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En el Sagrario nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce

Octava de Pascua. Jueves

AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

— Aparición a los Once. Jesús conforta a los Apóstoles. Presencia de
Jesucristo en nuestros sagrarios.

— La Visita al Santísimo, continuación de la acción de gracias de la Comunión
y preparación de la siguiente. El Señor nos espera a cada uno.

— Frutos de este acto de piedad.

I. Después de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a
Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se aparece a los Once, según nos narra el
Evangelio de la Misa. Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas
en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y
daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

Les mostró luego las manos y los pies y comió con ellos. Los Apóstoles
tendrán para siempre la seguridad de que su fe en el Resucitado no es efecto de la
credulidad, del entusiasmo o de la sugestión, sino de hechos comprobados
repetidamente por ellos mismos. Jesús, en sus apariciones, se adapta con admirable
condescendencia al estado de ánimo y a las situaciones diferentes de aquellos a
quienes se manifiesta. No trata a todos de la misma manera, pero por caminos
diversos conduce a todos a la certeza de su Resurrección, que es la piedra angular
sobre la que descansa la fe cristiana.

Quiere el Señor dar todas las garantías a quienes
constituyen aquella Iglesia naciente para que, a través de los siglos, nuestra fe se
apoye sobre un sólido fundamento: ¡El Señor en verdad ha resucitado! ¡Jesús vive!.

La paz sea con vosotros, dijo el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de
miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha
de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las
fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida. «Acudiremos como
las palomas que, al decir de la Escritura (Cfr. Cant 2, 14), se cobijan en los
agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para
hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su
rostro hermoso (Cfr. Cant 2, 14), porque los que conocen que su voz es suave y
grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes
palabras de vida eterna.

A Jesús le tenemos muy cerca. En las naciones cristianas, donde existen tantos
sagrarios, apenas nos separamos de Cristo unos kilómetros. Qué difícil es no ver los
muros o el campanario de una iglesia, cuando nos encontramos en medio de una
populosa ciudad, o viajamos por una carretera, o desde el tren… ¡Allí está Cristo! ¡Es
el Señor! gritan nuestra fe y nuestro amor. Porque el Señor se encuentra allí con
una presencia real y sustancial. Es el mismo que se apareció a sus discípulos y se
mostró solícito con todos.

Jesús se quedó en la Sagrada Eucaristía. En este memorable sacramento se
contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el
Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Esta
presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque, acabada
la Santa Misa, queda el Señor en cada una de las formas y partículas consagradas no
consumidas. Es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, el mismo que
está a la diestra de Dios Padre.

En el Sagrario nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce. Podemos
hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa.
Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de
cualquier obstáculo.

II. La piedad eucarística, dice Juan Pablo II, «ha de centrarse ante todo en la
celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero
tiene una lógica prolongación (…), en la adoración a Cristo en este divino
sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el sagrario, además de los
otros ejercicios de devoción, personales y colectivos, privados y públicos, que habéis
practicado durante siglos (…). Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No
escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena
de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo».

Jesús está allí, en el sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o quizá a
pocos metros. ¿Cómo no vamos a ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas,
pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con fe! ¡Qué bien entendemos
esta costumbre secular de las «cotidianas visitas a los divinos sagrarios»!. Allí el
Maestro nos espera desde hace veinte siglos, y podremos estar junto a Él como
María, la hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte–, en su casa de
Betania. «Os diré –son palabras de San Josemaría Escrivá– que para mí el Sagrario
ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde
podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras
ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le
hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las
calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de
lejos, la silueta de una iglesia: es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar
que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado».

Jesús espera nuestra visita. Es, en cierto modo, la devolución de la que Él nos
ha hecho en la Comunión y «es prueba de gratitud, signo de amor y deber de
adoración a Cristo Señor, allí presente» [10]. Es continuación de la acción de gracias
de la Comunión anterior, y preparación para la siguiente.

Cuando nos encontremos delante del sagrario bien podremos decir con toda
verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de fe no cabe otra actitud que
la de adoración: Adoro te devote… Te adoro con devoción, Deidad oculta; de respeto
y asombro; y, a la vez, de confianza sin límites. «Permaneciendo ante Cristo, el
Señor, los fieles disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón pidiendo por sí
mismos y por los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo
con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable
un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones
debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor
y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre».

III. «Comenzaste con tu visita diaria… —No me extraña que me digas:
empiezo a querer con locura la luz del Sagrario» . La Visita al Santísimo es un
acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta
fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del
día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se
enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y
alegría para la vida de familia… El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el
que hayamos ido a visitarle. «Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos
de Él no deja sin premio».

En la Visita al Santísimo vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado
durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado,
aunque Él los esperaba. Por eso le alegra mucho más el vernos allí. Rezaremos alguna
oración acostumbrada junto a la Comunión espiritual, le pediremos ayudas –
espirituales y materiales–, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le
diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar
de nuevo el mundo, le diremos, quizá, que queremos acercarle un amigo… «¿Qué
haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle,
alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente
cristalina?».

Cuando dejemos el templo, después de esos momentos de oración, habrá
crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de
comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que en la
Comunión. Nos habrá servido, en fin, para aumentar la presencia de Dios en medio
del trabajo y de nuestras ocupaciones diarias. Nos será fácil mantener con Él un trato
de amistad y de confianza a lo largo del día.
Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva
del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así comenta San Juan
Crisóstomo estas breves palabras del Evangelio: «Y entró Jesús en el templo. Esto
era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su padre, para tributarle
allí el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una
ciudad debes, lo primero, ir a la iglesia» [15].
Una vez en la iglesia, podremos localizar fácilmente el sagrario –que es a
donde se debe dirigir en primer lugar nuestra atención–, pues deberá estar situado en
un lugar «verdaderamente destacado» y «apto para la oración privada». Y en él, la
presencia de la Santísima Eucaristía estará indicada por la pequeña lámpara que,
como signo de honor al Señor, arderá de continuo junto al tabernáculo.

Al terminar nuestra oración le pedimos a nuestra Madre Santa María que nos
enseñe a tratar a Jesús realmente presente en el sagrario como Ella le trató en aquellos
años de su vida en Nazaret.

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