Aguascalientes, Ags.- Tras señalar que el origen del hombre – o la humanidad-, tiene su origen en el pecado, el padre Carlos Alberto García Zavala dijo esta mañana que la envidia se convierte en el principal causante de la maldad, para enfatizar que “necesitamos hacer el bien para ser felices”.
Desde el santuario parroquial del templo de Guadalupe, en Aguascalientes, México, el celebrante mejor conocido como el padre “Gandhi”, se refirió a la actitud de Caín hacia Abel que lo convirtió en fratricida y, aún más, respondió con soberbia al mismo Dios que le habría preguntado sobre su hermano.
“Dios sabe todo de todos, pero es una forma de expresión para interrogarlo en primera instancia”, aclaró para referir la respuesta del malvado hermano que dijo que, si acaso él era guardián de su hermano para saber dónde estaba. Y sí, la sangre de Abel clamaba ante este abominable crimen.
El padre “Gandhí, en la celebración de las 7:00 horas que reunió, como suele ocurrir, a un buen número de feligreses, hizo hincapié además en la situación que hoy vive nuestra sociedad y el mundo entero, donde además de la envidia se asoma la soberbia.
Igualmente se refirió al pecado de Eva y Adán, que muchos refieren como “pecado de Adán y Eva”, en donde sobresalió la envidia para querer ser supuestamente como Dios, quien es todo bondad, amor y misericordia “y por supuesto que lo sabe todo, de todos”.
Lamentable realidad
Expresó que se llevaría horas, todo el día o semanas incluso, para hablar de tantos hechos que le ha tocado conocer y vivir, pero sólo haría referencia a una sólo: el caso en el que un hijo demandó a su pobre madre anciana para quedarse con la herencia.
Y por causa de la herencia, hay muchas desavenencias entre las familias, y de manera marcada entre hermanos, y todo se debe a la envidia porque no permitimos abrir nuestro corazón a Dios.
Y la envidia se da en todas partes, en todos los ámbitos, lo mismo que entre el sacerdocio, expresó.
El relato de Caín y Abel: Una reflexión sobre la envidia y el dominio del pecado
La historia de Caín y Abel es una de las narraciones más emblemáticas de la Biblia. En ella, se presenta el contraste entre dos hermanos y sus respectivas ofrendas a Dios. Mientras que Abel ofrece las primeras crías de sus ovejas con su grasa, Caín presenta productos de la tierra. Sin embargo, el Señor se complace con la ofrenda de Abel, pero no con la de Caín, lo que provoca en este último un profundo enojo y resentimiento.
Dios, al notar la actitud de Caín, le advierte sobre el peligro que representa el pecado cuando no se le enfrenta con determinación. «Si hicieras el bien, te sentirías feliz; pero si haces el mal, el pecado estará a tu puerta, acechándote como fiera; pero tú debes dominarlo». Con estas palabras, se pone de manifiesto un mensaje clave: el ser humano tiene la capacidad de elegir entre el bien y el mal, y aunque el pecado esté presente, es posible resistirlo y controlarlo.
El relato de Caín y Abel trasciende su contexto histórico y se convierte en una enseñanza universal sobre la envidia, el rencor y la responsabilidad moral. La actitud de Caín refleja la insatisfacción y el resentimiento que surgen cuando se percibe una injusticia o cuando se compara el propio esfuerzo con el de los demás. No obstante, la respuesta de Dios enfatiza que la clave para superar estos sentimientos está en hacer el bien y en no dejarse dominar por las emociones negativas.
Este episodio también nos invita a reflexionar sobre la importancia de la intención al ofrecer algo a Dios o a los demás. Mientras que Abel entregó lo mejor de su rebaño con humildad y gratitud, Caín parece haber cumplido con su ofrenda sin la misma disposición de corazón. Esta diferencia en la actitud podría explicar la razón por la que una ofrenda fue aceptada y la otra no.
En definitiva, el relato de Caín y Abel sigue vigente hoy en día. Nos recuerda que las emociones como la envidia pueden llevarnos por caminos destructivos si no aprendemos a dominarlas. Asimismo, subraya la importancia de actuar con rectitud y sinceridad en todo lo que hacemos. Al final, la decisión de elegir el bien y rechazar el pecado está en nuestras manos. (Escribió: José Isabel Vela Pérez.).

