Por: José I. VELA PÉREZ *
En un mundo sacudido por guerras, violencia y desconcierto, las palabras expresadas hoy por el Papa León XIV durante su visita a la tumba de San Charbel resuenan con fuerza renovada: “Para el mundo pedimos paz. Especialmente la imploramos para el Líbano y para todo Oriente Próximo. Pero sabemos bien –y los santos nos lo recuerdan– que no hay paz sin conversión de los corazones.”
Esta afirmación cobra una vigencia inquietante. En los escenarios donde se gestan los conflictos armados del presente, vemos una constante: muchos de sus protagonistas son personas mayores, líderes de la tercera edad, que aparecen recurrentemente en los noticieros. Se les muestra aferrados al poder, movidos por ambiciones desmedidas en el terreno político, aun cuando ello implique poner en riesgo la vida de miles de personas, incluidos inocentes que ni siquiera han nacido. Un contraste doloroso entre la sabiduría que debería caracterizar a la vejez y las decisiones que alimentan el caos.
La visita del Papa ha despertado un renovado interés por la espiritualidad, recordándonos que su fuerza no depende de ideologías ni estructuras de poder terrenal. Al contrario: invita a que volvamos la mirada hacia lo esencial, hacia aquello que da sentido y orienta la existencia humana.
La llamada “espiritualidad en la vejez” se entiende como la búsqueda de significado, propósito y conexión con algo que trasciende al propio individuo: la religión, la naturaleza, las relaciones, los valores personales. Esta espiritualidad funciona como brújula interior para las decisiones y como sostén emocional en una etapa de la vida que inevitablemente invita al balance y a la trascendencia.
Porque trascender —ir más allá de las circunstancias inmediatas— es, finalmente, reflexionar sobre lo que dejamos al mundo, sobre la interconexión con las generaciones futuras o con un plano superior de existencia. Para muchos creyentes, los conflictos actuales son consecuencia de un alejamiento de lo divino, de un corazón humano que ha perdido la orientación moral. De allí la insistencia papal: no habrá paz verdadera sin una profunda conversión interior y esto aplica también en los órdenes personal y familiar, en lo cercano y «lejano» como vemos la realidad en nuestro propio país y por supuesto en el plano internacional.
La oración, la meditación y la lectura de textos sagrados o filosóficos se vuelven caminos para reencontrar lo trascendente. Al mismo tiempo, cultivar la sabiduría acumulada y compartirla otorga una sensación renovada de propósito, recordándonos que también la vejez es una fuente de luz.
En esta línea, el Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente del IPADE y de la Universidad Panamericana, advierte una paradoja cultural inquietante: anhelamos vivir más años, pero rechazamos las marcas del tiempo. La obsesión contemporánea por “hackear la edad” exalta la juventud e ignora que el paso del tiempo también trae madurez, perspectiva y una comprensión más profunda de la vida.
Este fenómeno, señala Lozano Díez, crece en medio del invierno demográfico mundial: menos nacimientos, más longevidad, más ansiedad. La conversación pública gira en torno a extender la existencia, pero no necesariamente a mejorarla. Así, la vida se reduce a parámetros biológicos, dejando fuera lo esencial: la estabilidad emocional, la gratitud, la serenidad y la satisfacción con lo vivido. “Una longevidad sin plenitud interior termina vaciando de sentido el propio acto de envejecer”, advierte.
Por ello, la verdadera pregunta no es cuántos años podemos sumar, sino qué calidad deseamos imprimirles. Envejecer con propósito implica construir años con profundidad, alegría, calma y significado. Como recordaba Abraham Lincoln: “No importan los años de la vida, sino la vida de los años.” Ese es el desafío: convertir la edad en un camino hacia la plenitud, no en una obsesión por prolongarla, pero sin perder nuestrav realidad.
Y aquí volvemos al punto central: la espiritualidad como motor de paz y verdadero desarrollo humano. En un mundo gobernado por decisiones tomadas desde la ambición y el miedo, urge que quienes se consideran grandes líderes miren dentro de sí mismos. Que examinen qué hay en sus corazones y qué tipo de legado están forjando.
Solo así podremos aspirar a esa paz de la que habla el Papa León XIV: no una paz impuesta, frágil o estratégica, sino una paz auténtica, nacida del interior. Porque solo quien encuentra sentido en su vida, quien cultiva la sabiduría y la trascendencia, puede también construir un mundo donde vivir —y morir— con dignidad sea posible para todos.
*Dr. H.C. José Isabel Vela Pérez, Director General de la Revista FUTURO. 1 de diciembre 2025.

