Cuaresma. Tercer domingo
EL SENTIDO DE LA MORTIFICACIÓN
— Para seguir de verdad a Cristo es necesario llevar una vida mortificada y
estar cerca de la Cruz. Quien rehúye el sacrificio, se aleja de la santidad.
— Con la mortificación nos elevamos hasta el Señor. Perder el miedo al
sacrificio.
— Otros motivos de la mortificación.
I. Si todos los actos de la vida de Cristo son redentores, la salvación del género
humano culmina en la Cruz, hacia la que Cristo encamina toda su vida en la tierra:
Tengo que recibir un bautismo, y ¡cómo me siento urgido hasta que se cumpla!
[1 ], dirá a sus discípulos camino de Jerusalén. Les revela las ansias incontenibles de
dar su vida por nosotros, y nos da ejemplo de su amor a la Voluntad del Padre
muriendo en la Cruz. Y es en la Cruz donde el alma alcanza la plenitud de la
identificación con Cristo. Ese es el sentido más profundo que tienen los actos de
mortificación y penitencia.
Para ser discípulo del Señor es preciso seguir su consejo: el que quiera venir
en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame [2 ]. No es posible seguir
al Señor sin la Cruz. Las palabras de Jesús tienen vigencia en todos los tiempos, ya
que fueron dirigidas a todos los hombres pues el que no toma su cruz y me sigue –
nos dice a cada uno– no puede ser mi discípulo [3 ]. Tomar la cruz –la aceptación del
dolor y de las contrariedades que Dios permite para nuestra purificación, el
cumplimiento costoso de los propios deberes, la mortificación cristiana asumida
voluntariamente– es condición indispensable para seguir al Maestro.
«¿Qué sería un Evangelio, un cristianismo sin Cruz, sin dolor, sin el sacrificio
del dolor? –se preguntaba Pablo VI–. Sería un Evangelio, un Cristianismo sin
Redención, sin Salvación, de la cual –debemos reconocerlo aquí con sinceridad
despiadada– tenemos necesidad absoluta. El Señor nos ha salvado con la Cruz; con
su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la Vida…» [4 ]. Sería un
cristianismo desvirtuado que no serviría para alcanzar el Cielo, pues «el mundo no
puede salvarse sino con la Cruz de Cristo» [5 ].
1 Cfr. Lc 12, 50. 2 Mt 16, 24. 3 Lc 14, 27. 4 Pablo VI, Alocución, 24-III-1967. 5 San León Magno, Sermón 51.
Unida al Señor, la mortificación voluntaria y las mortificaciones pasivas
adquieren su más hondo sentido. No son algo dirigido primariamente a la propia
perfección, o una manera de sobrellevar con paciencia las contrariedades de esta
vida, sino participación en el misterio de la Redención.
La mortificación puede parecer a algunos locura o necedad, residuo de otras
épocas que no engarzan bien con los adelantos y el nivel cultural de nuestro tiempo.
También puede ser signo de contradicción o piedra de escándalo para aquellos que
viven olvidados de Dios. Pero todo esto no debe sorprender: ya San Pablo escribía
que la Cruz era escándalo para los judíos, locura para los gentiles [ 6 ] y en la medida
en que los mismos cristianos pierden el sentido sobrenatural de sus vidas se resisten
a entender que a Cristo solo le podemos seguir a través de una vida de sacrificio,
cerca de la Cruz. «Si no eres mortificado nunca serás alma de oración» [7 ]. Y Santa
Teresa señala: «Creer que (el Señor) admite a Su amistad a gente regalada y sin
trabajos es disparate» [ 8 ].
Los mismos Apóstoles que siguen a Cristo cuando es aclamado por multitudes,
aunque le amaban profundamente e incluso estaban dispuestos a dar su vida por Él,
no le siguen hasta el Calvario, pues aún –por no haber recibido al Espíritu Santo–
eran débiles. Existe un largo camino entre ir en pos de Cristo cuando este seguimiento
no exige mucho, y el identificarse plenamente con Él, a través de las tribulaciones,
pequeñas y grandes, de una vida mortificada.
El cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio, que
se rebela ante el dolor, se aleja también de la santidad y de la felicidad, que está muy
cerca de la Cruz, muy cerca de Cristo Redentor.
II. El Señor pide a cada cristiano que le siga de cerca, y para esto es necesario
acompañarle hasta el Calvario. Nunca deberíamos olvidar estas palabras: el que no
toma su cruz y me sigue no es digno de mí [9 ]. Mucho antes de padecer en la Cruz,
ya Jesús hablaba a sus seguidores de que habrían de cargar con ella.
Hay en la mortificación una paradoja, un misterio, que solo puede
comprenderse cuando hay amor: detrás de la aparente muerte está la Vida; y el que
(6 1 Cor 1, 23. 7 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 172. 8 Santa Teresa, Camino de perfección, 18, 2. 9 Mt 10, 38.) con egoísmo trata de conservar la vida para sí, la pierde: el que quiera salvar su vida la perderá: y el que la pierda por mí la hallará [10]. Para dar frutos, amando a Dios, ayudando de una manera efectiva a los demás, es necesario el sacrificio.
No hay cosecha sin sementera: si el grano de trigo no muere al caer en la tierra, queda
infecundo; pero si muere, produce mucho fruto [11]. Para ser sobrenaturalmente
eficaces debe uno morir a sí mismo mediante la continua mortificación, olvidándose
por completo de su comodidad y de su egoísmo. «—¿No quieres ser grano de trigo,
morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? —¡Que Jesús bendiga tu
trigal!» [12].
Debemos perder el miedo al sacrificio, a la voluntaria mortificación, pues la
Cruz la quiere para nosotros un Padre que nos ama y sabe bien lo que más nos
conviene. Él quiere siempre lo mejor para nosotros: Venid a mí los que estáis
fatigados y cargados, nos dice, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para
vuestras almas, pues mi yugo es suave, y mi carga, ligera [13]. Junto a Cristo, las
tribulaciones y penas no oprimen, no pesan, y por el contrario disponen al alma para
la oración, para ver a Dios en los sucesos de la vida.
Con la mortificación nos elevamos hasta el Señor; sin ella quedamos a ras de
tierra. Con el sacrificio voluntario, con el dolor ofrecido y llevado con paciencia y
amor nos unimos firmemente al Señor. «Como si dijera: todos los que ardáis
atormentados, afligidos y cargados con la carga de vuestros cuidados y apetitos,
salid de ellos, viniendo a mí, y yo os recrearé, y hallaréis para vuestras almas el
descanso que os quitan vuestros apetitos» [14].
III. Para decidirnos a vivir con generosidad la mortificación, interesa
comprender bien las razones que le dan sentido. A algunos les puede costar ser más
mortificados porque no han entendido o descubierto ese sentido. Son varios los
motivos que impulsan al cristiano hacia la mortificación. El primero es el que hemos
considerado anteriormente: desear identificarse con el Señor y seguirle en su afán de
redimir en la Cruz, ofreciéndose a Sí mismo en sacrificio al Padre. Nuestra
mortificación tiene así los mismos fines de la Pasión de Cristo y de la Santa Misa, y
se traduce en una unión cada vez más plena a la Voluntad del Padre.
10 Mt 16, 24 ss. 11 Jn 12, 24-25. 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 199. 13 Mt 11, 28-30. 14 San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, 1, 7, 4.
Pero la mortificación es también medio para progresar en las virtudes. El
sacerdote, en el diálogo que precede al Prefacio de la Misa, alza sus manos al cielo
mientras dice: —Levantemos el corazón, y se oye al pueblo fiel: —¡Lo tenemos
levantado hacia el Señor! Nuestro corazón debe estar permanentemente dirigido
hacia Dios.
El corazón del cristiano debe estar lleno de amor, con la esperanza
siempre puesta en su Señor. Para eso es preciso que no esté atrapado y prisionero de
las cosas de la tierra, que vaya quedando más purificado. Y esto no es posible sin la
penitencia, sin la continua mortificación, que es «medio para ir adelante» [15]. Sin
ella, el alma queda sujeta por las mil cosas en que tienden a desparramarse los
sentidos: apegamientos, impurezas, aburguesamiento, deseos de inmoderada
comodidad… La mortificación nos libera de muchos lazos y nos capacita para amar.
La mortificación es medio indispensable para hacer apostolado, extendiendo
el Reino de Cristo: «La acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con
el sacrificio» [16]. Muy equivocados andaríamos si quisiéramos atraer a otros hacia
Dios sin apoyar esa acción con una oración intensa, y si esa oración no fuese
reforzada con la mortificación gustosamente ofrecida. Por eso se ha dicho, de mil
modos diferentes, que la vida interior, manifestada especialmente en la oración y la
mortificación, es el alma de todo apostolado [17].
No olvidemos, por último, que la mortificación sirve también como reparación
por nuestras faltas pasadas, hayan sido pequeñas o grandes. De ahí que en muchas
ocasiones le pidamos al Señor que nos ayude a enmendar la vida pasada:
«emendationem vitae, spatium verae paenitentiae… tribuat nobis omnipotens et
misericors Dominus»: Que el Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la
enmienda de nuestra vida y un tiempo de verdadera penitencia [18]. De este modo,
por la mortificación, hasta las mismas faltas pasadas se convierten en fuente de nueva
vida. «Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus
negligencias, ofensas y pecados. —Así entierra el labrador, al pie del árbol que los
produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril,
mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad.
»Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» [19].
15 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 232. 16 Ibídem, n. 81. 17 Cfr. J. B. Chautard, El alma de todo apostolado, Ed. Palabra, 5ª ed., Madrid 1978. 18 Misal Romano, fórmula de intención de la Misa. 19 San Josemaría Escrivá, loc. cit., n. 211.
Le pedimos al Señor que sepamos aprovechar nuestra vida, a partir de ahora,
del mejor de los modos: «Cuando recuerdes tu vida pasada, pasada sin pena ni
gloria, considera cuánto tiempo has perdido y cómo lo puedes recuperar: con
penitencia y con mayor entrega» [ 20]. Y, cuando algo nos cueste, vendrá a nuestra
mente alguno de estos pensamientos que nos mueva a la mortificación generosa:
«¿Motivos para la penitencia?: Desagravio, reparación, petición, hacimiento de
gracias: medio para ir adelante…: por ti, por mí, por los demás, por tu familia, por
tu país, por la Iglesia… Y mil motivos más» [ 21].

