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El desprendernos de lo material nos libera para seguir a Cristo

Cuaresma. 2ª semana. Jueves
DESPRENDIMIENTO

— El desprendimiento de las cosas nos da la necesaria libertad para seguir a
Cristo. Los bienes son solo medios.

— Desasimiento y generosidad. Algunos ejemplos.
— Desprendimiento de lo superfluo y de lo necesario, de la salud, de los dones
que Dios nos ha dado, de lo que tenemos y usamos…

I. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos hace muchas llamadas para que
nos soltemos de las cosas de esta tierra, y llenar así de Dios nuestro corazón. En la
Primera lectura de la Misa de hoy nos dice el profeta Jeremías: Bendito quien confía
en el Señor, y pone en Él su confianza: Será un árbol plantado junto al agua, que
junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará
verde; en el año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto [1 ]. El Señor cuida
del alma que tiene puesto en Él su corazón.
Quien pone su confianza en las cosas de la tierra, apartando su corazón del
Señor, está condenado a la esterilidad y a la ineficacia para aquello que realmente
importa: será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará en la
aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita [2 ].

El Señor desea que nos ocupemos de las cosas de la tierra, y las amemos
correctamente: Poseed y dominad la tierra [ 3 ]. Pero una persona que ame
«desordenadamente» las cosas de la tierra, no deja lugar en su alma para el amor a
Dios. Son incompatibles el «apegamiento» a los bienes y querer al Señor: no podéis
servir a Dios y a las riquezas [4 ]. Las cosas pueden convertirse en una atadura que
impida alcanzar a Dios. Y si no llegamos hasta Él, ¿para qué sirve nuestra vida?
«Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir
a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra» [ 5 ]. Él
nos dio ejemplo: pasó por los bienes de esta tierra con perfecto señorío y con la más
plena libertad. Siendo rico, por nosotros se hizo pobre [ 6 ]. Para seguirle, nos dejó a
todos una condición indispensable: cualquiera de vosotros que no renuncie a todo
1 Jer 17, 7-8. 2 Jer 17, 6. 3 Cfr. Gen 1, 28. 4 Mt 6, 24. 5

San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X. 6 Cfr. 2 Cor 8, 9. lo que posee, no puede ser mi discípulo [7 ]. Esta condición es también
imprescindible para quienes le quieran seguir en medio del mundo. Este no renunciar a los bienes llenó de tristeza al joven rico, que tenía muchas posesiones [8 ] y estaba
muy apegado a ellas. ¡Cuánto perdió aquel día este hombre joven que tenía «cuatro
cosas», que pronto se le escaparían de las manos!

Los bienes materiales son buenos, porque son de Dios. Son medios que Dios
ha puesto a disposición del hombre desde su creación, para su desarrollo en la
sociedad con los demás. Somos administradores de esos bienes durante un tiempo,
por un plazo corto. Todo nos debe servir para amar a Dios –Creador y Padre– y a los
demás. Si nos apegamos a las cosas que tenemos y no hacemos actos de
desprendimiento efectivo, si los bienes no sirven para hacer el bien, si nos separan
del Señor, entonces no son bienes, se convierten en males. Se excluye del reino de
los cielos quien pone las riquezas como centro de su vida; idolatría llama San Pablo
a la avaricia [9 ].

Un ídolo ocupa entonces el lugar que solo Dios debe ocupar.

Se excluye de una verdadera vida interior, de un trato de amor con el Señor,
aquel que no rompe las amarras, aunque sean finas, que atan de modo desordenado
a las cosas, a las personas, a uno mismo. «Porque poco se me da –dice San Juan de
la Cruz– que un ave esté asida a un hilo delgado en vez de a uno grueso, porque,
aunque sea delgado, tan asida estará a él como al grueso, en tanto que no le
quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por
fácil que es, si no lo rompe, no volará» [10].

El desprendimiento aumenta nuestra capacidad de amar a Dios, a las personas
y a todas las cosas nobles de este mundo.

II. El Evangelio de la Misa nos presenta a uno que hacía mal uso de los bienes.
Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba
espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su
puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico [11].
Este hombre rico tiene un marcado sentido de la vida, una manera de vivir:
«Se banqueteaba». Vive para sí, como si Dios no existiera, como si no lo necesitara.
7 Lc 14, 33. 8 Mc 10, 22. 9 Col 3, 5. 10 San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, 11, 4. 11 Lc 16 19-21.
Vive a sus anchas, en la abundancia. No dice la parábola que esté contra Dios ni
contra el pobre: únicamente está ciego para ver a Dios y a uno que le necesita. Vive
constantemente para sí mismo. Quiere encontrar la felicidad en el egoísmo, no en la
generosidad. Y el egoísmo ciega, y degrada a la persona.

¿Su pecado? No tuvo en cuenta a Lázaro, no lo vio. No utilizó los bienes según
el querer de Dios. «Porque la pobreza no condujo a Lázaro al Cielo, sino la
humildad, y las riquezas no impidieron al rico entrar en el gran descanso, sino su
egoísmo e infidelidad» [12], dice con gran profundidad San Gregorio Magno.
El egoísmo y el aburguesamiento impiden ver las necesidades ajenas.

Entonces, se trata a las personas como cosas (es grave ver a las personas como cosas,
que se toman o se dejan según interese), como cosas sin valor. Todos tenemos mucho
que dar: afecto, comprensión, cordialidad y aliento, trabajo bien hecho y acabado,
limosna a gente necesitada o a obras buenas, la sonrisa cotidiana, un buen consejo,
ayudar a nuestros amigos para que se acerquen a los sacramentos…
Con el ejercicio que hagamos de la riqueza –mucha o poca– que Dios ha
depositado en nosotros nos ganamos la vida eterna. Este es tiempo de merecer.
Siendo generosos, tratando a los demás como a hijos de Dios, somos felices aquí en
la tierra y más tarde en la otra vida. La caridad, en sus muchas formas, es siempre
realización del reino de Dios, y el único bagaje que sobrenadará en este mundo que
pasa.
Este desasimiento ha de ser efectivo, con resultados bien determinados que no
se consiguen sin sacrificio, y también natural y discreto, como corresponde a los
cristianos que viven en medio del mundo y que han de usar los bienes como
instrumentos de trabajo o en tareas apostólicas. Se trata de un desprendimiento
positivo, porque resultan ridículamente pequeñas, e insuficientes, todas las cosas de
la tierra en comparación del bien inmenso e infinito que pretendemos alcanzar; es
también interno, que afecta a los deseos; actual, porque requiere examinar con
frecuencia en qué tenemos puesto el corazón y tomar determinaciones concretas que
aseguren la libertad interior; alegre, porque tenemos los ojos puestos en Cristo, bien
incomparable, y porque no es una mera privación, sino riqueza espiritual, dominio
de las cosas y plenitud.

12 San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio de San Lucas, 40, 2.
III. El desprendimiento nace del amor a Cristo y, a la vez, hace posible que
crezca y viva este amor. Dios no habita en un alma llena de baratijas. Por eso es
necesaria una firme labor de vigilancia y de limpieza interior.

Este tiempo de Cuaresma es muy oportuno para examinar nuestra actitud ante las cosas y ante nosotros mismos: ¿tengo cosas innecesarias o superfluas?, ¿llevo una cuenta o
control de los gastos que hago para saber en qué invierto el dinero?, ¿evito todo lo
que significa lujo o mero capricho, aunque no lo sea para otro?, ¿practico
habitualmente la limosna a personas necesitadas o a obras apostólicas con
generosidad, sin cicaterías?, ¿contribuyo al sostenimiento de estas obras y al culto de
la Iglesia con una aportación proporcionada a mis ingresos y gastos?, ¿estoy apegado
a las cosas o instrumentos que he de utilizar en mi trabajo?, ¿me quejo cuando no
dispongo de lo necesario?, ¿llevo una vida sobria, propia de una persona que quiere
ser santa?, ¿hago gastos inútiles por precipitación o por no prevenir?
El desprendimiento necesario para seguir de cerca al Señor incluye, además
de los bienes materiales, el desprendimiento de nosotros mismos: de la salud, de lo
que piensan los demás de nosotros, de las ambiciones nobles, de los triunfos y éxitos
profesionales.

«Me refiero también (…) a esas ilusiones limpias, con las que buscamos
exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a
esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello solo si a Ti te agrada,
porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al
egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que
alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba
en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa» [13]. ¿Estamos
desprendidos así de los frutos de nuestra labor?.

Los cristianos deben poseer las cosas como si nada poseyesen [ 14]. Dice San
Gregorio Magno que «posee, pero como si nada poseyera, el que reúne todo lo
necesario para su uso, pero prevé cautamente que presto lo ha de dejar. Usa de este
mundo como si no usara, el que dispone de lo necesario para vivir, pero no dejando
que domine a su corazón, para que todo ello sirva, y nunca desvíe, la buena marcha
del alma, que tiende a cosas más altas» [15].

Desprendimiento de la salud corporal. «Consideraba lo mucho que importa no
mirar nuestra flaca disposición cuando entendemos se sirve al Señor (…). ¿Para qué
13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 114. 14 1 Cor 7, 30. 15 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 36.

es la vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey y Señor? Creedme,
hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí» [16].

Nuestros corazones para Dios, porque para Él han sido hechos, y solo en Él
colmarán sus ansias de felicidad y de infinito. «Jesús no se satisface
“compartiendo”: lo quiere todo» [17]. Todos los demás amores limpios y nobles, que
constituyen nuestra vida aquí en la tierra, cada uno según la específica vocación
recibida, se ordenan y se alimentan en este gran Amor: Jesucristo Señor Nuestro.
«Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae
hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu» [18].
Nuestra Madre Santa María nos ayudará a limpiar y ordenar los afectos de
nuestro corazón para que solo su Hijo reine en él. Ahora y por toda la eternidad.
Corazón dulcísimo de María, guarda nuestro corazón y prepárale un camino seguro.

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