Por: José I. VELA PÉREZ*
¿Por qué, incluso cuando el viento parece soplar a favor, persiste esa sensación de que algo nos falta?. Vivimos en una era de conectividad total, de éxitos medibles en likes y de una búsqueda incesante de bienestar material; sin embargo, la inquietud interna —esa «sed permanente» de la que habla el padre Hugo Valdemar Romero— parece ser la sombra que acompaña al hombre moderno.
Hoy, en Revista FUTURO, analizamos tres perspectivas que, lejos de contraponerse, convergen en un diagnóstico urgente sobre nuestra realidad actual: la espiritual, la académica y la humanista.

- La respuesta al sufrimiento: El acompañamiento divino
El pasado 8 de marzo, nuestro amigo el padre Valdemar planteaba una interrogante punzante sobre el vacío y el sufrimiento, especialmente el de los inocentes. Su visión nos invita a dejar de ver la espiritualidad como un conjunto de reglas, para entenderla como un refugio ante la injusticia.
La figura del «Cordero de Dios» no es solo un concepto teológico, sino la representación de un Dios que no observa el dolor desde la barrera, sino que se introduce en la herida humana. Bajo este enfoque, el crucifijo deja de ser un adorno para convertirse en la memoria de un acompañamiento absoluto: nadie, en su dolor, está realmente solo.
- La crisis de autoestima: El espejismo del reconocimiento
Desde la trinchera académica, el Dr. José Antonio Lozano Díez (Rector de la Universidad Panamericana y del IPADE) identifica lo que llama «la gran crisis silenciosa de nuestro tiempo»: la falta de autoestima. En un mundo volcado al exterior, hemos olvidado que el valor personal no emana de la aprobación ajena, sino de la convicción de nuestra propia dignidad.
Lozano Díez advierte que la verdadera autoestima surge cuando dejamos de compararnos y entendemos que nuestra vida tiene un propósito que trasciende el «yo». Al descubrir que podemos servir para algo y para alguien, el vacío empieza a llenarse con sentido, no con aplausos vacíos.
- El diagnóstico global: Un «amor enfermo»
Finalmente, el Papa Francisco conecta estas carencias individuales con la tragedia colectiva. La violencia que desangra a México y las guerras que asolan al mundo no son accidentes fortuitos; son el síntoma de un «amor enfermo» o ausente.
El egoísmo y la soberbia de quienes ostentan el poder han desplazado la capacidad de abrazar al prójimo. La propuesta del Pontífice, de feliz memoria, es tan radical como necesaria: la paz no es un tratado diplomático, sino un ejercicio que comienza en el amor al enemigo.
Conclusión: Un punto de partida común
Al cruzar estas tres expresiones, llegamos a una conclusión clara: el desorden social, la violencia y la ansiedad personal comparten una raíz común: la ausencia de un ancla interior.
No hace falta ser religioso para entender que nuestro entorno requiere una corrección de rumbo. Ya sea a través del encuentro con lo trascendente, el fortalecimiento del autoconocimiento o la práctica del amor activo, la respuesta a esa «pieza que falta» en el rompecabezas de nuestra vida está en mirar hacia adentro para poder, finalmente, servir hacia afuera.
Séneca decía: «El tiempo es la riqueza más valiosa, úsalo sabiamente y construirás un legado inmoral en vida».
Es tiempo pues de cerrar la puerta a la indiferencia y abrirla a la plenitud. El futuro de nuestra sociedad depende de nuestra capacidad para sanar ese vacío que, hoy por hoy, nos consume en silencio.
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- DR.H.C. José Isabel Vela Pérez, Director General de la Revista FUTURO
(14 de Marzo 2026)

