Cuaresma. 1ª semana. Miércoles
CONFESAR LOS PECADOS
— La Confesión, un encuentro con Cristo.
— Al sacramento de la Penitencia vamos a pedir perdón por nuestros pecados.
Cualidades de una buena Confesión: «concisa, concreta, clara y completa».
— Luces y gracias que recibimos en este sacramento. Importancia de las
disposiciones interiores.
I. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas [
1], leemos en la Antífona de entrada de la Misa.
La Cuaresma es un tiempo oportuno para cuidar muy bien el modo de recibir
el sacramento de la Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el
sacerdote; encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen
Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este sacramento lo que el
Señor había prometido a través de los Profetas: Yo mismo apacentaré a mis ovejas
y yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré a la oveja perdida, traeré la extraviada,
vendaré a la herida y curaré la enferma, y guardaré las gordas y robustas [2 ].
Cuando nos acercamos a este sacramento debemos pensar ante todo en Cristo.
Él debe ser el centro del acto sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar
más que nuestros pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros
mismos; más a su bondad que a nuestra miseria, pues la vida interior es un diálogo
de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia.
El hijo pródigo que vuelve –eso somos nosotros cuando decidimos
confesarnos– inicia el camino del retorno movido por la triste situación en la que se
encuentra, sin perder nunca la conciencia de su pecado: No soy digno de ser llamado
hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va reconociendo con cariño todas
las cosas del hogar propio, del hogar de siempre. Y ve en la lejanía la figura
inconfundible de su padre que se dirige hacia él. Esto es lo importante: el encuentro.
Cada Confesión contrita es «un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo
encuentro en la propia verdad interior, turbada y transformada por el pecado, una
liberación en lo más profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la
alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de
1 Antífona de entrada. Sal 24, 6. 2 Ez 34, 15-16. Nuestro tiempo han dejado de gustar» [ ].
Nosotros hemos de procurar que sientan, que experimenten esa nostalgia de Dios y se acerquen a Él, que les espera.
Debemos sentir deseos de encontrarnos a solas con el Señor lo antes posible,
como lo desearían sus discípulos después de unos días de ausencia, para descargar
en Él todo el dolor experimentado al comprobar las flaquezas, los errores, las
imperfecciones, los pecados, tanto al desempeñar nuestros deberes profesionales
como en la relación con los demás, en la actividad apostólica, en la misma vida de
piedad.
Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en
la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y
que solo saldrán a la superficie a la luz del amor a Dios. Recuerda, Señor, que tu
ternura y tu misericordia son eternas.
II. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra
mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado [4
].
Muchas veces a lo largo de nuestra vida hemos pedido perdón, y muchas veces
nos ha perdonado el Señor. Al finalizar cada día, cuando hacemos recuento de
nuestras obras, podríamos decir: Misericordia, Dios mío… Cada uno de nosotros sabe
cuánto necesita de la misericordia divina.
Así acudimos a la Confesión: a pedir la absolución de nuestras culpas como
una limosna que estamos lejos de merecer. Pero vamos con confianza, fiados no en
nuestros méritos, sino en Su misericordia, que es eterna e infinita, siempre dispuesta
al perdón: Señor, Tú no desprecias un corazón quebrantado y humillado [5
]. Cor
contritum et humiliatum, Deus, non despicies.
Él solo nos pide que reconozcamos nuestras culpas con humildad y sencillez,
que reconozcamos nuestra deuda. Por eso, a la Confesión vamos, en primer lugar, a
que nos perdone quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces. No tanto a que
nos comprendan, a que nos alienten. Vamos a pedir perdón. Por eso, la acusación de
los pecados no consiste en la simple declaración de los mismos, porque no se trata
de un relato histórico de las propias faltas, sino de una verdadera acusación de ellas:
Yo me acuso de… Es, a la vez, una acusación dolorida de algo que desearíamos que
3 San Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 31, III. 4 Salmo responsorial. Sal 50, 4. 5 ídem.
no hubiese ocurrido nunca, y en la que no caben las disculpas con las que disimular
las propias faltas o disminuir la responsabilidad personal. Señor…, por tu inmensa
compasión, borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
San Josemaría Escrivá, con criterio sencillo y práctico, aconsejaba que la
Confesión fuese concisa, concreta, clara y completa.
Confesión concisa, de no muchas palabras: las precisas, las necesarias para
decir con humildad lo que se ha hecho u omitido, sin extenderse innecesariamente,
sin adornos. La abundancia de palabras denota, en ocasiones, el deseo, inconsciente
o no, de huir de la sinceridad directa y plena; para evitarlo, hay que hacer bien el
examen de conciencia.
Confesión concreta, sin divagaciones, sin generalidades. El penitente
«indicará oportunamente su situación y también el tiempo de su última confesión,
sus dificultades para llevar una vida cristiana» [6
], declara sus pecados y el conjunto
de circunstancias que hacen resaltar sus faltas para que el confesor pueda juzgar,
absolver y curar [7
].
Confesión clara, para que nos entiendan, declarando la entidad precisa de la
falta, poniendo de manifiesto nuestra miseria con la modestia y delicadeza
necesarias.
Confesión completa, íntegra. Sin dejar de decir nada por falsa vergüenza, por
«no quedar mal» ante el confesor.
Revisemos si al prepararnos, en cada ocasión, para recibir este sacramento
procuramos que lo que vamos a decir al confesor tenga estas características
anteriormente descritas.
III. «La Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y
educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la
necesidad inderogable de la Confesión sacramental, para que todos podamos vivir
la resurrección de Cristo no solo en la liturgia, sino también en nuestra propia
alma» [8
].
6 Pablo VI, Ordo Paenitentiae, 16. 7 Cfr. Ibídem. 8 San Juan Pablo II, Carta a los fieles de Roma, 28-II-1979.
La Confesión nos hace participar en la Pasión de Cristo y, por sus
merecimientos, en su Resurrección. Cada vez que recibimos este sacramento con las
debidas disposiciones se opera en nuestra alma un renacimiento a la vida de la gracia.
La Sangre de Cristo, amorosamente derramada, purifica y santifica el alma, y por su
virtud el sacramento confiere la gracia –si se hubiera perdido– o la aumenta, aunque
en grados diferentes, según las disposiciones del penitente. «La intensidad del
arrepentimiento es, a veces, proporcionada a una mayor gracia que aquella de la
que cayó por el pecado; a veces, igual; a veces, menor. Y por lo mismo, el penitente
se levanta en unas ocasiones con mayor gracia de la que tenía antes; otras, con
igual gracia; y a veces, con menor. Y lo mismo hay que decir de las virtudes que
dependen y siguen a la gracia» [9
].
En la Confesión, el alma recibe mayores luces de Dios y un aumento de sus
fuerzas –gracias particulares para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar
las ocasiones de pecar, para no reincidir en las faltas cometidas…– para su lucha
diaria. «Mira qué bueno es Dios y qué fácilmente perdona los pecados; no solo
devuelve lo perdonado sino que concede cosas inesperadas» [
10] ¡Cuántas veces las
mayores gracias las hemos recibido después de una Confesión, después de haberle
dicho al Señor que nos hemos portado mal con Él! Jesús da siempre bien por mal,
para animarnos a ser fieles. El castigo que merecemos por nuestros pecados –como
el que merecían los habitantes de Nínive, que hoy se nos narra en la Primera lectura
de la Misa [11]– es borrado por Dios cuando ve nuestro arrepentimiento y nuestras
obras de penitencia y desagravio.
La Confesión sincera de nuestras culpas deja siempre en el alma una gran paz
y una gran alegría. La tristeza del pecado o de la falta de correspondencia a la gracia
se torna gozo. «Quizá los momentos de una Confesión sincera figuran entre los más
dulces, más confortantes y más decisivos de la vida» [12].
«Ahora comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor:
¡qué sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el
pecho las ansias de reparar!
»Bien. Pero no olvides que el espíritu de penitencia está principalmente en
cumplir, cueste lo que cueste, el deber de cada instante» [13].
9 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 89, a. 2c. 10 San Ambrosio, Trat. sobre el Evangelio de San Lucas, 2, 73. 11 Primera lectura, Jon 3, 1-10. 12 Pablo VI, Alocución, 27-II-1975. 13 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Rialp, Madrid 1981, IX, 5.

