11ª semana. Lunes
LA VIDA DE LA GRACIA
— Una vida nueva. Dignidad del cristiano.
— La gracia santificante, participación en la naturaleza divina.
— La gracia nos lleva a la identificación con Cristo: docilidad, vida de oración,
amor a la Cruz.
I. Los cristianos, desde el momento en que se nos infunde la gracia santificante
en el Bautismo, tenemos una nueva vida sobrenatural, distinta de la existencia común
de los hombres; es una vida particular y exclusiva de quienes creen en Cristo, de
aquellos que nacen no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de
hombre, sino que nacen de Dios. En el Bautismo, el cristiano comienza a vivir
la misma vida de Cristo.
Entre Él y nosotros se ha establecido una comunión de vida distinta, superior y más fuerte e íntima que la de los miembros de la sociedad humana.
La unión con el Señor es tan profunda que transforma radicalmente la
existencia del cristiano, y hace posible que la vida de Dios se desarrolle como algo
propio en el interior del alma. Nuestro Señor habla de la vid y los sarmientos [3, San
Pablo la compara a la unión entre el cuerpo y la cabeza, pues una misma savia y
una misma sangre recorren la cabeza y los miembros.
La primera consecuencia de esta realidad es la dicha incomparable de hacernos
hijos de Dios; la filiación divina no es un mero título. Cuando alguien adopta a otro
como hijo le da su apellido y sus bienes, le ofrece su cariño, pero no es capaz de
comunicarle algo de su propia naturaleza ni de su propia vida. La adopción humana
es algo externo: no cambia a la persona ni le añade perfecciones o cualidades que no
sean meramente externas (mejores vestidos, más medios para aumentar su cultura…).
En la adopción divina es distinto: se trata de un nuevo nacimiento, que produce una
admirable mejora de la naturaleza de quien es adoptado. Carísimos -escribe San
Juan-, nosotros somos ya ahora hijos de Dios. No es una ficción, no es otorgar
un título honorífico, porque el mismo Espíritu de Dios está dando testimonio a
nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Es una realidad tan grande y tan
alegre que le hace escribir a San Pablo: no sois extraños ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.
¡Cuánto bien hará a nuestra alma considerar a menudo que Cristo es la fuente
de la que mana a raudales esta nueva vida que se nos ha dado! Por Él -escribe San
Pedro- Dios nos ha dado las grandes y preciosas gracias que había prometido, para
hacernos partícipes por medio de estas mismas gracias de la naturaleza divina.
Ante tal dignidad, la cabeza y el corazón se inclinan para dar continuas gracias
al Señor, que ha querido poner en nosotros tanta riqueza, y nos decidimos a vivir
conscientes de las joyas preciosas que hemos recibido. Los ángeles miran al alma en
gracia llenos de respeto y de admiración. Y nosotros, ¿cómo vemos a nuestros
hermanos los hombres, que han recibido o están llamados a recibir esa misma
dignidad? ¿Cómo nos comportamos, llevando un tesoro de tan altísimo valor?
¿Sabemos de verdad lo que vale nuestra alma, y lo manifestamos en la conducta, en
la delicadeza con que evitamos aun lo más pequeño que desdiga de la dignidad de
nuestra condición de cristianos?.
II. Al principio, después de la primera creación, la criatura era nueva, perfecta,
según la había hecho Dios. Pero el pecado la envejeció y causó en ellas grandes
estragos. Por eso, Dios hizo otra nueva creación: la gracia santificante, una
participación limitada de la naturaleza divina, por la que el hombre, sin dejar de ser
criatura, es semejante a Dios, participa íntimamente en la vida divina.
Es una realidad interior que produce «una especie de resplandor y luz que
limpia todas las manchas de nuestras almas y las torna hermosísimas y muy
brillantes» [10]. Esta gracia es la que une nuestra alma con Dios en un estrechísimo
lazo de amor [11]. ¡Cómo deberemos protegerla, convencidos de que es el mayor bien
que tenemos! La Sagrada Escritura la compara a una prenda que Dios pone en los
corazones de los fieles, a una semilla que echa sus raíces en el interior del hombre
[13], a un manantial de aguas que manará sin cesar hasta la vida etern.
La gracia santificante no es un don pasajero y transitorio, como ocurre con
esos impulsos y mociones para realizar u omitir alguna acción, a los que llamamos
gracias actuales; es «un principio permanente de vida sobrenatural» [15], una
disposición estable radicada en la misma esencia del alma. Porque determina un
modo de ser estable y permanente –aunque se puede perder por el pecado mortal–,
se la llama también gracia habitual.
La gracia no violenta el orden natural, sino que lo supone, lo eleva y
perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda, porque uno y otro de Dios
proceden [16]. Por eso, el cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena –
al trabajo, a la familia…–, las desarrolla y las perfecciona, coordinándolas con la vida
sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural.
Con esta dignidad hemos de vivir y de comportarnos en todas nuestras
acciones; en ningún momento del día debemos olvidar los dones con que hemos sido
favorecidos. Nuestra existencia será bien diferente si en medio de los quehaceres
diarios tenemos presente el honor que nos ha hecho nuestro Padre Dios: que –por la
gracia– nos llamemos hijos suyos, y que de verdad lo seamos.
III. La gracia santificante diviniza al cristiano y le convierte en hijo de Dios y
en templo de la Trinidad Santísima. Esta semejanza en el ser debe reflejarse
necesariamente en nuestro obrar: en pensamientos, acciones y deseos –a medida que
progresamos en la lucha ascética–, de modo que la vida puramente humana vaya
dejando paso a la vida de Cristo. Se ha de cumplir en nuestras almas aquel proceso
interior que indican las palabras del Bautista: conviene que él crezca y yo mengüe
[19]. Hemos de pedir al Señor que se haga cada vez más firme en nosotros esta
aspiración: tener en el corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el
suyo; y desterrar el egoísmo, el pensar excesivamente en nosotros mismos,
cualquier síntoma de aburguesamiento… Por esto, quienes se ufanan de llevar el
nombre de cristianos, no solo han de contemplar al Maestro como un perfectísimo
Modelo de todas las virtudes, sino que han de reproducir de tal manera en sus
costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo que sean semejantes a Él [21], en el
modo de tratar a los demás, en la compasión por el dolor ajeno, en la perfección del
trabajo profesional, imitando los treinta años de vida oculta en Nazaret…
Así se repetirá la vida de Jesús en la nuestra, en una configuración creciente
con Él que realiza de modo admirable el Espíritu Santo, y que tiene como término la
plena semejanza y unión, que se consumará en el Cielo. Pero, considerémoslo
serenamente en nuestra oración, para llegar a esa identificación con Cristo se precisa
una orientación muy clara de toda nuestra vida: colaborar con el Señor en la tarea de
la propia santificación, quitando obstáculos a la acción del Paráclito y procurando
hacer en todo lo que más agrada a Dios, de tal manera que podamos decir, como
Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su
obra [22]. Esta correspondencia a la gracia –que se ha de hacer realidad día tras día,
minuto a minuto– se podría resumir en tres puntos principales: ser dóciles a las
inspiraciones del Espíritu Santo, mantener en toda circunstancia la vida de oración,
a través de las prácticas de devoción que hemos concretado en la dirección espiritual,
y cultivar un constante espíritu de penitencia.
Docilidad, porque el Espíritu Santo «es quien nos empuja a adherirnos a la
doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar
conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios
espera» [23] en nuestro personal crecimiento interior y en el abundante apostolado
que hemos de ejercer entre nuestros amigos, parientes y colegas.
Vida de oración, «porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del
cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la
conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con
Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo».
Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la
Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida
de cada cristiano» [25], aceptando en primer lugar las contradicciones, grandes o
pequeñas, que nos llegan, y ofreciendo al Señor cada día otras muchas pequeñas
mortificaciones a través de las cuales nos unimos a la Cruz con sentido de
corredención, purificamos nuestra vida y nos disponemos para un diálogo íntimo y
profundo con Dios.
Examinemos hoy, al terminar nuestra oración, cómo es nuestra
correspondencia a la gracia en estos tres puntos, porque de ella depende el desarrollo
de la vida de la gracia en nosotros. Le decimos al Señor que no queremos
contentarnos con el nivel alcanzado en la oración, en la presencia de Dios, en el
sacrificio…; que, con su gracia y con la protección de Santa María, no nos
detendremos hasta llegar a la meta que da sentido a nuestra vida: la plena
identificación con Jesucristo.

