Autor: Héctor Zagal*
Les confieso que estoy muy emocionado de poder hablar en esta
ceremonia, tan solemne como entrañable. Mil gracias por la confianza, mil
gracias por brindarme la oportunidad de dirigirme a toda la comunidad
universitaria en este acto académico.
Les confieso, también, que estoy un poco nervioso. Este nerviosismo me
hizo recordar mi primer día de clases en las aulas de la Panamericana. Yo
tenía 15 años y era mi primer día de clases en la preparatoria. Recuerdo
perfectamente que iba hecho un manojo de nervios. La noche anterior no
pude dormir. Llegué muy temprano, porque quería entregar cuanto antes
algunos documentos que le debía a Servicios Escolares. La secretaria, Gaby
(quien se jubiló recientemente) selló mi acuse de recibo haciéndome una
advertencia: “Te estoy poniendo el sello del IPH (Instituto Panamericano
de Humanidades), porque todavía no nos han traído el sello nuevo de
Mixcoac, pero ya somos Universidad Panamericana”. (Y no, esto no
sucedió al otro día de la caída de la Gran Tenochtitlan).
Pero, les decía, estaba francamente nervioso. Yo provenía de una
secundaria pública y la preparatoria me había ofrecido una beca. Todo para
mí era nuevo: el barrio, los compañeros, las materias, los profesores, pero,
sobre todo, eso de estudiar en una universidad de inspiración cristiana.
Como muchos adolescentes de mi época, yo había leído Marx para
principiantes de Rius, tenía un poster del Che Guevara en mi cuarto,
escuchaba a las canciones de Violeta Parra y había intentado fallidamente
leer el Manifiesto del Partido Comunista de Marx. Aunque la mayor parte
de mi familia siempre ha sido profundamente cristiana, también otra parte
de mi familia había estado relacionada con el Partido Comunista, cuando
éste estaba prohibido en México.

¿Y con qué me encontré? En primer lugar, con compañeros divertidos y
amables que, con el paso de los años, se hicieron mis grandes amigos. (A
algunos de ellos, los veo cada semana). En segundo lugar, con profesores
afables, preocupados por cada uno de nosotros. En tercer lugar, con clases
de un altísimo nivel académico. En cuarto lugar, con un entorno donde se
respetaba la libertad. Recuerdo, perfectamente, que uno de mis compañeros
1 Agradezco sus comentarios sobre este texto a Virgina Aspe, Alberto de la Barreda, Eduardo Charpenel, Cecilia Coronado, Vicente de Haro, María Elena García Peláez, Netzahualcóyotl Lara, Mauricio Lecón, Luis Xavier López Farjeat, Alberto Ross y Leonardo Ruiz. 2 dijo que no quería asistir a clases de formación cristiana y el capellán le
dijo que no asistiera a clase, pero le propuso un plan alternativo de lecturas.
Algo que llamó mi atención es que la preparatoria carecía de oratorio. Y,
cuando en 1980, comencé a estudiar Filosofía en Mixcoac, tampoco había
oratorio y el capellán sólo venía un par de veces a la semana.
Cuento este detalle, porque me parece crucial. Una universidad no es
cristiana por tener capellán, oratorio y crucifijos. Si, se me permite decirlo
de una manera provocativa, la capellanía no es lo que da identidad cristiana
a una institución. Pero voy más allá, la identidad cristiana de una
universidad no está garantizada tampoco por las clases de teología, aunque
estas son valiosísimas.

¿Qué es, entonces, lo que da identidad cristiana a una universidad?
Considero que una universidad es cristiana cuando en ella se cultiva el afán
por descubrir la verdad, por amarla, por respetarla y por transmitirla
generosamente, en un entorno de justicia y caridad.
Dios invisible es visible en las criaturas
Lo diré de una manera breve, el reto de la universidad cristiana es que el
Dios invisible se haga visible a través de las criaturas.
Los medievales acuñaron una metáfora particularmente lúcida para
referirse a esta convicción: la naturaleza es un libro, cuyo autor es Dios.
La naturaleza, de la cual es parte el ser humano, es creación divina y hemos
de aprender a descifrarla con nuestra inteligencia. Sin embargo, dicho
estudio del universo y del ser humano desde una perspectiva cristiana debe
respetar la autonomía de los diversos saberes.
En 1650, el obispo anglicano James Ussher calculó el origen del universo
con base en las genealogías de la Biblia. El prelado concluyó que la tierra
fue creada el anochecer previo al domingo 23 de octubre del 4004 a. C.
Pues esto es precisamente lo que no debe hacerse. La edad del universo es
algo que corresponde a los astrofísicos, no a los escrituristas.
Como bien lo advirtió Galileo en su Carta a la Gran Duquesa Cristina. La
ciencia nos enseña cómo es el cielo. La Biblia nos enseña cómo ir al cielo.
El método de la astronomía es distinto del método de la teología.
La identidad cristiana del quehacer universitario no coloca una cruz encima
de los libros, para bautizar el saber. La identidad cristiana de la universidad 3
está en la estructura y operación de toda la institución; está en la actitud
con que cada uno de los profesores enseñan e investigan.
Me voy a permitir una referencia gastronómica, que espero no desdiga de la
solemnidad de este acto. ¿Qué es lo que hace que los tacos de pastor sean
tan sabrosos? No, no es la carne, ni los condimentos, ni las tortillas, ni la
salsa. No hay un ingrediente secreto. El sabor óptimo es el resultado de la
proporción y confección de todos los ingredientes. No hay una sustancia
“sabroseadora” que transforme unos tacos malos en unos excelentes. (En
todo caso, como dice un amigo: “a un mal taco, mucha salsa”).
Análogamente, la identidad cristiana de la universidad no está solamente en
la capilla y en los programas de estudio de teología. No hay un ingrediente
“cristianizador” La identidad cristiana está en el modo como se crea,
conserva y transmite el conocimiento. La identidad cristiana está en la
actitud con que funcionarios, profesores y estudiantes nos acercamos al
conocimiento. La identidad cristiana está en el modo como convivimos
entre nosotros, como nos relacionamos con los estudiantes.
En mi opinión, la perspectiva cristiana de la universidad se ancla en dos
ejes: primero, la convicción de que la verdad existe y podemos alcanzarla;
segundo, la convicción de que la verdad libera al ser humano.
Quisiera, sin embargo, hacer una pequeña acotación al tema de la verdad.
En la Ética Nicomaquea, Aristóteles, sugiere que hay un doble sentido de
verdad. Por un lado, la verdad teórica, que es la verdad de las
proposiciones, como cuando decimos que “París es la capital de Francia” o
que “Los metales son buenos conductores de la electricidad”.

Por otro lado, está la verdad práctica o, si se prefiere, la verdad en la
práctica; la verdad en la acción. Carlos Llano, uno de los profesores
fundadores de esta universidad, siguiendo a Aristóteles y santo Tomás,
estudió detenidamente este sentido de verdad en los libros Análisis de la
acción directiva y Sobre la idea práctica. Se trata de la verdad entendida
como acierto práctico, como ejecución exitosa de un proyecto. Este es el
caso del médico que, tras diagnosticar al paciente, le devuelve la salud
gracias al tratamiento que estudió y prescribió. O del empresario que ve
una oportunidad de negocio, la planea, la ejecuta y gana dinero con ella.
La verdad cristiana no sólo es una verdad teórica; es también una verdad en
la práctica.
La verdad existe
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Frente al escepticismo como estilo de vida y de pensamiento, el
cristianismo parte de la afirmación de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad
y la vida” (Jn 14:6). Los teólogos conectan esta afirmación de Cristo con el
prólogo del Evangelio de San Juan: “En el principio era el Logos. Y el
Logos era con Dios, y el Logos era Dios […] Y el Logos se hizo carne y
habitó con nosotros” (Jn 1;1,14).
La Escritura Sagrada utilizó un término griego de raigambre filosófico.
Logos puede traducirse como: razón, proporción, fundamento,
pensamiento, razonamiento, palabra, debate interior del alma. El
hagiógrafo se refirió al Hijo de Dios utilizando una palabra de resonancias
filosóficas, como si quisiese enfatizar que el pensamiento es parte de la
vida íntima de Dios.
Existe, pues, un camino verdadero para la felicidad humana, que es el
Logos divino.
Y esto, ¿qué tiene que ver con la enseñanza universitaria? El cristianismo
católico considera que una inteligencia bien formada, una persona abierta a
la verdad y de buen corazón, acabará por reconocer, si Dios le da la gracia
de la fe, que Jesús, el Logos Divino, el camino hacia el Padre. El logos
humano, con minúscula, es el camino al Logos Divino. El cultivo de la
inteligencia hace las veces de propedéutica para la fe. Esta tesis fue
defendida, entre otros, por autores como San Justino, Clemente
Alejandrino, Santo Tomás de Aquino y, a su manera, el Beato Duns Scoto.
Formar la inteligencia consiste en dotarla de unas estructuras y habilidades
que le permitan descubrir algunas verdades. No sólo formamos ingenieros,
médicos, administradores, músicos, filósofos o abogados para el mundo
profesional. Nosotros formamos jóvenes capaces de buscar la verdad a
través de la fisiología, del cálculo, de la investigación de operaciones, de la
neurología, del guionismo.
De lo contrario, estaríamos entrenando pequeños sofistas que aprenden a
justificar y legitimar cualquier asunto, siempre y cuando se les pague
generosamente por ello. Este fenómeno no es nuevo. En la antigüedad
clásica, algunos sofistas se jactaban de que, mediante el pago de
honorarios, podían entrenar a los jóvenes para ganar cualquier discusión.
Se cuenta la historia de un sofista que, tras dar por acabado el
entrenamiento de su discípulo, recibió de él la siguiente respuesta.
“Maestro, no le pagaré, pues usted se comprometió a enseñarme a persuadir
sobre cualquier asunto, así que lo persuadiré de no cobrarme. Si lo logro,
no le pagaré. Pero si no logro persuadirlo, tampoco le pagaré, porque no
cumplió usted con lo que me prometió”. El joven había aprendido bien la
5 lección (No he podido documentar la anécdota, pero me parece que, ficticia
o real, es muy ilustrativa).
El académico cristiano tiene fe pero, además, cree que con la fuerza de la
razón podemos alcanzar algunas verdades claves sobre Dios, el universo y
la vida humana. La verdad no es un mero ideal regulativo, como el límite
de una función asintótica, un ideal hermoso pero inalcanzable.
Nótese que he dicho, “algunas verdades”. El académico cristiano se mueve
en un incómodo punto de equilibrio entre el dogmatismo y el
escepticismo. Y tan peligroso es el uno, como el otro.
El dogmático piensa que posee la verdad absoluta y, desde su atalaya
arrogante, desprecia a los demás. La actitud dogmática es muy poco
cristiana. La tradición cristiana está marcada por el diálogo, la apertura, la
apropiación cultural y la comprensión de lo no-cristiano. (Basta mirar hacia
la liturgia, la teología, el arte sagrado y el derecho canónico, para advertir
como el catolicismo se enriqueció con la cultura grecolatina).
El profesor dogmático es un sembrador de fanatismo entre los estudiantes
menos avezados y, paradójicamente, entre los estudiantes más agudos, el
dogmático inocula, inadvertidamente, el virus del escepticismo. En
cualquier caso, el profesor dogmático deja tras de sí una estela de amargura
y de desencanto.
Hemos de estar en guardia contra el dogmatismo. No es lo mismo creer en
los dogmas de fe, que ser dogmático. La posesión de ciertas verdades a
través de la fe, ciertamente, podría propiciar en el académico cristiano la
tentación de la superioridad intelectual y un deje de intolerancia. Para
minimizar este riesgo sugiero dos acciones.
Primero ejercer lo que, en teoría de la argumentación, ha dado en llamarse
“principio de caridad hermenéutico”. Este principio podría resumirse,
grosso modo, en que sistemáticamente hemos de reconocer las opiniones
contrarias como racionales y hemos de interpretarlas de la manera más
sólida posible. El filósofo Donald Davidson se refirió a este principio como
“principio de acomodación racional”.
Para nuestro propósito, esto tiene una consecuencia. La fe no nos exime de
la obligación de revisar los argumentos de quienes no comparten las ideas e
ideales del cristianismo. Por el contrario, nos obliga a reconstruirlos
argumentativamente de la mejor manera posible. Si alguien no comparte
nuestras creencias sobre Dios, el universo y la persona humana, debe tener
sus sólidas razones para ello. La fe nunca nos releva de la obligación de
apuntalar nuestras creencias con argumentos razonables.
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Segunda acción; reconocer que la fe cristiana también implica una
conciencia acentuada de lo que no se sabe, y una conciencia de que la
verdad, en cualquier caso, no es una posesión particular, ni debería ser
factor de poder u ocasión de división humana, sino todo lo contrario. La fe
cristiana sólo alcanza su plenitud cuando se entrelaza con la humildad y la
caridad.
Pero si el dogmatismo es un riesgo, es también el escepticismo radical. El
escéptico radical supone que todo es opinión y, desde su posición, cómoda
y apoltronada, se burla de los demás, a quienes califica de ingenuos.
Personalmente, me preocupa más una sutil y subrepticia forma de
escepticismo. No, no se trata de un escepticismo filosófico, sino de un
escepticismo práctico. Es una versión camuflada del escepticismo, uno
corrosivo y disolvente, que consiste en el divorcio entre los principios
morales del cristianismo, y los conocimientos y prácticas profesionales.
En la novela El testigo de Juan Villoro, uno de los personajes se refiere al
poeta Ramón López Velarde, quien tenía fama de católico, con una ironía
devastadora: “Fue un católico como tantos. Dijo que le iba muy bien con el
credo y muy mal con los mandamientos”. ¡Qué palabras tan duras!.
Este escepticismo práctico, compatible con el rezo del credo, no se empeña
por desplegar la caridad cristiana en los diversos ámbitos profesionales. El
escéptico práctico pone entre paréntesis los mandamientos de la caridad y
de la justicia a la hora de dirigir una película, de litigar en un tribunal, de
escribir una novela, de invertir en la bolsa de valores, de comercializar un
producto, de prescribir un tratamiento médico.
Todos sabemos que la vida profesional está llena de dilemas morales, que
nos ponen a prueba diariamente. Lo propio de la universidad de identidad
cristiana es formar profesionales que sean capaces de dar soluciones de
talante cristiano a esos dilemas cotidianos. Y esta tarea le corresponde tanto
a los teólogos y filósofos, como a los financieros, a los ingenieros, a los
cineastas, a los médicos, a los abogados, a los políticos. Imprimir este sello
en nuestros estudiantes, por supuesto, va de la mano del respeto irrestricto a
la libertad de las conciencias que, dicho sea de paso, también es un
precepto cristiano.
El inspirador de esta universidad, San Josemaría Escrivá de Balaguer, lo
repitió en diversos momentos. La misión de los laicos es desplegar los
mandamientos cristianos en el quehacer cotidiano. Por tanto, lo propio
de los profesores de una universidad de identidad cristiana es formar
profesionales de todos los ámbitos, donde la destreza técnica y excelencia
científica hagan posible un mundo mejor, un mundo más justo y amoroso.
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¿Será posible que este ideal cristiano sea tan hermoso pero impracticable?
Si decimos que sí, nos hemos entregado en manos del peor escepticismo.
Este escepticismo práctico desemboca, en el mejor de los casos, en la
inacción y, en el peor, conduce al cinismo.
Decía que, en mi opinión, la perspectiva cristiana de la universidad se ancla
en dos ejes. El segundo: la convicción de que la verdad libera al ser
humano. Como decía, hay una verdad que se demuestra y argumenta, pero
también hay una verdad que se ejecuta y aterriza.
El escepticismo práctico neutraliza el poder liberador de la verdad en la
vida ordinaria. Si los mandamientos de caridad y justicia son
impracticables cuando se compite por un puesto de elección popular,
cuando se discuten las tasas de interés, cuando se atiende a un enfermo en
una sala de urgencias, cuando se sube contenido a TikTok o cuando se
dictaminan artículos científicos, estamos negando el poder liberador de la
verdad.
Quisiera insistir en un punto. Dar soluciones cristianas a los dilemas
morales que enfrentan la medicina, las finanzas, el derecho, la psicología
en una tarea interdisciplinaria, entre la ética, la teología y las diversas
disciplinas universitarias. Algo muy propio de una una universidad de
inspiración cristiana es, precisamente, este trabajo interdisciplinario entre
médicos, artistas, abogados, arquitectos, ingenieros, psicólogos,
financieros, filósofos y teólogos. Aisladamente, es muy díficil que
podamos dar respuesta cristiana los retos morales que se enfretan en la vida
profesional.
Pero no quiero ser pesimista y traigo a cuento un ejemplo de creatividad
cristiana. A partir del siglo XVI, muchos pensadores españoles estudiaron
los retos morales que planteaba el comercio con el Nuevo Mundo. Sevilla
se convirtió en el centro financiero de Occidente, algo así como Nueva
York o Londres. No sé si acertaron en sus soluciones, pero grandes talentos
universitarios se dedicaron a estudiar el tema del préstamo con interés, del
precio justo y otros asuntos afines. Surgió así, por ejemplo, la Suma de
tratos y contratos de Tomás de Mercado, un intento de respuesta cristiana a
un orden económico nuevo, que había desbordado, por mucho, el viejo
orden feudal.
Permítaseme utilizar, de nueva cuenta, una metáfora gastronómica. El
cristianismo no es la cereza en un pastel académico. No enseñamos
disciplinas como Administración o Derecho a las que les agregamos crema
chantilly, chispas de chocolate y un toping de virtudes cristianas. El
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cristianismo es estructural o no es cristianismo, sino pintoresquismo
piadoso.
San Juan Pablo II acuñó la expresión estructuras de pecado para señalar
que, si bien el pecado es personal —una falta imputable a una persona
concreta— existen estructuras sociales, políticas y económicas que
propician la indiferencia y la injusticia. Y si liberar a la persona humana es
liberarlo del pecado, está claro que la auténtica liberación requiere de la
transformación de tales estructuras.
La debacle cultural y social que sufre el cristianismo en algunos ambientes
—Benedicto XVI llegó a sugerir que nos encontramos en los umbrales de
una era post-cristiana y neopagana— se debe en buena medida a que los
cristianos hemos neutralizado el poder liberador de la verdad.
Este desprestigio social del cristianismo se debe, me temo, a la incapacidad
de algunos cristianos para hacer del evangelio un instrumento de liberación.
El escepticismo práctico desactiva el poder soteriológico de la verdad. Si
nosotros no proponemos modelos económicos, sociales, políticos viables
inspirados en el cristianismo, sencillamente hemos agostado el mensaje de
Jesús. Y pensar y diseñar tales modelos es algo que corresponde, en muy
buena medida, a los profesores y estudiantes de universidades como la
nuestra; eso sí, siempre de la mano de quienes no son cristianos. Un
cristianismo auténtico es incluyente.
Vivimos tiempos difíciles en el mundo. Pero tengo la certeza de que el
claustro académico frente al que ahora tengo el honor de hablar, está
haciendo la diferencia. Los grandes cambios sociales suelen ser resultado
de pequeños grupos de conspiradores. Y la Panamericana es un nido de
conspiradores. Pero no se preocupen, utilizo la palabra conspiración
apelando a su etimología: “respirar juntos”. Ya en el castellano del siglo
XVI, conspiración significaba “estar de acuerdo”. La universidad no sólo
es un espacio de formación académica, es también un espacio de
comunión, un quehacer comunitario, un lugar donde respiramos juntos.
Aquí, conspiramos en el aula, en el laboratorio, en el estudio de grabación,
en la biblioteca. Conspiramos utilizando la ciencia y la cultura, para que las
mexicanas y los mexicanos tengan mejores hospitales, mejores empleos,
mejor impartición de la justicia, para que puedan disfrutar del cine, del arte,
de la hospitalidad. Conspiramos para conseguir un país más justo, donde
por utilizar la expresión del papa Francisco no se descarte al anciano,
al pobre, al migrante, al vulnerable. Conspiramos cuando estudiamos,
cuando publicamos artículos científicos, cuando innovamos en la ciencia
aplicada, cuando participamos en un congreso, cuando asesoramos
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académicamente a un estudiante. Conspiramos cuando damos ejemplo con
nuestra vida personal y académica de que en el mundo, la injusticia no
tiene la última palabra.
En este auditorio se concentra el conocimiento acumulado por la
humanidad a lo largo de miles de años. Pero no sólo estoy frente a cabezas
brillantes sino, también frente corazones vibrantes. Ello me llena de
esperanza.
Si en 1978 me conmovió la hondura con que mis profesores de preparatoria
intentaban formar cabezas y corazones cristianos, hoy, en 2022, me
emociona saber que formo parte de esa comunidad. “Ubi Spiritus, libertas”.
Gracias, muchas gracias.
Agosto 2022
(Clase magistral que estuvo a cargo del Dr. Héctor Zagal Arreguín, profesor investigador de la escuela de Filosofía de la Panamericana, y autor de más de una docena de libros, en el inicio de Clases en la Ceremonia de Inicio de Cursos 2022-2023. El Dr. Héctor Zagal disertó la 1ª Cátedra Magistral del este curso, cuyo nombre es “La identidad cristiana de la Universidad”.) *

