LA FE Y LOS MILAGROS
— Necesidad de buenas disposiciones para recibir el mensaje de Jesús.
— Querer conocer la verdad.
— Limpiar el corazón para ver claro. Dejarse ayudar en momentos de
oscuridad.
I. Leemos en el Evangelio de la Misa [1 ] que se acercaron a Jesús algunos
escribas y fariseos para pedirle un nuevo milagro que definitivamente les mostrase
que Él era el Mesías esperado; querían que Jesús confirmara con espectáculo lo que
predicaba con sencillez. Pero el Señor les contesta anunciando el misterio de su
muerte y de su Resurrección, sirviéndose de la figura de Jonás: no se dará otro
prodigio que el del Profeta Jonás. Con estas palabras muestra que su Resurrección
gloriosa al tercer día (tantos cuantos estuvo el Profeta en el vientre de la ballena) es
la prueba decisiva del carácter divino de su Persona, de su misión y de su doctrina.
Jonás fue enviado a la ciudad de Nínive, y sus habitantes hicieron penitencia
por la predicación del Profeta. Jerusalén, sin embargo, no quiere reconocer a
Jesús, de quien Jonás era solo figura e imagen. También nos dice Jesús cómo la reina
del mediodía, la reina de Saba, visitó a Salomón y quedó maravillada de la
sabiduría que Dios había infundido al rey de Israel. Jesús está prefigurado también
en Salomón, en quien la tradición veía al hombre sabio por excelencia. El reproche
de Jesús cobra más fuerza con el ejemplo de estos paganos convertidos, y termina
diciendo: aquí hay algo más que Jonás… aquí hay algo más que Salomón. Ese algo
más en realidad es infinitamente más, pero Jesús, quizá pensando en sí mismo y con
una cariñosa ironía, prefiere suavizar esa inconmensurable diferencia entre Él y los
que lo habían prefigurado, que eran como sombra y signo del que había de venir.
Jesús no hará en esta ocasión más milagros y no dará más señales. No están
dispuestos a creer, y no creerán por muchas palabras que les hable y por muchas
señales que les muestre. A pesar del valor apologético que tienen los milagros, si no
hay buenas disposiciones, hasta los mayores prodigios pueden ser mal interpretados.
Lo que se recibe, ad modum recipientis recipitur: las cosas que se reciben toman la
forma del recipiente que las contiene, reza el viejo adagio. San Juan nos dice en su
Evangelio que algunos, aunque habían visto muchos milagros, no creían en Él.
El milagro es solo una ayuda a la razón humana para creer, pero si faltan buenas
disposiciones, si la mente se llena de prejuicios, solo verá oscuridad, aunque tenga
delante la más clara de las luces.
Nosotros pedimos a Jesús en esta oración que nos dé un corazón bueno para
verle a Él en medio de nuestros días y de nuestros quehaceres, y una mente sin
prejuicios para comprender a nuestros hermanos los hombres, para jamás juzgar mal
de ninguno de ellos.
II. Para oír la verdad de Cristo, es necesario escucharle, acercarse a Él con una
disposición interna limpia, estar abiertos con sinceridad de corazón a la palabra
divina.
Carecían de buenas disposiciones aquellos fariseos que piden al ciego de
nacimiento, a quien ha curado Jesús, una nueva explicación del milagro: ¿Qué hizo
contigo? ¿Cómo te abrió los ojos? Y la respuesta del ciego descubre que los
prejuicios de aquellos hombres les impiden entender la verdad; quizá oyen, pero no
escuchan. Él replicó: os lo he dicho ya y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis
oírlo otra vez?.
Lo mismo ocurre con Pilato: oye a Jesús estas palabras: He venido al mundo
para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
Entonces le preguntó el procurador romano: ¿Qué es la verdad? Y como no estaba
dispuesto a escuchar, dicho esto volvió a salir donde los judíos. Se vuelve de
espaldas, sin dejar tiempo a una respuesta que en el fondo no le interesaba. A Pilato
no le interesa la verdad; quiere averiguar el modo de salir de aquel asunto, que le
resulta oneroso, incómodo.
Si estamos bien dispuestos, el Señor, por caminos muy diversos, nos dará
abundancia y sobreabundancia de señales para seguir fieles en el camino que hemos
emprendido. Tendremos la alegría de poder contemplarle en lo que nos rodea: en la
naturaleza misma, en la que ha dejado huellas para que le veamos como Creador; en
llena de señales. Muchas veces, la luz para verle la obtendremos en la intimidad de
la oración; otras muchas, en los consejos de la dirección espiritual.
Muchos fariseos no cambiaron, no se convirtieron al Mesías a pesar de tenerle
tan cerca y de ser espectadores de muchos de sus milagros, por su falta de buenas
disposiciones: su orgullo los dejó ciegos para lo esencial. Incluso llegaron a decir:
expulsa a los demonios por arte del príncipe de los demonios. Muchos hombres
se encuentran hoy también como ciegos para lo sobrenatural por su soberbia, por su
empeño en no rectificar su juicio cargado de suspicacias, por su apegamiento a las
cosas de aquí abajo, por su desmedido deseo de confort y de bienestar, por su
hedonismo y sensualidad. «Oí hablar a unos conocidos de sus aparatos de radio.
Casi sin darme cuenta, llevé el asunto al terreno espiritual: tenemos mucha toma
de tierra, demasiada, y hemos olvidado la antena de la vida interior…
»—Esta es la causa de que sean tan pocas las almas que mantienen trato
con Dios: ojalá nunca nos falte la antena de lo sobrenatural».
III. Aquí hay algo más que Jonás… aquí hay algo más que Salomón. ¡Está el
mismo Cristo a nuestro lado! Llama al interior del hombre –a su inteligencia y a su
corazón–, no como un extraño, sino como la persona que nos ama, que desea
comunicar sus sentimientos y hasta su propia vida, que quiere dar solución divina a
aquello que nos preocupa o incluso nos atenaza.
Pero, de la misma manera que en las ondas sonoras se dan interferencias que
impiden una buena sintonía, se pueden presentar obstáculos en el campo de la fe. En
ocasiones, puede darse la oscuridad en personas que llevan años siguiendo a Cristo
y que se quedan, culpablemente o no, desconcertadas y como perdidas, sin ver la
alegría y la belleza de la entrega. En esos casos, se hacen precisas unas preguntas
hechas con sinceridad en la intimidad del alma: ¿verdaderamente deseo ver?, ¿estoy
plenamente dispuesto a querer ver, a afirmar al menos que existe una serie de razones
y de sucesos que descubren la presencia de Dios en mi vida?, ¿me dejo ayudar?,
¿expongo mi situación con claridad?, ¿desvelo mi intimidad, sin hacer teorías, sin
maquillajes, sin paliativos?.
Junto a la soberbia, que es el principal obstáculo, se pueden presentar otras
dificultades: el ambiente ávido de confort, que tiende a rechazar de plano lo que
suponga sacrificio y cruz, y que puede tender sutiles lazos cargados de razones
humanas contrarias a lo que Dios pide en ese momento: un camino lleno de alegría,
pero más arduo y empinado que el de un ambiente cargado de hedonismo. Se
precisará entonces un esfuerzo, hablar con valentía en la dirección espiritual y luchar
decididamente para desprenderse de toda rémora, de pasiones que tiran hacia el polvo
de la tierra; es necesario purificar el corazón de amores desordenados para llenarlo
del amor verdadero que Cristo ofrece, pues difícilmente podrá apreciar la luz quien
tiene la mirada turbia.
La pereza y la comodidad son otros tantos obstáculos que se pueden interponer
en el camino hacia Dios. Como todo amor auténtico, la fe y la vocación conllevan
entrega de la persona, que al amor nunca le parece suficiente. La pereza y la
comodidad tienden a señalar un límite, a defender unos derechos mezquinos, que
entorpecen y retrasan la respuesta definitiva para esa fe amorosa.
Alguna vez, el Señor puede ocultarse a nuestra vista, para que le busquemos
con más amor, para que crezcamos en humildad, dejándonos llevar por quien Dios
ha puesto a nuestro lado para realizar esa misión. Siempre, sin fallar nunca, se acaba
descubriendo el rostro amable de Cristo, con más claridad que antes, con más amor.
La palabra fe tiene en su raíz un matiz que viene a significar dejarse llevar por
otra persona que es más fuerte que nosotros, confiar en otro que nos presta su ayuda
[11]. Confiamos fundamentalmente en Dios, pero también Él quiere que nos
apoyemos en esas personas que ha puesto a nuestro lado para que nos ayuden a ver.
Dios da frecuentemente luz a través de otros.
El Señor pasa a nuestro lado con las suficientes referencias para verle y
seguirle. El sacramento de la Confesión será, de manera habitual, un medio excelente
para ver a Dios con más claridad en nosotros y en quienes nos rodean. Pidamos a la
Virgen que nos ayude a purificar la mirada y el corazón para poder interpretar
acertadamente los acontecimientos de cada día, descubriendo a Dios en ellos.
Creo, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero, pero haz que
espere con más confianza; te amo, pero haz que te ame con más fuego.

