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La urgencia de recuperar la prudencia en la vida pública y privada

Por: José I. VELA PÉREZ*

En un tiempo donde las pasiones gritan más que la razón, donde la polarización se impone como norma de convivencia y donde la inmediatez digital ha sustituido al pensamiento profundo, urge reivindicar una virtud que ha sido desplazada del centro de la vida humana: la prudencia.

Así lo ha señalado con claridad y firmeza el Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE en México, al advertir que “la prudencia es la virtud olvidada que más necesita la cultura contemporánea”. No se trata de una simple apreciación filosófica. Es una advertencia sobre el rumbo que ha tomado nuestra sociedad y una propuesta clara para corregirlo.

La prudencia no es pasividad. Es una virtud activa, que requiere previsión, reflexión y juicio antes de actuar. Es la madre de las decisiones justas, del pensamiento sensato y de la acción responsable. Pero en una época en la que la emotividad se ha colocado por encima de la razón, esta virtud ha sido arrinconada y sustituida por impulsos, discursos maniqueos y una visión reduccionista del mundo en términos de “nosotros contra ellos”.

Lozano Díez identifica con precisión tres ideas profundamente arraigadas que están desfigurando la manera de vivir y educar en nuestros días: la fragilidad exagerada (“lo que no te mata te hace más débil”), el razonamiento emocional (donde sentir sustituye al pensar), y la lógica del enfrentamiento permanente (la cultura de la confrontación). Estas falsedades culturales, advierte, están debilitando la capacidad de juicio, la responsabilidad y la madurez, especialmente entre los jóvenes.

Y es precisamente este punto el que debe preocuparnos como sociedad. Educar en prudencia no es una opción; es una necesidad urgente. Significa formar para la vida real, para enfrentar dilemas éticos y decisiones difíciles, con serenidad, inteligencia y visión. No podemos seguir formando generaciones hipersensibles, impulsivas y ajenas a la realidad compleja que las espera. Enseñar prudencia es formar ciudadanos comprometidos con la verdad y con el bien común.

Esta reflexión se vuelve aún más relevante si la colocamos frente a lo que vive hoy México: un país atrapado en una narrativa de confrontación alimentada desde los espacios político-partidistas, donde la descalificación ha sustituido al diálogo, y la ofensa ha remplazado al argumento. En redes sociales, cada noticia es reducida a una batalla campal, cada opinión es sofocada por la agresión y el prejuicio, y la ignorancia —sin pudor alguno— se da el lujo de opinar con faltas de ortografía al por mayor y sin un mínimo de comprensión crítica.

Dolorosamente, son muchos los mexicanos que, como seducidos por el canto de las sirenas, replican mensajes sin fundamento, dándole poder a quienes desean mantenerlos sumidos en la confusión. Así se debilita la democracia, se empobrece el debate público y se envenena la convivencia.

Hoy, más que nunca, necesitamos ciudadanos prudentes. Personas capaces de escuchar antes de responder, de pensar antes de juzgar, de dialogar antes de atacar. México necesita estar bien informado, pero también bien educado en el juicio moral y en la reflexión cívica. No se trata solo de acceder a información veraz, sino de tener la capacidad de discernir entre la verdad y la manipulación.

Como sociedad, debemos recuperar la prudencia. No como una virtud antigua o decorativa, sino como el principio rector que puede devolverle cordura, sensatez y profundidad al discurso público. Que todas las voces se escuchen, sí, pero que todas las voces —también— se formen. Porque sin prudencia, ninguna libertad será duradera. Y sin prudencia, ningún país puede aspirar al verdadero bien común.

 Dr. H.C. José Isabel Vela Pérez, 4 de Julio de 2025.
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