Aguascalientes, Ags.– Desde el altar mayor de la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción, el padre Casimiro Serna Esqueda exhortó a los fieles a realizar una “autocrítica adecuada” que permita reconocer los errores personales y comunitarios que han desviado el camino de la fe, y así retomar el sendero que conduce hacia Cristo.
Durante la homilía de las siete de la mañana, el sacerdote enfatizó que no basta con señalar las fallas de los demás, sino que es necesario mirar primero dentro de cada uno: “Un ciego no puede guiar a otro ciego; antes de querer quitar la pajita del ojo del prójimo debemos reconocer la viga que llevamos en el nuestro”, citó, recordando el pasaje del Evangelio según San Lucas.
Serna subrayó que el discernimiento espiritual sólo puede alcanzarse con la luz del Espíritu Santo, capaz de revelar las propias debilidades y, al mismo tiempo, renovar la esperanza en Jesucristo, quien se presenta como “el camino, la verdad y la vida”.
El sacerdote, con reconocida trayectoria pastoral en Aguascalientes, insistió en que la autocrítica no debe quedarse en un ejercicio de remordimiento, sino en un acto de conversión, que se traduzca en obras concretas: “No hemos cumplido todavía con el mandato de llevar el Evangelio a todos los rincones de la tierra, incluso aquí en nuestra diócesis aún hay muchos sectores a los que no ha llegado la palabra de Dios”, admitió.
En este sentido, recordó que la tarea evangelizadora no es exclusiva de sacerdotes y religiosos, sino de todos los bautizados, a quienes alentó con la expresión de que “hemos sido divinizados” y, por tanto, llamados a ser testigos vivos de la fe.
Casimiro Serna retomó también la Primera Carta del apóstol San Pablo a Timoteo, donde el apóstol reconoce sus errores pasados como perseguidor de la Iglesia, pero también la misericordia recibida de Cristo: “La gracia del Señor se desbordó sobre mí”. Con ello, insistió en que la autocrítica verdadera conduce a la humildad, la gratitud y a una vida transformada por la gracia.
Al concluir su mensaje, dejó una advertencia clara: “Si no reconocemos nuestras propias fallas y no cambiamos, corremos el riesgo de querer guiar a otros desde la oscuridad de nuestros errores. Sólo viendo con claridad, desde la verdad del Evangelio, podremos acompañar al prójimo en su camino de fe”.

