Por: José I. VELA PÉREZ *
Conn frecuencia se dice que la vida enseña más que cualquier aula. Y basta con caminar por las calles, subir a un taxi o sentarse en un modesto negocio de comida del mercado, Juárez, Morelos o Terán para comprobarlo. Ahí, en medio del bullicio cotidiano, entre vendedores, conductores y estudiantes, se revela una realidad cruda y descarnada: una sociedad que grita desde el fondo de su desconcierto, desinformada, fracturada, y cada vez más alejada de sus raíces espirituales.
La desinformación, ese mal silencioso, se ha instalado en el corazón del debate público. Lo mismo se cree ciegamente en todo lo que dicen los medios que en los rumores de redes sociales, sin distinguir verdad de mentira, con consecuencias peligrosas. Lo escuchamos todos los días: acusaciones sin pruebas para reconocidas figuras de Aguascalientes, juicios populares sin fundamento, y una narrativa constante de confrontación que se reproduce desde las calles hasta los altos micrófonos de la política en el zócalo de la ciudad de México que en las “mañaneras del pueblo”. En este escenario, muchos ciudadanos —algunos con micrófono en mano, otros solo con voz fuerte— se erigen como jueces implacables, sin responsabilidad alguna por el daño que sus palabras causan.
Pero más allá de la distorsión de los hechos, lo que preocupa es la desconexión profunda que hoy vivimos con lo esencial. Nos referimos a la creciente ausencia de Dios en la vida pública y privada, a la pérdida del sentido trascendente que por siglos dio estructura, consuelo y orientación a nuestras sociedades. Hoy, esa ausencia se manifiesta en los rostros vacíos, en los insultos entre estudiantes en la calle Madero y otras de Aguascalientes y seguramente de otras partes del país, en el lenguaje vulgar que se tolera como normal, y en la apatía de quienes ya no ven con esperanza el futuro.
El problema no es solo moral o religioso, es profundamente humano. Vivimos una crisis de soledad, odio y ansiedad que va más allá de lo económico o lo político. Es una herida espiritual. Como bien lo dijo el Dr. José Antonio Lozano Díez, Presidente del IPADE y de la Universidad Panamericana, hemos perdido la compasión. No hablamos de una lástima pasiva, sino de esa capacidad activa de ponerse en el lugar del otro, de sentir y actuar ante el sufrimiento ajeno, de sanar en lugar de destruir. En su lugar, el odio —la más destructiva de las pasiones— ha ganado terreno. No grita, pero envenena. No construye, pero arrasa. No libera, pero esclaviza al que odia.
Lo vemos en una juventud cada vez más expuesta a la violencia verbal y emocional, entre tantos estudiantes que vemos caminar por la calle Madero, que utilizan un lenguaje mas que vulgar con agresiones incluso físcas, en una sociedad polarizada y dividida, en una cultura que glorifica el ego y desprecia la humildad. El vacío de fe no solo es un asunto religioso: es también una crisis de identidad, de pertenencia, de sentido. Cuando se pierde la brújula moral y espiritual, también se pierde la capacidad de amar, de perdonar y de convivir.
Hoy más que nunca necesitamos volver a lo esencial: a la familia, a la fe, a los valores que construyen y no destruyen. Urge recuperar la compasión como acto revolucionario, como antídoto contra el odio y como camino hacia una verdadera reconciliación social. Urge también rescatar a Dios del rincón al que lo hemos empujado y permitir que vuelva a ser guía, consuelo y esperanza en medio del caos.
La calle tiene mucho que enseñarnos, pero solo si escuchamos con atención. No solo se trata de lo que vemos, sino de lo que dejamos de ver: la dignidad perdida, la fe abandonada, la compasión olvidada. Y frente a eso, no podemos seguir caminando como si nada. Porque la verdadera transformación de una sociedad no comienza en los discursos oficiales, sino en el corazón de cada ciudadano.
La otra realidad está ahí, a la vista de todos. Nos grita desde la esquina. ¿La escuchamos? ¿O seguimos indiferentes mientras el alma de nuestra Nación se diluye en la desinformación, el odio y la soledad?.
Es tiempo de volver a mirar hacia dentro. De reencontrarnos con lo que nos hace verdaderamente humanos. De reconstruir, no desde el poder, sino desde el espíritu.
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Dr.H.C. José Isabel Vela Pérez,*
Director General de la Revista FUTURO 6 de Octubre 2025.

