11ª semana. Miércoles
LA ORACIÓN MENTAL
— Necesidad y frutos.
— La oración preparatoria. Ponerse en presencia de Dios.
— La ayuda de la Comunión de los Santos.
I. El Evangelio de la Misa de hoy es una llamada a la oración personal.
Cuando oréis -nos dice Jesús-, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar
de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de
los hombres… Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento
y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo oculto…
El Señor, que nos da esta enseñanza acerca de la oración, la practicó en su vida
en la tierra. El Santo Evangelio nos refiere las muchas veces que se retiraba Él solo
para orar. Y este mismo ejemplo lo siguieron los Apóstoles y los primeros
cristianos, y después todos aquellos que han querido seguir de cerca al Maestro. «El
sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe
prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más
tarde en árbol frondoso».
La oración diaria nos mantiene vigilantes ante el enemigo que acecha
continuamente, nos hace firmes ante pruebas y dificultades, aprendemos en ella a
servir a los demás, es el faro de luz intensa que ilumina el camino y ayuda a ver con
claridad los obstáculos. La oración personal nos mueve a realizar mejor el trabajo, a
cumplir los deberes con la propia familia y con la sociedad, y tiene una influencia
decisiva en las relaciones con los demás. Pero, sobre todo, nos enseña a tratar al
Maestro y a crecer en el amor. «¡No dejéis de orar! –nos aconseja el Papa Juan Pablo
II–. ¡La oración es un deber, pero también es una gran alegría, porque es un
diálogo con Dios por medio de Jesucristo!.
En la oración estamos con Jesús; eso nos debe bastar. Vamos a entregarnos, a
conocerle, a aprender a amar. El modo de hacerla depende de muchas circunstancias:
del momento que pasamos, de las alegrías que hemos recibido, de las penas… que se
convierten en gozo cerca de Cristo. En muchas ocasiones traemos a la consideración
algún pasaje del Evangelio y contemplamos la Santísima Humanidad de Jesús, y
aprendemos a quererle (no se ama sino lo que se conoce bien); examinamos otras
veces si estamos santificando el trabajo, si nos acerca a Dios; cómo es el trato con
aquellas personas entre las que transcurre nuestra vida: la familia, los amigos…; quizá
al hilo de la lectura de algún libro –como el que tienes entre las manos–, convirtiendo
en tema personal aquello que leemos, diciendo al Señor con el corazón esa jaculatoria
que se nos propone, continuando con un afecto que el Espíritu Santo ha sugerido en
lo hondo del alma, recogiendo un pequeño propósito para llevarlo a cabo en ese día
o avivando otro que habíamos formulado…
La oración mental es una tarea que exige poner en juego, con la ayuda de la
gracia, la inteligencia y la voluntad, dispuestos a luchar decididamente contra las
distracciones, no admitiéndolas nunca voluntariamente, y poniendo empeño en
dialogar con el Señor, que es la esencia de toda oración: hablarle con el corazón,
mirarle, escuchar su voz en lo íntimo del alma. Y siempre debemos tener la firme
determinación de dedicar a Dios, a estar con Él a solas, el tiempo que hayamos
previsto, aunque sintamos gran aridez y nos parezca que no conseguimos nada. «No
importa si no se puede hacer más que permanecer de rodillas durante este tiempo, y
combatir con absoluta falta de éxito contra las distracciones: no se está
malgastando el tiempo». La oración siempre es fructuosa si hay empeño por
sacarla adelante, a pesar de las distracciones y de los momentos de aridez. Nunca nos
deja Jesús sin abundantes gracias para todo el día. Él «agradece» siempre con mucha
generosidad el rato en que Le hemos acompañado.
II. Es de particular importancia ponernos en presencia de Aquel con quien
deseamos hablar. Con frecuencia, el resto de la oración puede depender de estos
primeros minutos en los que ponemos empeño en estar cerca de Quien sabemos nos
ama y espera nuestra súplica, un acto de amor, que consideremos junto a Él un asunto
que nos preocupa…, o sencillamente que permanezcamos en su presencia mirándole
y sabiendo que nos mira. Si cuidamos con esmero, con amor, estos primeros
momentos, si nos situamos de verdad delante de Cristo, una buena parte de la aridez
y de las dificultades para hablar con Él desaparecen…, porque eran simplemente
disipación, falta de recogimiento interior.
Para ponernos en presencia de Dios al comenzar la oración mental, debemos
hacernos algunas consideraciones, que nos ayuden a alejar de nuestra mente otras
preocupaciones. Le podemos decir a Jesús: «Señor mío y Dios mío, creo firmemente
que estás aquí, para escucharme. Está en el Tabernáculo, realmente presente bajo
las especies sacramentales, con su Cuerpo, su Sangre, Alma y Divinidad; y está
presente en nuestra alma por la gracia, siendo el motor de nuestros pensamientos,
afectos, deseos y obras sobrenaturales (…): ¡que me ves, que me oyes!
»Enseguida –nos sigue diciendo San Josemaría Escrivá–, el saludo, como se
acostumbra a hacer cuando conversamos con una persona en la tierra. A Dios se
le saluda adorándole: ¡te adoro con profunda reverencia! Y si a esa persona la
hemos ofendido alguna vez, si la hemos tratado mal, le pedimos perdón. Pues, a
Dios Nuestro Señor, lo mismo: te pido perdón de mis pecados, y gracia para hacer
bien, con fruto, este rato de conversación contigo. Y ya estamos haciendo oración,
ya nos encontramos en la intimidad de Dios.
»Pero, además, ¿qué haríamos si esa persona principal, con la que queremos
charlar, tiene madre, y una madre que nos ama? ¡Iríamos a buscar su
recomendación, una palabra suya en favor nuestro! Pues a la Madre de Dios, que
es también Madre nuestra y nos quiere tanto, hemos de invocarla: ¡Madre mía
Inmaculada! Y acudir a San José, el padre nutricio de Jesús, que también puede
mucho en la presencia de Dios: ¡San José, mi Padre y Señor! Y al Ángel de la
Guarda, ese príncipe del Cielo que nos ayuda y nos protege… ¡Interceded por mí!
»Una vez hecha la oración preparatoria, con esas presentaciones que son de
rigor entre personas bien educadas en la tierra, ya podemos hablar con Dios. ¿De
qué? De nuestras alegrías y nuestras penas, de nuestros trabajos, de nuestros
deseos y nuestros entusiasmos… ¡De todo!
»También podemos decirle, sencillamente: Señor, aquí estoy hecho un bobo,
sin saber qué contarte… Querría hablar contigo, hacer oración, meterme en la
intimidad de tu Hijo Jesús. Sé que estoy junto a Ti, y no sé decirte dos palabras. Si
estuviera con mi madre, con aquella persona querida, les hablaría de esto y de lo
otro; contigo no se me ocurre nada.
»¡Esto es oración (…)! Permaneced delante del Sagrario, como un perrito a
los pies de su amo, durante todo el tiempo fijado de antemano. ¡Señor, aquí estoy!
¡Me cuesta! Me marcharía por ahí, pero aquí sigo, por amor, porque sé que me
estás viendo, que me estás escuchando, que me estás sonriendo».
Y junto a Él, incluso cuando no sabemos muy bien qué decirle, nos llenamos
de paz, recuperamos las fuerzas para sacar adelante nuestros deberes, y la cruz se
torna liviana porque ya no es solo nuestra: Cristo nos ayuda a llevarla.
III. Junto a Cristo en el Sagrario, o allí donde nos encontremos haciendo el
rato de oración mental, perseveraremos por amor, cuando estemos gozosos y cuando
nos resulte difícil y nos parezca que aprovechamos poco. Nos ayudará en muchas
ocasiones el sabernos unidos a la Iglesia orante en todas las partes del mundo.
Nuestra voz se une al clamor que, en cada momento, se dirige a Dios Padre, por el
Hijo, en el Espíritu Santo. «A la hora de la oración mental, y también durante el
día –nos continúa diciendo San Josemaría Escrivá–, recordad que nunca estamos
solos, aunque quizá materialmente nos encontremos aislados. En nuestra vida (…)
permanecemos siempre unidos a los Santos del Paraíso, a las almas que se
purifican en el Purgatorio y a todos nuestros hermanos que pelean aún en la tierra.
Además, y esto es un gran consuelo para mí, porque es una muestra admirable de
la continuidad de la Iglesia Santa, os podéis unir a la oración de todos los
cristianos de cualquier época: los que nos han precedido, los que viven ahora, los
que vendrán en los siglos futuros. Así, sintiendo esta maravilla de la Comunión de
los Santos, que es un canto inacabable de alabanza a Dios, aunque no tengáis
ganas o aunque os sintáis con dificultades –¡secos!–, rezaréis con esfuerzo, pero
con más confianza.
»Llenaos de alegría, pensando que nuestra oración se une a la de aquellos
que convivieron con Jesucristo, a la incesante plegaria de la Iglesia triunfante,
purgante y militante, y a la de todos los cristianos que vendrán. Por tanto (…),
cuando te encuentres árido en la oración, esfuérzate y di al Señor: Dios mío, yo no
quiero que falte mi voz en este coro de alabanza permanente dirigida a Ti y que no
cesará nunca».
En la diaria oración se encuentra el origen de todo progreso espiritual y una
fuente continua de alegría, si ponemos empeño y vamos decididos a estar «a solas
con quien sabemos nos ama». La vida interior progresa al compás de la oración,
y repercute en las acciones de la persona, en su trabajo, en su apostolado, en su
mortificación…
Acudamos con frecuencia a Santa María para que nos enseñe a tratar a su Hijo,
pues ninguna persona en el mundo supo dirigirse a Cristo como lo hizo su Madre. Y
junto a Ella, San José, que tantas veces habló con Jesús, mientras trabajaba, en el
descanso, durante un viaje, mientras paseaban por los alrededores de Nazaret…
Después de María, José fue quien más horas pasó junto al Hijo de Dios. Él nos
enseñará a tratar al Maestro y, si se lo pedimos, nos ayudará cada día a sacar
propósitos firmes, concretos y claros que nos ayudarán a mejorar el trabajo, a limar
las asperezas del carácter, a ser más serviciales, a estar alegres por encima de todas
las contradicciones que pueden sobrevenir…
Sancte Ioseph, ora pro eis, ora pro me! San José, ruega por ellos (aquí
podemos fijar nuestra atención en las personas concretas por las que deseamos pedir
con particular intensidad), ruega por mí.

