Por: CARLOS HERNANDEZ TORRES
La situación de México bajo la autodenominada “Cuarta Transformación” ha alcanzado niveles de descomposición política y moral que ya no pueden ser disimulados con discursos gastados sobre el “pueblo bueno” y la “oposición conservadora”.
El país está sumido en una crisis de violencia que ha alcanzado niveles inéditos, con regiones enteras convertidas en verdaderos campos de exterminio donde el crimen organizado, con total impunidad, ejecuta, desaparece y somete a poblaciones enteras.
Los campos de exterminio de la Cuarta Transformación
Las imágenes de fosas clandestinas, los testimonios desgarradores de familias destrozadas por la desaparición forzada y el dominio absoluto de los cárteles revelan la fallida estrategia de “abrazos, no balazos”. Esta política, lejos de contener la violencia, representa una claudicación absoluta del Estado ante el crimen organizado, que ahora cobra impuestos, dicta leyes paralelas y administra el terror sin oposición real.
Pero lo más moralmente repugnante es la cobardía de quienes deberían garantizar la seguridad de los mexicanos. Claudia Sheinbaum, con su silencio cómplice y su patética sumisión al discurso de López Obrador, ha demostrado que no es capaz de enfrentar la tragedia humanitaria que vive México. En lugar de reconocer que el país está desangrándose, repite el libreto de su mentor: culpar a la prensa, a los críticos, a los adversarios políticos y hasta a las víctimas.
Sheinbaum: La alumna del silencio y la sumisión
Si López Obrador ha sido un maestro del negacionismo cínico, Sheinbaum es su alumna más obediente.
En cada conferencia, en cada declaración pública, evade la realidad con la misma fórmula
Si hay una masacre: «Es culpa del pasado».
Si el narco domina territorios: «Es campaña de la oposición».
Si la violencia se vuelve insostenible: «La prensa manipula los datos».
Esta actitud no solo revela cobardía política, sino una falta absoluta de liderazgo y empatía hacia el sufrimiento cotidiano de millones de mexicanos. Sheinbaum y López Obrador prefieren negar la gravedad de la crisis antes que asumir la responsabilidad que implica enfrentarla.
La Cuarta Transformación: Un régimen de justificación permanente
El verdadero sello de este gobierno es su incapacidad para asumir responsabilidades. AMLO y su círculo no han gobernado, han administrado excusas. No han construido soluciones, han edificado narrativas. Y no han enfrentado el crimen, han negociado con él. La gran diferencia con regímenes anteriores no es que la corrupción y la violencia hayan desaparecido, sino que ahora se justifican desde el poder con un cinismo
brutal.
México está en crisis, pero el régimen prefiere inventar enemigos y fabricar realidades alternas antes que aceptar su fracaso. La historia juzgará esta época no como una transformación, sino como una degradación moral sin precedentes, donde la cobardía de sus líderes y su desprecio por la verdad han condenado al país a la violencia, el miedo y la desesperanza.
La indiferencia cómplice: una sociedad atrapada en su bola de cristal
Sin embargo, esta tragedia tiene un cómplice silencioso igual de despreciable: una sociedad indiferente que decide mirar hacia otro lado mientras la violencia no toque su esfera personal. Miles de mexicanos se refugian en la comodidad egoísta de su «bola de cristal», ajenos al sufrimiento ajeno, incapaces de indignarse o solidarizarse mientras la muerte y la desaparición no llamen directamente a sus puertas. Esta indiferencia cobarde perpetúa la impunidad y contribuye a la degradación social y moral que vive el país.
La historia juzgará duramente no solo a los líderes que renunciaron a proteger a su pueblo, sino también a una sociedad que optó por el silencio cómplice y la pasividad ante el horror.
Conclusión: ¿Y ahora qué?
El reconocimiento claro de la gravedad de esta crisis es el primer paso hacia la solución. México necesita abandonar las narrativas de negación y exigir con firmeza respuestas y acciones contundentes por parte del gobierno. La sociedad mexicana tiene el deber moral y ciudadano de romper con la indiferencia, salir de su comodidad y exigir justicia y seguridad de manera activa y constante. Solo mediante una ciudadanía comprometida y una exigencia colectiva de rendición de cuentas podremos frenar esta degradación moral
y política que amenaza con hundir aún más al país en la violencia y la desesperanza.

