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 La urgencia de reencontrarnos: La identidad en crisis

Por: José I. VELA PÉREZ*

Vivimos tiempos de profunda incertidumbre, y en el centro de muchas de nuestras angustias se encuentra una pregunta esencial que resuena con fuerza: ¿Quién soy? Esta interrogante, aparentemente simple, es la raíz de lo que se conoce como crisis de identidad, una experiencia que, como señala la teoría del psicólogo Erik Erikson, forma parte natural del desarrollo humano, pero que hoy adquiere una dimensión especialmente preocupante.

La crisis de identidad puede manifestarse en la adolescencia, en la mediana edad o en cualquier otro momento en que la vida nos exige un replanteamiento profundo de nuestros valores, metas y pertenencia. En ese proceso de confusión, la persona se ve envuelta en sentimientos de vacío, ansiedad y pérdida de sentido. Lo que antes parecía claro, de pronto se vuelve difuso. Lo que era firme, tambalea. Y más cuando se lleva una pesada carga, propia o ajena, al lado de secuelas del Covod 19 con problemas respiratorios y cardiacos, fatiga, ausencia de sueño y complicaciones neurológicas o psicológicas, etcétera.

En este editorial no buscamos alarmar, sino invitar a la reflexión colectiva. Porque más allá del plano individual, hoy enfrentamos una crisis identitaria como sociedad. Y las consecuencias están a la vista: jóvenes profundamente desorientados, tasas de depresión en aumento, y una cultura que privilegia la inmediatez por encima de la profundidad.

El Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE, ha sido enfático al señalar que esta fractura identitaria es una de las causas más profundas de la depresión actual. La identidad, subraya, es el punto de partida para una vida con dirección, propósito y sentido. Y sin esa brújula, la vida se convierte en una travesía errática, donde reina el desconcierto.

Y es que uno de los elementos más perturbadores en este fenómeno es la fragmentación del yo provocada por la era digital. Hoy convivimos con múltiples versiones de nosotros mismos: el yo auténtico, el yo que creemos ser, el que los demás perciben, y aquel que proyectamos en redes sociales. Cuando estos “yos” entran en conflicto, el resultado es una ruptura interna que desgasta y desorienta.

A esto se suma la lógica de la cultura del descarte: objetos, vínculos y experiencias que antes daban estabilidad y sentido, hoy son desechables. En este ecosistema volátil, construir una identidad sólida se vuelve una tarea titánica.

Pero no todo está perdido. La crisis de identidad, como bien apunta Erikson, es también una oportunidad. Es una pausa forzada que nos obliga a mirar hacia dentro, a cuestionar, a reconstruir. Reconocerla no es señal de debilidad, sino de madurez. Y buscar apoyo —ya sea psicológico, espiritual o comunitario— es un acto de responsabilidad con uno mismo y con los demás.

Como sociedad, urge que volvamos a construir espacios de pertenencia, diálogo y profundidad. Urge recuperar las preguntas fundamentales. Urge detenernos, aunque sea un momento, para reconectar con aquello que realmente somos.

Porque si no sabemos quiénes somos, ¿cómo sabremos a dónde vamos?.

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La identidad no es un destino, sino una construcción constante. En tiempos de confusión, mirar hacia dentro puede ser el primer paso para volver a encontrarnos.

 

* Dr.H.C. José Isabel Vela Pérez, Director General de la Revista FUTURO 8/8/25.

 

 

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