Por: José I. VELA PÉREZ*
Mucho se ha escrito, pero más aún se ha dicho sobre el cuidado de los adultos mayores. Profesionales de la salud, expertos en gerontología, cuidadores empíricos e incluso voces sin mayor preparación han lanzado recomendaciones, consejos y protocolos. Sin embargo, en este mar de información, con frecuencia se olvida lo esencial: los adultos mayores no son un conjunto de síntomas, ni una carga social, ni un expediente clínico. Son seres humanos, con cuerpo, alma y una historia que merece ser tratada con dignidad.
Es fácil opinar desde la teoría. Pero son pocos los que han vivido de cerca lo que implica acompañar a un ser querido en la etapa final de su vida. La mayoría no ha experimentado en carne propia las complejidades físicas, emocionales y espirituales del envejecimiento, aunque tal vez lo hayan atisbado a través de conocidos, vecinos o familiares lejanos.
Hoy, cuando el número de adultos mayores crece rápidamente y las redes de apoyo familiar se debilitan, la urgencia de atender esta realidad es ineludible. Las instituciones que ofrecen servicios de cuidado —algunas de ellas valiosas, otras meramente lucrativas— no siempre están al alcance económico de todos. A ello se suma una creciente soledad y fragilidad de los vínculos humanos, agudizada por la inercia de un mundo que gira cada vez más rápido.
Cuidar a un adulto mayor no es una tarea sencilla. Implica desafíos físicos y emocionales, pero también financieros y sociales. Es una experiencia que pone a prueba la paciencia, la empatía y, sobre todo, la capacidad de amar. La pérdida de autonomía en el adulto mayor puede llevarlo al aislamiento; para el cuidador, el riesgo de agotamiento físico y mental es real. Por eso, el cuidado no puede ni debe recaer en una sola persona. Es necesario compartir responsabilidades, fomentar redes de apoyo, recurrir a grupos especializados y, sobre todo, recordar que quien cuida también necesita ser cuidado.
Bien lo dijo el Dr. José Antonio Lozano Díez, Presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE: en una sociedad marcada por la velocidad, el individualismo y la virtualidad, el cuidado —esa capacidad profundamente humana de atender, acompañar y reconocer al otro— está en peligro de extinción. Esta carencia afecta a todos: niños, adultos y personas mayores. Y en medio de un invierno demográfico, donde cada vez hay menos nacimientos y más soledad, el cuidado se vuelve una necesidad insustituible para sostener la salud emocional, la dignidad y la cohesión social.
Recuperar el valor del cuidado implica empezar por uno mismo. Nadie puede dar lo que no ha recibido. Solo quien ha sido escuchado, valorado y contenido podrá ofrecer esa misma experiencia a otros. Cuidarse es, en esencia, un acto de responsabilidad y amor propio. Significa construir relaciones significativas, buscar el equilibrio mental y físico, y comprometerse con el fortalecimiento de los lazos humanos. No se trata de autoayuda superficial, sino de una tarea ética profunda.
Estudios como el de la Universidad de Harvard sobre la felicidad han demostrado que la calidad de nuestras relaciones es el factor más decisivo para una vida plena y larga. No es el éxito económico ni la fama, sino la presencia genuina del otro lo que nos sostiene.
Porque cuidar no es solamente asistir en lo material. Es también estar presente, escuchar con atención y reconocer al otro como un igual, como un ser valioso. Es restituir el sentido humano en un entorno que muchas veces olvida lo más básico: que todos, sin excepción, necesitaremos ser cuidados alguna vez.
Urge entonces una transformación cultural y política que sitúe el cuidado en el centro de la vida social: desde el ámbito familiar hasta las políticas públicas. No hacerlo es condenar a nuestras sociedades a la deshumanización y al desgaste emocional colectivo. Por el contrario, hacer del cuidado una prioridad compartida es construir un círculo virtuoso de bienestar, civilidad y propósito.
Cuidar a otros, lejos de ser un sacrificio, puede convertirse en una forma profunda de realización personal. Es, quizá, la tarea más urgente y trascendente de nuestro tiempo. No es un acto aislado, ni una obligación impuesta: es un compromiso ético y social capaz de revertir la soledad, restaurar vínculos y recuperar la humanidad compartida que nos define.
Y sí: el cuidado es, sin duda, lo que más necesita el mundo hoy.
*Dr. .H.C. José Isabel Vela Pérez, Director General de la Revista FUTURO
18 de Septiembre 2025.*

