tratarle en los
ratos dedicados expresamente a la oración, no nos olvidemos de Él mientras
trabajamos, de la misma manera que no nos olvidamos de las personas que queremos
ni de las cosas importantes de nuestra vida. Jesucristo es lo más importante de nuestro
día. Por eso, cada uno de nosotros debe ser «alma de oración ¡siempre!, en
cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos
abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como
en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las
personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente
las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues
así con Dios» [5 ].
Con frecuencia, para tener a Jesús presente durante el día necesitaremos echar
mano de esas «“industrias humanas”: jaculatorias, actos de amor y desagravio,
comuniones espirituales, “miradas” a la imagen de Nuestra Señora» [6 ], y algunos
medios humanos que nos recuerden que ya ha pasado un tiempo (demasiado para el
amor) en el que no hemos acudido a Nuestro Señor, a la Virgen, al Ángel Custodio…:
siempre son cosas sencillas, pero de una eficacia grande. A todos no ocurre que
cuando queremos acordarnos de algo durante el día ponemos los medios para que
aquello no se nos olvide. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor,
nuestro día se llenará de pequeños recordatorios, de pequeñas ideas que nos llevarán
a tenerle presente.
El padre o la madre de familia lleva en el coche una fotografía de la familia
para acordarse de ella mientras viaja. ¿Cómo no vamos a llevar una imagen de
Nuestra Señora en la cartera o en el bolso, para que al mirarla le digamos: ¡Madre!,
¡Madre mía!? ¿Por qué no tener muy a mano un crucifijo que nos ayude a reparar, a
besarlo discretamente, a mirarlo cuando el estudio o el trabajo se haga más costoso?.
Esos recordatorios, los recursos para tener presencia de Dios, son
innumerables, porque el amor es ingenioso; serán diversos para el médico que va a
comenzar una operación, que para la madre de familia que a la misma hora, quizá,
comienza a poner en orden la casa. Un día en el Cielo cada uno verá cómo el haber
acudido al Ángel Custodio fue una gran ayuda en sus tareas. El conductor de un
autobús tendrá sus «industrias humanas» (sabrá muy bien cuándo está más próximo
a Jesús porque divisa ya los muros de aquella iglesia), y la costurera, prácticamente
en el mismo sitio durante todo el día, tendrá las suyas. Todo hecho con espíritu
deportivo y alegre, sin agobios, pero con amor: «Las jaculatorias no entorpecen la
labor, como el latir del corazón no estorba el movimiento del cuerpo» [7 ].
Poco a poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como
algo normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño.
III. Muchas veces el Señor se retira a orar, quizá durante horas: por la mañana,
muy de madrugada, salió fuera, a un lugar solitario, y allí hacía oración [8 ]; pero
otras veces se dirigía a su Padre Dios con la oración corta, amorosa, como una
6 ídem, Cfr. Camino, n. 272. 7 ídem, Surco, n. 516. 8 Mc 1, 35.
jaculatoria: Yo te glorifico Padre, Señor del cielo y de la tierra… [9]; Padre, gracias
te doy porque me has oído…[ 10].
En otros momentos, el Evangelista nos muestra cómo Jesús se conmueve ante
las peticiones de los que se le acercan. Son oraciones que también nos pueden servir
a nosotros como jaculatorias: el leproso que dice: Señor, si quieres, puedes
limpiarme… []11; y el ciego de Jericó: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí… [12];
y el buen ladrón: Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino… [13]. Jesús,
conmovido por estas oraciones llenas de fe, no hace esperar.
En alguna ocasión, estas expresiones nos servirán para pedir perdón, como
hizo el publicano que se marchó a su casa justificado: Ten piedad de mí, Señor, que
soy un pecador [14]; o repetiremos con San Pedro, después de las negaciones: Señor,
tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo [ 15], a pesar de mis fallos. Otras, nos ayudarán
a pedir más fe: Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad [16], fortalece mi fe; ¡Señor
mío y Dios mío! [ 17], le dice Tomás, cuando Jesús se le aparece resucitado: es un
acto formidable de fe y de entrega, que quizá nos enseñaron a repetir en el momento
de hacer la genuflexión ante el Sagrario. Existen muchas jaculatorias y oraciones
breves que podemos decir desde el fondo de nuestra alma, y que responden a
necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando.
En muchos momentos, ni siquiera hace falta pronunciarlas. A veces basta una
mirada, o una sola palabra, o un pensamiento un tanto deshilvanado, pero lleno de
amor o de desagravio…, una petición que no aflora, pero que el Señor capta
enseguida. Para un alma muy unida a Dios, las jaculatorias, los actos de amor, brotan,
naturales, casi espontáneos, como un respirar sobrenatural que alimenta su unión con
Dios. Y esto en medio de las ocupaciones más absorbentes, porque de todos espera
esta vida de oración y de unión con Él.
Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria:
«Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas
veces: ¡Para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor
servido me quedase, en esta niñez, impreso el camino de la verdad» [18].
Siempre hay ocasión para decir una jaculatoria. La lectura del santo Evangelio,
la oración misma, será en muchas ocasiones una fuente de jaculatorias que servirán
de cauce para mostrar nuestro amor por Jesús y su Madre Santísima.
Al terminar nuestra oración le decimos, como los discípulos de Emaús: Mane
nobiscum, Domine, quoniam advesperascit [19]. Quédate con nosotros, Señor,
porque cuando Tú no estás presente se nos hace de noche. Todo es oscuridad cuando
Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, a quien también sabemos dirigir esas
jaculatorias y actos de amor: Dios te salve, María… bendita tú entre todas las mujeres.

