Los santos son el cortejo de Cristo (…). Cuando alabamos sus virtudes y cantamos sus méritos, lo exaltamos y celebramos a Él que, siendo su Jefe, es ahora también su corona (…).
Existe una gran variedad de santos, según su vocación y “en la medida que Cristo la ha distribuido” (cf. Ef 4,7), reproduce uno de los aspectos de la plenitud de la perfección del Hombre-Dios.
Un mismo Espíritu, dice san Pablo (cf. 1 Cor 12,4) ha dado a cada uno una Gracia especial que, injertándose sobre la naturaleza, hace resplandecer a cada elegido con su resplandor particular.
En algunos predomina la fuerza, en otros la prudencia o el celo por la Gloria de Dios, la fe o la pureza.
Ya sean apóstoles, mártires o pontífices, o sean vírgenes o confesores. Un carácter común se encuentra en todos. ¿Cuál es este carácter? La estabilidad en la búsqueda y el amor de Dios.
En cualquier circunstancia, las tentaciones por las que pasan, las dificultades que encontraron, las seducciones que los rodearon, los santos permanecieron estables y fieles. Esto es una gran virtud, ya que la inconstancia es uno de los peligros más temidos que amenazan al hombre.
Los santos han buscado a Dios infatigablemente, cualquiera fuese la aridez del camino, la sequedad del Cielo, las luchas a sostener. Por eso, el día de su entrada en el Reino Eterno, Dios los ha coronado de Gloria y embriagado de alegría. (…) Los santos, ya que no se dejaron desviar en la búsqueda del Bien Único, llegaron al término Glorioso.
Beato Columba Marmión (1858-1923), abad
La oración monástica (Le Christ Idéal du Moine, DDB, 1936), Evangelizo.

