Por: José I. VELA PÉREZ
Por más que lo intentemos, no hay forma de detener el tiempo. Tampoco podemos almacenarlo, ahorrarlo ni multiplicarlo. Cada día se nos otorgan 24 horas, ni una más, ni una menos, y sin embargo, actuamos como si contáramos con una reserva inagotable. Esa es una de las grandes paradojas de la vida moderna: vivimos como si fuéramos eternos, pero cada semana que pasa nos acerca, irremediablemente, al fin.
El Dr. Antonio Lozano Díez, rector de la Universidad Panamericana y presidente nacional del IPADE, nos recuerda una verdad que suele pasarnos desapercibida: la vida promedio dura apenas 4,000 semanas. Cuatro mil. No suena a mucho cuando uno lo piensa en esos términos. Y, sin embargo, seguimos desperdiciando semanas como si nos sobraran. Nos dejamos atrapar por una falsa sensación de control y por la idea de que siempre podremos hacer más, vivir más, tener más.
Peor aún, hemos caído en la trampa de la productividad sin propósito. Nos obsesionamos con “rendir”, con cumplir, con tachar pendientes, pero olvidamos preguntarnos si eso nos está llevando a algún lado. Corremos tanto que ni siquiera sabemos por qué. A veces terminamos exhaustos no por el peso de nuestras actividades, sino por la falta de sentido que les damos. El alma se nos vacía mientras la agenda se llena.
El filósofo Byung-Chul Han ha advertido sobre esto: vivimos en una época de hiperactividad sin reflexión. Incluso el tiempo libre se vuelve una tarea más que cumplir. En lugar de ser un espacio de descanso, se convierte en otro escaparate para presumir logros o entretenimiento. No sabemos detenernos. No sabemos elegir. Y en esa incapacidad para decidir qué sí y qué no merece nuestro tiempo, dejamos que todo se diluya.
La solución, como bien señala el Dr. Lozano, no está en cambiar el mundo exterior, sino en reconciliarnos con nuestros límites. Aceptar que no podemos hacerlo todo —y que eso está bien— es el primer paso hacia una vida más plena. Esperar que las circunstancias sean perfectas para empezar a vivir con sentido es una fantasía. Como enseñó Viktor Frankl, incluso en medio del sufrimiento, tenemos la libertad interior de elegir nuestra actitud.
Y elegir con conciencia es justamente lo que puede devolvernos el control. No el control sobre el tiempo, que inevitablemente se nos escapa, sino sobre el significado que le damos a cada momento. James Clear, autor del influyente libro Hábitos atómicos, lo resume con claridad: “Si yo mejoro, todo a mi alrededor mejora”. Es decir, si cambiamos nosotros, cambia nuestra historia.
En un mundo que aplaude la velocidad, recuperar el valor del tiempo pasa por algo más radical: hacer menos, pero con más sentido. Elegir menos cosas, pero que realmente nos transformen. Dedicarnos a lo que importa, no a lo que simplemente nos ocupa. Porque al final, no seremos recordados por la cantidad de tareas que hicimos, sino por la calidad de lo que decidimos vivir.
La vida, como dice el Dr. Lozano, no es una fotografía estática de perfección, sino una película en movimiento. Una película corta, de 4,000 escenas. No podemos rebobinarla. Pero sí podemos elegir cómo filmamos cada toma. Y eso, más que una urgencia, es un privilegio.

