(10ª semana. Martes)
LA SAL DESVIRTUADA
— La tibieza.
— La verdadera piedad, los sentimientos y la aridez espiritual.
— Hemos de ser sal de la tierra. Necesidad de la vida interior.
I. El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra; realizan en el
mundo lo que la sal en los alimentos: los preserva de la corrupción y los hace
agradables y sabrosos al paladar. Pero la sal se puede desvirtuar o corromper.
Entonces es un estorbo. Es, junto al pecado, lo más triste que le puede ocurrir a un
cristiano: estar para dar luz a muchos y ser oscuridad; ser un indicador del camino y
estar tirado en el suelo; estar puesto para ser fortaleza de muchos y no tener sino
debilidad.
La tibieza es una enfermedad del alma que afecta a la inteligencia y a la
voluntad, y deja al cristiano sin fuerza apostólica y con una interioridad triste y
empobrecida. Comienza esta enfermedad por una voluntad debilitada, a causa de
frecuentes faltas y dejaciones culpables; entonces, la inteligencia no ve con claridad
a Cristo en el horizonte de su vida: queda lejano por tanto descuido en detalles de
amor. La vida interior va sufriendo un cambio profundo: no tiene ya como centro a
Jesucristo; las prácticas de piedad quedan vacías de contenido, sin alma y sin amor.
Se hacen por rutina o costumbre, no por amor.
En este estado se pierde la prontitud y la alegría en lo que a Dios se refiere,
que son características de un alma enamorada. Un cristiano tibio «está de vuelta», es
un «alma cansada» en el empeño por mejorar; Cristo está desdibujado en el horizonte
de su vida. El alma ve al Señor, en todo caso, como una figura lejana, inconcreta, de
rasgos poco definidos, quizá indiferente; y ya no realiza las afirmaciones de
generosidad de otros tiempos: se conforma con menos.
Santo Tomás señala como característico de este estado «una cierta tristeza,
por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del
esfuerzo que comportan». Las normas de piedad y de devoción son más una carga
mal soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades.
Son muchos los cristianos sumidos en la tibieza, existe mucha sal desvirtuada.
Pensemos hoy en la oración si caminamos nosotros con la firmeza que Jesús nos
pide, si cuidamos la oración como el tesoro que permite que la vida interior no se
pare, si alimentamos nuestro amor. Pensemos si, ante las flaquezas y faltas de
correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan
la brecha que había abierto el enemigo.
II. No se puede confundir el estado del alma tibia con la aridez en los actos de
piedad producida a veces por el cansancio o la enfermedad, o por la pérdida del
entusiasmo sensible. En estos casos, a pesar de la sequedad, la voluntad está firme
en el bien. El alma sabe que se encamina directamente a Cristo, aunque esté pasando
por un pedregal en el que no encuentra una sola fuente y las piedras dañan sus
piernas. Pero sabe dónde está la cima, y se dirige derechamente allí, a pesar del
cansancio y de la sed y del mal terreno que pisa.
En la aridez, aunque el alma no tenga ningún sentimiento y parezca trabajoso
el trato con Dios, permanece la verdadera devoción, que Santo Tomás de Aquino
define como la «voluntad decidida para entregarse a todo lo que pertenece al
servicio de Dios».
Esta «voluntad decidida» se vuelve débil en el estado de tibieza:
tengo contra ti –dice el Señor– que has perdido el fervor de la primera caridad,
que has aflojado, que ya no me quieres como antes. La persona que mantiene con
empeño la oración aun en época de aridez, de falta de sentimientos, se encuentra
quizá como quien saca agua de un pozo, cubo a cubo: una jaculatoria y otra, un acto
de desagravio… Es trabajoso y cuesta esfuerzo, pero saca agua. En la tibieza, por el
contrario, la imaginación anda suelta, no se rechazan con empeño las distracciones
voluntarias y prácticamente se abandona la oración con la excusa de que no se saca
fruto de ella. Sin embargo, el verdadero trato con Dios, aun con aridez, si así el Señor
lo permite, siempre está lleno de frutos, en cualquier circunstancia, si existe una
voluntad recta y decidida de estar con Él.
Hemos de recordar ahora, en la presencia de Dios, que la verdadera piedad no
es cuestión de sentimiento, aunque los afectos sensibles son buenos y pueden ser de
gran ayuda en la oración, y en toda la vida interior, porque son parte importante de
la naturaleza humana, tal como Dios la creó. Pero no deben ocupar el primer lugar
en la piedad; no son la parte principal de nuestras relaciones con el Señor. El
sentimiento es ayuda y nada más, porque la esencia de la piedad no es el sentimiento,
sino la voluntad decidida de servir a Dios, con independencia de los estados del
ánimo, ¡tan cambiante!, y de cualquier otra circunstancia. En la piedad no debemos
dejarnos llevar por el sentimiento sino por la inteligencia, iluminada y ayudada por
la fe. «Guiarme por el sentimiento es dar la dirección de la casa al criado y hacer
abdicar al dueño. No es malo el sentimiento, sino la importancia que se le señala….
La tibieza es estéril, la sal desvirtuada no vale sino para tirarla fuera y que la
pisotee la gente. Por el contrario, la aridez puede ser señal positiva de que el Señor
desea purificar a esa alma.
III. Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad,
fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el
camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a
encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Y nos
encontramos a tantos amigos, compañeros de profesión, familiares, vecinos…, que
parecen ir como ciegos detrás de los bienes materiales, que los alejan del verdadero
Bien, Jesucristo. Van como perdidos. Y para que el guía de ciegos no sea también
ciego no basta saber de oídas, por referencias; para ayudar a quienes tratamos no
basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario andarlo, conocer
los obstáculos… Es preciso tener vida interior, trato personal diario con Jesús, ir
conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, luchar con empeño por
superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.
Los primeros cristianos fueron verdadera sal de la tierra, y preservaron de la
corrupción a personas e instituciones, a la sociedad entera. ¿Qué ha ocurrido en
muchas naciones para que los cristianos den esa triste impresión de incapacidad para
frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la familia, la escuela, las
instituciones…? Porque la fe sigue siendo la misma. Y Cristo vive entre nosotros
como antes, y su poder sigue siendo infinito, divino. «Solo la tibieza de tantos miles,
millones de cristianos, explica que podamos ofrecer al mundo el espectáculo de una
cristiandad que consiente en su propio seno que se propale todo tipo de herejías y
barbaridades. La tibieza quita la fuerza y la fortaleza de la fe y es amiga, en lo
personal y lo colectivo, de las componendas y de los caminos cómodos».
Existen muchas realidades, en el terreno personal y en el público, que se hacen difíciles de explicar si no tenemos en cuenta que la fe se ha dormido en muchos que tenían que
estar bien despiertos, vigilantes y atentos; y el amor se ha apagado en tantos y tantos.
En muchos ambientes, lo «normal cristiano» es lo tibio y mediocre. En los primeros
cristianos lo «normal» era lo «heroico de cada día» y, cuando se presentaba, el
martirio: la entrega de la propia vida en defensa de su fe.
Cuando el amor se enfría y la fe se adormece, la sal se desvirtúa y ya no sirve
para nada, es un verdadero estorbo. ¡Qué pena si un cristiano fuera un estorbo! La
tibieza es con frecuencia la causa de la ineficacia apostólica, pues entonces lo poco
que se realiza se convierte en una tarea sin garbo humano ni sobrenatural, sin espíritu
de sacrificio. Una fe apagada y con poco amor ni convence ni encuentra la palabra
oportuna que arrastra a los demás a un trato más profundo e íntimo con Cristo.
Pidamos fervientemente al Señor esa fuerza para reaccionar. Seremos sal de
la tierra si mantenemos diariamente un trato personal con el Señor, si nos acercamos
cada vez con más fe y amor a la Sagrada Eucaristía. El amor ha sido, y es, el motor
de la vida de los santos. Es la razón de ser de toda vida entregada a Dios. El amor da
alas para superar cualquier obstáculo personal o del ambiente. El amor nos hace
inconmovibles ante las contrariedades. La tibieza se detiene ante la más pequeña
dificultad (una carta que debemos escribir, una llamada, una visita, una conversación,
la carencia de algunos medios…): hace una montaña de un grano de arena. El amor
de Dios, por el contrario, hace un grano de arena de una montaña, transforma el alma,
le da nuevas luces y le abre horizontes nuevos, la hace capaz de más altos empeños
y de capacidades desconocidas. El amor no regatea esfuerzos, ni le falta la alegría al
llevarlos a cabo.
Al terminar nuestra meditación, acudamos confiadamente a la Santísima
Virgen, modelo perfecto de la correspondencia amorosa a la vocación cristiana, para
que aparte eficazmente de nuestra alma toda sombra de tibieza. Y le pedimos también
a los Ángeles Custodios que nos hagan ser diligentes en el servicio de Dios.

