Por: José I. VELA PÉREZ *
Arthur Schopenhauer, uno de los pensadores más influyentes del siglo XIX, nos dejó una mirada áspera sobre la vida: la existencia, decía, está marcada por un dolor inevitable, por un deseo incesante que nunca se satisface y que arrastra al ser humano a un ciclo interminable de frustración. Su filosofía, conocida como pesimismo, no pretendía ser un mero gesto de negatividad, sino una reflexión radical sobre la condición humana. Y, sin embargo, dos siglos después, sus palabras parecen resonar con más fuerza que nunca.
Hoy, el pesimismo ya no es solo una categoría filosófica: se ha convertido en un fenómeno social que carcome los cimientos de nuestra convivencia. Lo advierte el doctor José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE: más de la mitad de las personas en el mundo se reconocen como pesimistas, lo cual afecta no solo la manera en que percibimos la vida, sino también la salud, la creatividad y la capacidad de sostener la ilusión. Y sin ilusión, recuerda Lozano, la vida se torna árida, el futuro deja de ser un espacio abierto y se convierte en un muro de frustración.
De ahí la urgencia de cultivar el optimismo. No un optimismo ingenuo ni eufórico, sino uno consciente, firme, que reconoce las dificultades y, al mismo tiempo, se atreve a buscar soluciones. El optimismo es, como subraya Lozano, la capacidad de decir “cómo sí” en medio de la adversidad. Un aprendizaje vital que debería enseñarse como competencia esencial, especialmente en tiempos en que las redes sociales han hecho del descontento y la comparación permanente un terreno fértil para la desesperanza.
Pero quienes vivimos la fe sabemos que el reto va más allá. El cristiano está llamado a la esperanza, aunque no con los ojos cerrados. No ignoramos los horrores de la historia ni el misterio del mal que atraviesa nuestra condición: la barbarie del nazismo, los errores dolorosos de la propia Iglesia, el hambre que mata a millones por el egoísmo de unos pocos. Preguntas difíciles se levantan: ¿dónde estaba Dios en medio de tanta injusticia?
La respuesta no es simple, pero el Evangelio ofrece un horizonte distinto. Solo desde Cristo crucificado comprendemos que el sufrimiento no es la última palabra. Solo desde Cristo resucitado creemos que el mal no tendrá la victoria final. Como en la parábola del trigo y la cizaña, este mundo aún convive con la injusticia, pero llegará el momento en que todo será restaurado en Él.
Mientras tanto, toca a cada uno mantener viva la esperanza. Como recuerda san Lucas, “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Una promesa que sostiene al creyente y que invita, también al no creyente, a mirar la vida con otra disposición: no con resignación, sino con confianza.
El pesimismo puede describir la realidad, pero solo la esperanza puede transformarla. Ese es, quizá, el mayor desafío de nuestro tiempo.
Dr.H.C. José Isabel Vela Pérez, *
Director General de la Revista FUTURO.

