Jueves Santo
Pasión de Nuestro Señor
LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR
— Jesús celebra la Última Cena con los Apóstoles.
— Institución de la Sagrada Eucaristía y del sacerdocio ministerial.
— El Mandamiento Nuevo del Señor.
I. Este Jueves Santo nos trae el recuerdo de aquella Última Cena del Señor con
los Apóstoles. Como en años anteriores, Jesús celebrará la Pascua rodeado de los
suyos. Pero esta vez tendrá características muy singulares, por ser la última Pascua
del Señor antes de su tránsito al Padre y por los acontecimientos que en ella tendrán
lugar.
Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que
sabe que morirá al día siguiente, y su gran amor y ternura por los hombres.
La Pascua era la principal de las fiestas judías y fue instituida para conmemorar
la liberación del pueblo judío de la servidumbre de Egipto. Este día será para
vosotros memorable, y lo celebraréis solemnemente en honor de Yahvé, de
generación en generación. Será una fiesta a perpetuidad [1]. Todos los judíos están
obligados a celebrar esta fiesta para mantener vivo el recuerdo de su nacimiento
como Pueblo de Dios.
Jesús encomendó la disposición de lo necesario a sus discípulos predilectos:
Pedro y Juan. Los dos Apóstoles hacen con todo cuidado los preparativos. Llevaron
el cordero al Templo y lo inmolaron, luego vuelven para asarlo en la casa donde
tendrá lugar la cena. Preparan también el agua para las abluciones [2 ], las «hierbas
amargas» (que representan la amargura de la esclavitud), los «panes ácimos» (en
recuerdo de los que tuvieron que dejar de cocer sus antepasados en la precipitada
salida de Egipto), el vino, etc. Pusieron un especial empeño en que todo estuviera
perfectamente dispuesto.
Estos preparativos nos recuerdan a nosotros la esmerada preparación que
hemos de realizar en nosotros mismos cada vez que participamos en la Santa Misa.
Se renueva el mismo Sacrificio de Cristo, que se entregó por nosotros, y nosotros
somos también sus discípulos, que ocupamos el lugar de Pedro y Juan.
La Última Cena comienza a la puesta del sol. Jesús recita los salmos con voz
firme y con un particular acento. San Juan nos ha transmitido que Jesús deseó
ardientemente comer esta cena con sus discípulos [3].
En aquellas horas sucedieron cosas singulares que los Evangelios nos han
dejado consignadas: la rivalidad entre los Apóstoles, que comenzaron a discutir quién
sería el mayor; el ejemplo sorprendente de humildad y de servicio al realizar Jesús el
oficio reservado al ínfimo de los siervos: se puso a lavarles los pies; Jesús se vuelca
en amor y ternura hacia sus discípulos: Hijitos míos…, llega a decirles. «El mismo
Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de
recuerdo, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de
preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena
testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que
misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa
encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación;
la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua,
nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así
entre la vida y la muerte» [4].
Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en estas breves palabras de
San Juan: los amó hasta el fin [5]. Hoy es un día particularmente apropiado para
meditar en ese amor de Jesús por cada uno de nosotros, y en cómo estamos
correspondiendo: en el trato asiduo con Él, en el amor a la Iglesia, en los actos de
desagravio y de reparación, en la caridad con los demás, en la preparación y acción
de gracias de la Sagrada Comunión, en nuestro afán de corredimir con Él, en el
hambre y sed de justicia…
II. Y ahora, mientras estaban comiendo, muy probablemente al final, Jesús
toma esa actitud trascendente y a la vez sencilla que los Apóstoles conocen bien,
guarda silencio unos momentos y realiza la institución de la Eucaristía.
El Señor anticipa de forma sacramental –«mi Cuerpo entregado, mi Sangre
derramada»– el sacrificio que va a consumar al día siguiente en el Calvario. Hasta
ahora la Alianza de Dios con su pueblo estaba representada en el cordero pascual
sacrificado en el altar de los holocaustos, en el banquete de toda la familia en la cena
3 Jn 13, 1. 4 Pablo VI, Homilía de la Misa del Jueves Santo, 27-III-1975. 5 Jn 13, 1.
pascual. Ahora, el Cordero inmolado es el mismo Cristo [6]: Esta es la nueva alianza
en mi Sangre… El Cuerpo de Cristo es el nuevo banquete que congrega a todos los
hermanos: Tomad y comed…
El Señor anticipó sacramentalmente en el Cenáculo lo que al día siguiente
realizaría en la cumbre del Calvario: la inmolación y ofrenda de Sí mismo –Cuerpo
y Sangre– al Padre, como Cordero sacrificado que inaugura la nueva y definitiva
Alianza entre Dios y los hombres, y que redime a todos de la esclavitud del pecado
y de la muerte eterna.
Jesús se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad, acompañar
nuestra soledad y como un anticipo del Cielo. A las puertas de su Pasión y Muerte,
ordenó las cosas de modo que no faltase nunca ese Pan hasta el fin del mundo. Porque
Jesús, aquella noche memorable, dio a sus Apóstoles y sus sucesores, los obispos y
sacerdotes, la potestad de renovar el prodigio hasta el final de los tiempos: Haced
esto en memoria mía [7]. Junto con la Sagrada Eucaristía, que ha de durar hasta que
el Señor venga [8], instituye el sacerdocio ministerial.
Jesús se queda con nosotros para siempre en la Sagrada Eucaristía, con una
presencia real, verdadera y sustancial. Jesús es el mismo en el Cenáculo y en el
Sagrario. En aquella noche los discípulos gozaron de la presencia sensible de Jesús,
que se entregaba a ellos y a todos los hombres. También nosotros, esta tarde, cuando
vayamos a adorarle públicamente en el Monumento, nos encontraremos de nuevo
con Él; nos ve y nos reconoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles y
contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa, y darle gracias por estar con nosotros, y
acompañarle recordando su entrega amorosa. Siempre nos espera Jesús en el
Sagrario.
III. La señal por la que conocerán que sois mis discípulos será que os amáis
lo unos a los otros [9].
Jesús habla a los Apóstoles de su inminente partida. Él se marcha para
prepararles un lugar en el Cielo [10], pero, mientras, quedan unidos a Él por la fe y la
oración [11].
Es entonces cuanto enuncia el Mandamiento Nuevo, proclamado, por otra
parte, en cada página del Evangelio: Este es mi mandamiento: que os améis los unos
a los otros como yo os he amado [12]. Desde entonces sabemos que «la caridad es
la vía para seguir a Dios más de cerca» [13] y para encontrarlo con más prontitud.
El alma entiende mejor a Dios cuando vive con más finura la caridad, porque Dios
es Amor, y se ennoblece más y más en la medida en que crece en esta virtud teologal.
El modo de tratar a quienes nos rodean es el distintivo por el que nos conocerán
como sus discípulos. Nuestro grado de unión con Él se manifestará en la comprensión
con los demás, en el modo de tratarles y de servirles. «No dice el resucitar a muertos,
ni cualquier otra prueba evidente, sino esta: que os améis unos a otros» [14]. «Se
preguntan muchos si aman a Cristo, y van buscando señales por las cuales poder
descubrir y reconocer si le aman: la señal que no engaña nunca es la caridad fraterna
(…). Es también la medida del estado de nuestra vida interior, especialmente de
nuestra vida de oración» [15].
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis… [6]. Es un mandato nuevo
porque son nuevos sus motivos: el prójimo es una sola cosa con Cristo, el prójimo es
objeto de un especial amor del Padre. Es nuevo porque es siempre actual el Modelo,
porque establece entre los hombres nuevas relaciones. Porque el modo de cumplirlo
será nuevo: como yo os he amado; porque va dirigido a un pueblo nuevo, porque
requiere corazones nuevos; porque pone los cimientos de un orden distinto y
desconocido hasta ahora. Es nuevo porque siempre resultará una novedad para los
hombres, acostumbrados a sus egoísmos y a sus rutinas.
En este día de Jueves Santo podemos preguntarnos, al terminar este rato de
oración, si en los lugares donde discurre la mayor parte de nuestra vida conocen que
somos discípulos de Cristo por la forma amable, comprensiva y acogedora con que
tratamos a los demás. Si procuramos no faltar jamás a la caridad de pensamiento, de
palabra o de obra; si sabemos reparar cuando hemos tratado mal a alguien; si tenemos
muchas muestras de caridad con quienes nos rodean: cordialidad, aprecio, unas
palabras de aliento, la corrección fraterna cuando sea necesaria, la sonrisa habitual y
el buen humor, detalles de servicio, preocupación verdadera por sus problemas,
pequeñas ayudas que pasan inadvertidas… «Esta caridad no hay que buscarla
12 Jn 15, 12. 13 Santo Tomás, Coment. a la Epístola a los Efesios, 5, 1. 14 ídem, Opúsculo sobre la caridad. 15 B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder, Barcelona 1973, p. 246. 16 Jn 13, 34.únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida
ordinaria» [17].
Cuando está ya tan próxima la Pasión del Señor recordamos la entrega de
María al cumplimiento de la Voluntad de Dios y al servicio de los demás. «La
inmensa caridad de María por la humanidad hace que se cumpla, también en Ella,
la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por
sus amigos (Jn 15, 13)» [18].

