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El padre Lázaro Balandrán llama a ejercer el poder sanador que Cristo confirió a todos los bautizados

Aguascalientes, México. Durante la celebración eucarística de las siete de la mañana en el Santuario Parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe, el sacerdote Lázaro Balandrán Herrera exhortó a los fieles a redescubrir el poder espiritual que Jesucristo otorgó a todos los bautizados, una gracia que, afirmó, con frecuencia pasa inadvertida o sobre la cual se reflexiona muy poco.

Basándose en el Evangelio de san Mateo (10, 1-7), el presbítero recordó las palabras del evangelista: “En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias”. A partir de este pasaje, explicó que la misión encomendada por Cristo a sus apóstoles no quedó limitada a ellos, sino que se extiende a todos quienes, mediante el bautismo, forman parte de la Iglesia.

Al recordar la reflexión del Evangelio del día anterior y otros pasajes citados por san Mateo, el sacerdote señaló que, aunque las curaciones realizadas por Jesús se manifestaban físicamente y eran consideradas milagros por quienes las presenciaban, la obra del Salvador trascendía la sanación corporal, pues su verdadero propósito era restaurar el alma y devolver al ser humano la plenitud espiritual.

En este contexto, el padre Lázaro destacó que cada creyente puede verse reflejado en los doce apóstoles, ya que también ha recibido el llamado y el poder para llevar esperanza a quienes más lo necesitan. Explicó que «volver la vida a los muertos» puede entenderse hoy como rescatar a quienes han perdido la esperanza, viven sumidos en el desánimo o se sienten espiritualmente derrotados.

Precisó que esa misión puede cumplirse mediante acciones sencillas, pero profundamente transformadoras, como realizar una visita oportuna, ofrecer palabras de aliento, brindar apoyo a quien atraviesa momentos difíciles o, sobre todo, dar testimonio con el propio ejemplo de vida y una fe firme en Dios.

El sacerdote enfatizó que para ejercer esa misión es indispensable procurar vivir en gracia de Dios, evitando el pecado mortal y esforzándose incluso por apartarse de las faltas veniales, pues solamente así el cristiano puede convertirse en un auténtico instrumento de la misericordia divina.

Durante su homilía también hizo una reflexión sobre la expulsión de los «demonios» mencionados en el Evangelio, aclarando que éstos también pueden manifestarse en actitudes y sentimientos que dañan al ser humano, como el odio, el rencor y la soberbia, los cuales destruyen la paz interior y deterioran las relaciones con los demás.

Asimismo, advirtió que el silencio puede convertirse en un obstáculo para la vida cristiana cuando lleva a omitir una palabra de consuelo, una corrección fraterna o una orientación necesaria para quien se encuentra en el error. Esa omisión, señaló, puede constituirse en pecado, tal como lo enseñan las Sagradas Escrituras, al dejar de hacer el bien que está en manos de cada persona.

Como primera lectura de la liturgia se proclamó el libro del profeta Oseas (10, 1-3. 7-8. 12), donde se describe a Israel como una viña frondosa que producía abundantes frutos, pero que, conforme aumentaba su prosperidad, también multiplicaba sus altares paganos y monumentos dedicados a los ídolos.

El padre Lázaro invitó a los fieles a confrontar esa antigua profecía con la realidad actual, recordando que el riesgo de sustituir a Dios por otros ídolos continúa presente en la sociedad contemporánea, por lo que llamó a mantener una fe auténtica, cimentada en la conversión permanente, el servicio al prójimo y la esperanza que nace del Evangelio.

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