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Lave lo que está manchado, riegue lo que es árido, cure lo que está enfermo, encienda lo que es tibio, enderece lo torcido

Solemnidad de Pentecostés

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

— La fiesta judía de Pentecostés. El envío del Espíritu Santo. El viento
impetuoso y las lenguas de fuego.

— El Paráclito santifica continuamente a la Iglesia y a cada alma.
Correspondencia a las mociones e inspiraciones del Espíritu Santo.

— Correspondencia: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz.

I. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que habita en nosotros. Aleluya.

Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías; muchos israelitas
peregrinaban a Jerusalén en estos días para adorar a Dios en el Templo. El origen de
la fiesta se remontaba a una antiquísima celebración en la que se daban gracias a
Dios por la cosecha del año, a punto ya de ser recogida. Después se sumó en ese día
el recuerdo de la promulgación de la Ley dada por Dios en el monte Sinaí. Se
celebraba cincuenta días después de la Pascua, y la cosecha material que los judíos
festejaban con tanto gozo se convirtió, por designio divino, en la Nueva Alianza, en
una fiesta de inmensa alegría: la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y
frutos.

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar
y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe
impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. El Espíritu Santo se
manifiesta en aquellos elementos que solían acompañar la presencia de Dios en el
Antiguo Testamento: el viento y el fuego.

El fuego aparece en la Sagrada Escritura como el amor que lo penetra todo, y
como elemento purificador. Son imágenes que nos ayudan a comprender mejor la
acción que el Espíritu Santo realiza en las almas: Ure igne Sancti Spiritus renes
nostros et cor nostrum, Domine… Purifica, Señor, con el fuego del Espíritu Santo
nuestras entrañas y nuestro corazón…

El fuego también produce luz, y significa la claridad con que el Espíritu Santo
hace entender la doctrina de Jesucristo: Cuando venga aquél, el Espíritu de verdad,
os guiará hacia la verdad completa… Él me glorificará porque recibirá de lo mío y
os lo anunciará. En otra ocasión, Jesús ya había advertido a los suyos: el
Paráclito, el Espíritu Santo… os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he
dicho . Él es quien lleva a la plena comprensión de la verdad enseñada por Cristo:
«habiendo enviado por último al Espíritu de verdad, completa la revelación, la
culmina y la confirma con testimonio divino».

En el Antiguo Testamento, la obra del Espíritu Santo es frecuentemente
sugerida por el «soplo», para expresar al mismo tiempo la delicadeza y la fuerza del
amor divino. No hay nada más sutil que el viento, que llega a penetrar por todas
partes, que parece incluso llegar a los cuerpos inanimados y darles una vida propia.
El viento impetuoso del día de Pentecostés expresa la fuerza nueva con que el Amor
divino irrumpe en la Iglesia y en las almas.

San Pedro, ante la multitud de gente que se congrega en las inmediaciones del
Cenáculo, les hace ver que se está cumpliendo lo que ya había sido anunciado por
los Profetas : Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu
sobre toda carne…. Quienes reciben la efusión del Espíritu no son ya algunos
privilegiados, como los compañeros de Moisés, o como los Profetas, sino todos
los hombres, en la medida en que reciban a Cristo. La acción del Espíritu Santo
debió producir, en los discípulos y en quienes les escuchan, tal admiración, que todos
estaban fuera de sí, llenos de amor y alegría.

II. La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés no fue un hecho
aislado en la vida de la Iglesia. El Paráclito la santifica continuamente; también
santifica a cada alma, a través de innumerables inspiraciones, que son «todos los
atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y
conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus
bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos,
empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas
resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna» [12].
Su actuación en el alma es «suave y apacible (…); viene a salvar, a curar, a iluminar».

En Pentecostés, los Apóstoles fueron robustecidos en su misión de testigos de
Jesús, para anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Pero no solamente ellos:
cuantos crean en Él tendrán el dulce deber de anunciar que Cristo ha muerto y
resucitado para nuestra salvación. Y sucederá en los últimos días, dice el Señor, que
derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras
hijas, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Y
sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y
profetizarán. Así predica Pedro la mañana de Pentecostés, que inaugura ya la
época de los últimos días, los días en que ha sido derramado de una manera nueva el
Espíritu Santo sobre aquellos que creen que Jesús es el Hijo de Dios, y llevan a cabo
su doctrina.

Todos los cristianos tenemos desde entonces la misión de anunciar, de cantar
las magnalia Dei [15], las maravillas que ha hecho Dios en su Hijo y en todos aquellos
que creen en Él. Somos ya un pueblo santo para publicar las grandezas de Aquel que
nos sacó de las tinieblas a su luz admirable.

Al comprender que la santificación y la eficacia apostólica de nuestra vida
dependen de la correspondencia a las mociones del Espíritu Santo, nos sentiremos
necesitados de pedirle frecuentemente que lave lo que está manchado, riegue lo que
es árido, cure lo que está enfermo, encienda lo que es tibio, enderece lo torcido [17].
Porque conocemos bien que en nuestro interior hay manchas y partes que no dan
todo el fruto que debieran porque están secas, y partes enfermas, y tibieza, y también
pequeños extravíos, que es preciso enderezar.

Nos es necesario pedir también una mayor docilidad; una docilidad activa que
nos lleve a acoger las inspiraciones y mociones del Paráclito con un corazón puro.

III. Para ser más fieles a las constantes mociones e inspiraciones del Espíritu
Santo en nuestra alma «podemos fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad
(…), vida de oración, unión con la Cruz».

Docilidad, «en primer lugar, porque el Espíritu Santo es quien, con sus
inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y
obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla
con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación
personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera».

El Paráclito actúa sin cesar en nuestra alma: no decimos una sola jaculatoria si
no es por una moción del Espíritu Santo , como nos señala San Pablo en la
Segunda lectura de la Misa. Él está presente y nos mueve en la oración, al leer el
Evangelio, cuando descubrimos una luz nueva en un consejo recibido, al meditar una
verdad de fe que ya habíamos considerado, quizá, muchas veces. Nos damos cuenta
de que esa claridad no depende de nuestra voluntad. No es cosa nuestra sino de Dios.

Es el Espíritu Santo quien nos impulsa suavemente al sacramento de la Penitencia
para confesar nuestros pecados, a levantar el corazón a Dios en un momento
inesperado, a realizar una obra buena. Él es quien nos sugiere una pequeña
mortificación, o nos hace encontrar la palabra adecuada que mueve a una persona a
ser mejor.

Vida de oración, «porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del
cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la
conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con
Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo (…).
Acostumbrémonos a frecuentar al Espíritu Santo, que es quien nos ha de
santificar: a confiar en Él, a pedir su ayuda, a sentirlo cerca de nosotros. Así se
irá agrandando nuestro pobre corazón, tendremos más ansias de amar a Dios y,
por Él, a todas las criaturas».

Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la
Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida
de cada cristiano (…). El Espíritu Santo es fruto de la Cruz, de la entrega total a
Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros
mismos» .

Podemos terminar nuestra oración haciendo nuestras las peticiones que se
contienen en el himno que se canta en la Secuencia de la Misa de este día de
Pentecostés: Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven,
padre de los pobres; ven dador de las gracias; ven, lumbre de los corazones.
Consolador óptimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio. Descanso en el
trabajo, en el ardor tranquilidad, consuelo en el llanto. ¡Oh luz santísima!, llena
lo más íntimo de los corazones de tus fieles (…). Concede a tus fieles que en Ti
confían, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la
salvación, dales el eterno gozo.

Para tratar mejor al Espíritu Santo nada tan eficaz como acercarnos a Santa
María, que supo secundar como ninguna otra criatura las inspiraciones del Espíritu
Santo. Los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, perseveraban unánimes en la
oración con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús.

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