En el marco del Cuarto Domingo del ciclo B, el Evangelio de la Misa nos presenta el relato de la curación de un endemoniado en Cafarnaún. Este acontecimiento, según la enseñanza de Juan Pablo II, es una señal de la llegada del Mesías, quien viene a liberar a la humanidad de la esclavitud más temible: la del demonio y el pecado.
El texto bíblico relata cómo el hombre atormentado, al ver a Jesús, exclama: «¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú, el Santo de Dios!» La respuesta de Jesús es imperativa: «Calla, y sal de él.» La escena deja perplejos a los presentes, evidenciando la realidad de las posesiones diabólicas, donde la influencia del espíritu maligno se manifiesta incluso en el cuerpo humano.
El Papa Juan Pablo II advierte sobre la dificultad de discernir lo preternatural en estos casos, subrayando que Satanás, en su afán de dañar, puede llegar a ejercer su influjo sobre el cuerpo y el alma. Sin embargo, desde la llegada de Cristo, el demonio se retira, aunque su presencia se intensifica cuando la sociedad se aleja de Dios.
La posesión diabólica, generalmente acompañada de manifestaciones patológicas, muestra la lucha entre el bien y el mal. La esclavitud del pecado, a la que alude el Evangelio, es señalada como una realidad presente en la vida humana, una lucha constante entre la luz y las tinieblas.
La Iglesia enseña que el pecado mortal sujeta a los hombres a la esclavitud del demonio, apartándolos del reino de Dios. La vigilancia se vuelve esencial para discernir y rechazar las insidias del tentador. La oración del Padrenuestro, especialmente la petición de ser liberados del mal, adquiere así un significado más profundo.
El segundo punto aborda la experiencia de la ofensa a Dios y la distinción entre pecados mortales y veniales. San Pablo destaca el alto precio del rescate, instando a evitar la esclavitud nuevamente. El artículo resalta la importancia de la aversión al pecado grave y venial, fomentando una actitud arraigada de abominación hacia cualquier desviación.
El pecado mortal es presentado como la peor desgracia para un cristiano, desencadenando desorden y alejamiento de Dios. Se enfatiza la necesidad de evitar la cohonestación y abrazar la pureza de conciencia, utilizando la figura del profeta Jeremías para ilustrar la gravedad de desviarse de la fuente de agua viva.
Finalmente, se aborda la realidad de los pecados veniales, que, aunque no oponen radicalmente a Dios, debilitan la vida de gracia. La Confesión frecuente es recomendada como un medio eficaz para combatir estos pecados y avanzar en el camino de la vida interior. Se destaca la importancia de mantener un dolor sincero por los pecados, incluso los veniales, y un firme propósito de enmienda.

