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La Resurrección del Señor es una llamada a que manifestemos con nuestra vida que Él vive

Pascua. Segundo domingo

LA FE DE TOMÁS

— Aparición de Jesús a los Apóstoles estando ausente Tomás. Le comunican
que Jesús ha resucitado. Apostolado con quienes han conocido a Cristo, pero no le
tratan.
— El acto de fe del Apóstol Tomás. Nuestra fe ha de ser operativa: actos de
fe, confianza con el Señor, apostolado.
— La Resurrección es una llamada a manifestar con nuestra vida que Cristo
vive. Necesidad de estar bien formados.

I. El primer día de la semana, el día en que resucitó el Señor, el primer día
del mundo nuevo, está repleto de acontecimientos: desde la mañana, muy temprano, cuando las mujeres van al sepulcro, hasta la noche, muy tarde [, cuando Jesús
viene a confortar a sus más íntimos: La paz sea con vosotros, les dice. Y dicho esto
les mostró las manos y el costado. En esta ocasión, Tomás no estaba con los demás
Apóstoles, no pudo ver al Señor, ni oír sus consoladoras palabras.
Este Apóstol fue el que dijo una vez: Vayamos también nosotros y muramos
con él. Y en la Última Cena expresó al Señor su ignorancia, con la mayor
sencillez: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?.

Llenos de un profundo gozo, los Apóstoles buscarían a Tomás por Jerusalén aquella
misma noche o al día siguiente. En cuanto dieron con él, les faltó tiempo para decirle:
¡Hemos visto al Señor! Pero Tomás, como los demás, estaba profundamente
afectado por lo que habían visto sus ojos: jamás olvidaría la Crucifixión y Muerte del
Maestro. No da ningún crédito a lo que los demás le dicen: Si no veo la señal de los
clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en
su costado, no creeré.

Los que habían compartido con él aquellos tres años y con
quienes por tantos lazos estaba unido, le repetirían de mil formas diferentes la misma
verdad, que era su alegría y su seguridad: ¡Hemos visto al Señor!.

Tomás pensaba que el Señor estaba muerto. Los demás le aseguraban que vive,
que ellos mismos lo han visto y oído, que han estado con Él. Así hemos de hacer
nosotros: para muchos hombres y para muchas mujeres Cristo es como si estuviera
muerto, porque apenas significa nada para ellos, casi no cuenta en su vida. Nuestra
fe en Cristo resucitado nos impulsa a ir a esas personas, a decirles de mil formas
diferentes que Cristo vive, que nos unimos a Él por la fe y lo tratamos cada día, que
orienta y da sentido a nuestra vida.

De esta manera, cumpliendo con esa exigencia de la fe, que es darla a conocer
con el ejemplo y la palabra, contribuimos personalmente a edificar la Iglesia, como
aquellos primeros cristianos de los que nos hablan los Hechos de los Apóstoles:
crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.

II. A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos.
Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea
con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae
tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

La respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites:
¡Señor mío y Dios mío! Son las suyas cuatro palabras inagotables. Su fe brota, no
tanto de la evidencia de Jesús, sino de un dolor inmenso. No son tanto las pruebas
como el amor el que le lleva a la adoración y a la vuelta al apostolado. La Tradición
nos dice que el Apóstol Tomás morirá mártir por la fe en su Señor. Gastó la vida en
su servicio.

Las dudas primeras de Tomás han servido para confirmar la fe de los que más
tarde habían de creer en Él. «¿Es que pensáis –comenta San Gregorio Magno– que
aconteció por pura casualidad que estuviese ausente entonces aquel discípulo
elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando
palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios.
La divina clemencia actuó de modo admirable para que, tocando el discípulo
dubitativo las heridas de la carne de su Maestro, sanara en nosotros las heridas de
la incredulidad (…). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de
la verdadera resurrección.

Si nuestra fe es firme, también se apoyará en ella la de otros muchos. Es
preciso que nuestra fe en Jesucristo vaya creciendo de día en día, que aprendamos a
mirar los acontecimientos y las personas como Él los mira, que nuestro actuar en
medio del mundo esté vivificado por la doctrina de Jesús. Pero, en ocasiones, también
nosotros nos encontramos faltos de fe como el Apóstol Tomás. Tenemos necesidad
de más confianza en el Señor ante las dificultades en el apostolado, ante
acontecimientos que no sabemos interpretar desde un punto de vista sobrenatural, en
momentos de oscuridad, que Dios permite para que crezcamos en otras virtudes…

La virtud de la fe es la que nos da la verdadera dimensión de los
acontecimientos y la que nos permite juzgar rectamente de todas las cosas.
«Solamente con la luz de la fe y con la meditación de la palabra divina es posible
reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien nos movemos y existimos (Hech
17, 28); buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en
todos los hombres, próximos o extraños, y juzgar con rectitud sobre el verdadero
sentido y valor de las realidades temporales, tanto en sí mismas como en orden al
fin del hombre».

Meditemos el Evangelio de la Misa de hoy. «Pongamos de nuevo los ojos en
el Maestro. Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a
Tomás: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano y métela en mi
costado, y no seas incrédulo sino fiel (Jn 20 27); y, con el Apóstol, saldrá de tu
alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28), te
reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre –con tu auxilio– voy a
atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad».

¡Señor mío y Dios mío! ¡Mi Señor y mi Dios! Estas palabras han servido de
jaculatoria a muchos cristianos, y como acto de fe en la presencia real de Jesucristo
en la Sagrada Eucaristía, al pasar delante de un sagrario, en el momento de la
Consagración en la Santa Misa… También pueden ayudarnos a nosotros para
actualizar nuestra fe y nuestro amor a Cristo resucitado, realmente presente en la
Hostia Santa.

III. El Señor le contestó a Tomás: Porque me has visto has creído:
bienaventurados los que sin haber visto han creído [12]. «Sentencia en la que sin
duda estamos señalados nosotros –dice San Gregorio Magno–, que confesamos con
el alma al que no hemos visto en la carne. Se alude a nosotros, con tal que vivamos
conforme a la fe; porque solo cree de verdad el que practica lo que cree».

La Resurrección del Señor es una llamada a que manifestemos con nuestra
vida que Él vive. Las obras del cristiano deben ser fruto y manifestación del amor a
Cristo.

En los primeros siglos la difusión del cristianismo se realizó principalmente
por el testimonio personal de los cristianos que se convertían. Era una predicación
sencilla de la Buena Nueva: de hombre a hombre, de familia a familia; entre quienes
tenían el mismo oficio, entre vecinos; en los barrios, en los mercados, en las calles.
Hoy también quiere el Señor que el mundo, la calle, el trabajo, las familias sean el
cauce para la transmisión de la fe.

Para confesar nuestra fe con la palabra es necesario conocer su contenido con
claridad y precisión. Por eso, nuestra Madre la Iglesia ha hecho tanto hincapié a lo
largo de los siglos en el estudio del Catecismo, donde, de una manera breve y
sencilla, se contiene lo esencial que hemos de conocer para poder vivirlo después.

Ya San Agustín insistía a aquellos catecúmenos a punto de recibir el Bautismo: «Así,
pues, el sábado próximo, en que celebraremos la vigilia, si Dios quiere, habréis de
dar no la oración (el Padrenuestro), sino el símbolo (el Credo); porque si ahora no
lo aprendéis, después, en la iglesia, no se lo habéis de oír todos los días al pueblo.
Y, en aprendiéndolo bien, decidlo a diario para que no se olvide: al levantaros de la
cama, al ir a dormiros, dad vuestro símbolo, dádselo a Dios, procurando hacer
memoria de ello, y sin pereza de repetirlo. Es cosa buena repetir para no olvidar.

No digáis: “Ya lo dije ayer, y lo digo hoy, y a diario lo digo; téngolo bien grabado
en la memoria”. Sea para ti como un recordatorio de tu fe y un espejo donde te
mires. Mírate, pues, en él; examina si continúas creyendo todas las verdades que de
palabra dices creer, y regocíjate a diario en tu fe. Sean ellas tu riqueza, sean a modo
de vestidos para el aderezo de tu alma» [14]. ¡A cuántos cristianos habría que decirles
estas mismas palabras, pues han olvidado lo esencial del contenido de su fe!
Jesucristo nos pide también que le confesemos con obras delante de los
hombres. Por eso, pensemos: ¿no tendríamos que ser más valientes en esa o aquella
ocasión?, ¿no tendríamos que ser más sacrificados a la hora de sacar adelante
nuestros quehaceres? Pensemos en nuestro trabajo, en el ambiente que nos rodea: ¿se
nos conoce como personas que llevan vida de fe?, ¿nos falta audacia en el
apostolado?, ¿conocemos con profundidad lo esencial de nuestra fe?.

Terminamos nuestra oración pidiendo a la Virgen, Asiento de la Sabiduría,
Reina de los Apóstoles, que nos ayude a manifestar con nuestra conducta y nuestras
palabras que Cristo vive.

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