Por: JOSÉ I. VELA PÉREZ *
En tiempos de sobreestimulación y consumo inmediato de información, donde los pulgares corren más rápido que la reflexión, la lectura profunda se alza como un acto casi revolucionario. No se trata solo de una herramienta educativa o un hábito cultural elegante. Leer —leer de verdad— es hoy una forma de resistencia y de reconstrucción humana.
Así lo ha subrayado con lucidez el Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE, al advertir sobre el contraste entre la lectura fragmentaria propia de las redes sociales y la lectura profunda, aquella que activa circuitos cerebrales complejos vinculados al pensamiento crítico, la empatía, la memoria y la comprensión. Y es que frente a una caída global del coeficiente intelectual, al incremento de la ansiedad, la depresión y los trastornos del sueño, todos estrechamente relacionados con el abuso de pantallas, la lectura aparece como un verdadero remedio integral para el ser humano.
No es una exageración: la ciencia lo respalda. La lectura, lejos de ser una habilidad natural, es una invención cultural que modificó radicalmente la estructura cerebral humana. Decodificar símbolos, construir significados, entrelazar ideas… leer es, en efecto, una forma de esculpir la mente. Y esto, en la era de los 140 caracteres y los videos de 15 segundos, parece más necesario que nunca.
Los hallazgos neurocientíficos actuales confirman que quienes practican la lectura profunda desarrollan conexiones cerebrales más sólidas y habilidades cognitivas superiores. Es una evolución personal que no debería quedar al arbitrio del azar, ni ser privilegio de unos cuantos. Por eso, esta reflexión interpela directamente a nuestras instituciones educativas y, con mayor razón, a los sistemas de gobierno.
En México, donde los contenidos escolares muchas veces no solo ignoran la formación de valores sino que, en algunos casos, los contrarían, urge una reorientación profunda. Necesitamos planes de estudio que integren la lectura como práctica central —no decorativa— en todos los niveles, desde la educación básica hasta la universitaria. No solo para fortalecer habilidades cognitivas, sino para formar ciudadanos con criterio, con sensibilidad, con humanidad.
Los efectos de no hacerlo están a la vista: hijos ausentes en el hogar aunque estén físicamente presentes, compañeros que ya no se escuchan entre sí, y hasta en los templos —espacios que deberían invitar al recogimiento— vemos más rostros iluminados por pantallas que por el espíritu. Y no precisamente porque consulten las lecturas del día.
El Dr. Lozano Díez advierte que ante el empobrecimiento de la atención y las capacidades cognitivas por el uso excesivo de pantallas, es urgente una alfabetización digital consciente. No se trata de demonizar la tecnología, sino de enseñar a usarla con criterio, de alternarla con pausas para la reflexión, de recuperar la lectura en papel o en medios no invasivos. Y, sobre todo, de leer con nuestros hijos, desde temprana edad, cultivando no solo el hábito, sino el gusto por la lectura como una herencia viva.
Es tiempo de volver al libro, al silencio fecundo, al pensamiento lento. No como un lujo, sino como una necesidad. Porque en la era de la distracción permanente, leer es sanar. Leer es volver a ser humanos.
Nuestra imagen lo dice todo, mientras unos leen también se observa a un alumno «metido» en la tecnología y la confusión.
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