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La lucha contra todo pecado venial deliberado nos dispone para recibir la luz y la protección del Paráclito a través de sus dones

Pascua. 6ª semana. Lunes

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

— Las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.
— Los siete dones. Su influencia en la vida cristiana.
— Decenario al Espíritu Santo.

I. Vivimos rodeados de regalos de Dios. Todo lo bueno que tenemos, las
cualidades del alma y del cuerpo…, todo son dones del Señor para que nos ayuden a
ser felices en esta vida y alcancemos con ellos el Cielo. Pero fue sobre todo en el
momento de nuestro Bautismo cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes
incontables. Borró la mancha del pecado original en nuestra alma. Nos enriqueció
con la gracia santificante, por la que nos hacía partícipes de su misma vida divina y
nos constituía en hijos suyos. Nos hizo miembros de su Iglesia.

Junto con la gracia, Dios adornó nuestra alma con las virtudes sobrenaturales
y los dones del Espíritu Santo. Las virtudes nos dan el poder, la capacidad de actuar
de una manera sobrenatural, de juzgar el mundo y los acontecimientos desde un
punto de vista más alto, desde la fe, y de portarnos como verdaderos hijos de Dios.
Nos dan la posibilidad de conocer íntimamente a Dios, de amarle como Él se ama, y
de realizar obras meritorias para la vida eterna. Bajo el influjo de estas virtudes
nuestro trabajo, aunque humanamente parezca de escaso relieve, se convierte en un
tesoro de méritos para el Cielo.

Las virtudes sobrenaturales nos dan la capacidad, de manera semejante a
como las piernas nos permiten caminar y los ojos contemplar el mundo que nos
rodea. Con todo, no basta tener piernas para emprender un viaje, ni ojos para
contemplar un cuadro. Es necesaria la cooperación de nuestra libertad, nuestro querer
y nuestro esfuerzo para ponernos en camino en el caso del viaje, y poner la atención
necesaria para captar la belleza de un cuadro.

Los dones del Espíritu Santo son un nuevo regalo que Dios otorga al alma para
que pueda realizar de modo más perfecto y como sin esfuerzo las obras buenas en
las que se manifiesta el amor a Dios, la santidad: presencia de Dios, caridad,
ofrecimiento del trabajo, pequeñas mortificaciones a lo largo del día.

El alma es investida «de un aumento de fuerza, se hace apta para obedecer
con mayor facilidad y prontitud a la llamada y a los impulsos del Espíritu. Es tanta
la eficacia de estos dones, que conducen al hombre a las más altas cimas de la
santidad, y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en
el reino celestial. Merced a ellos, el Espíritu Santo nos mueve a desear y nos empuja
a conseguir las bienaventuranzas evangélicas, que son como flores abiertas en la
primavera, como indicio y presagio de la eterna bienaventuranza».

Los dones del Espíritu Santo van conformando nuestra vida según las maneras
y modos propios de un hijo de Dios, nos dan una finura y sensibilidad mayor para
oír y poner en práctica las mociones e inspiraciones del Paráclito, que así va
gobernando con prontitud y facilidad nuestra vida, que entonces se guía por el querer
de Dios, y no por nuestros gustos y caprichos.

Hoy le pedimos al Espíritu Santo que doblegue en nosotros lo que es rígido,
particularmente la rigidez de la soberbia; que caliente en nosotros lo que es frío, la
tibieza en el trato con Dios; que enderece lo extraviado, porque son muchos los
apegamientos terrenos, el peso de los pecados pasados, la flaqueza de la voluntad, la
ignorancia de lo que en tantas ocasiones sería más grato a Dios… De aquí provienen
los fracasos y debilidades, los cansancios y derrotas. Por eso, le pedimos en nuestra
oración que arranque de nuestra alma «el peso muerto, resto de todas las impurezas,
que le hace pegarse al suelo (…); para que suba hasta la Majestad de Dios, a
fundirse en la llamarada viva de Amor, que es Él.

II. Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de
la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. El Evangelio de la
Misa recoge este nuevo anuncio del Señor, y la liturgia de la Iglesia nos invita de
muchas maneras a preparar nuestras almas a la acción del Espíritu Santo.

La lucha decidida contra todo pecado venial deliberado nos dispone para
recibir la luz y la protección del Paráclito a través de sus dones. La claridad que
recibimos en la inteligencia nos hace conocer y comprender las cosas divinas; la
ayuda que alcanza nuestra voluntad nos permite aprovechar con eficacia las
oportunidades de realizar el bien que se nos presentan cada día y rechazar las
tentaciones de todo aquello que nos alejaría de Dios.

El don de inteligencia nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe;
el don de ciencia nos lleva a juzgar con rectitud de las cosas creadas y a mantener
nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él; el don de
sabiduría nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a
buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y de nuestras
obligaciones; el don de consejo nos señala los caminos de la santidad, el querer de
Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la
gloria de Dios y el bien de los demás; el don de piedad nos mueve a tratar a Dios con
la confianza con la que un hijo trata a su Padre; el don de fortaleza nos alienta
continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en
nuestro caminar hacia Dios; el don de temor nos induce a huir de las ocasiones de
pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu
Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye
nuestra razón de ser y de vivir.

En estos días en que nos preparamos para celebrar el envío solemne del
Espíritu Santo sobre la Iglesia, representada por los Apóstoles reunidos en el
Cenáculo, junto a Santa María, Madre de Dios, pedimos insistentemente que seamos
dóciles a la acción del Paráclito en nuestra alma y que no cese su acción y sus
inspiraciones sobre los hombres de esta época nuestra, «particularmente sedienta
del Espíritu Santo» y tan necesitada de su protección y de su ayuda. Le decimos:
Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz.

Ven, padre de los pobres; ven dador de las gracias; ven, lumbre de los
corazones (…). Concede a tus fieles, que en Ti confían, tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo.

III. Para aumentar la devoción al Espíritu Santo, empecemos por practicar las
virtudes humanas y cristianas, en el trabajo y en la convivencia diaria. Si el cristiano
«lucha por adquirir estas virtudes, su alma se dispone a recibir eficazmente la
gracia del Espíritu Santo (…). La Tercera Persona de la Trinidad Beatísima –dulce
huésped del alma (Secuencia Veni, Sancte Spiritus)– regala sus dones: don de
sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad, de
temor de Dios »

El Espíritu Santo desea –como nunca podremos nosotros llegar a quererlo–
darnos sus dones en tal abundancia que formen un río impetuoso en nuestra vida
sobrenatural y que produzcan en nosotros sus admirables frutos. Solo espera que
quitemos los posibles obstáculos de nuestra alma, que le pidamos a Él mismo más
deseos de purificación, que le digamos desde lo más hondo: Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu Amor. No desea
otra cosa que llenarnos de su gracia y de sus dones. Si vosotros –decía el Señor–,
siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le piden?.

A lo largo de estos días en los que preparamos la fiesta de Pentecostés debemos
rogar con humildad al Padre de las luces que envíe a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba! ¡Padre!. Debemos pedir
a Cristo que, desde el seno del Padre, mande al que es Consolador óptimo, dulce
Huésped del alma, dulce refrigerio.

En el Decenario que comenzaremos después de la solemnidad de la Ascensión,
queremos disponernos para ser más dóciles a las gracias que continuamente nos
otorga el Paráclito. Pidámosle cada uno de sus dones para ser buenos instrumentos
suyos en la familia, en nuestras ocupaciones, en la sociedad. «Camino seguro de
humildad es meditar cómo, aun careciendo de talento, de renombre y de fortuna,
podemos ser instrumentos eficaces, si acudimos al Espíritu Santo para que nos
dispense sus dones.
»Los Apóstoles, a pesar de haber sido instruidos por Jesús durante tres años,
huyeron despavoridos ante los enemigos de Cristo. Sin embargo, después de
Pentecostés, se dejaron azotar y encarcelar, y acabaron dando la vida en testimonio
de su fe».

Nuestra fidelidad a las inspiraciones y gracias que recibimos del Espíritu Santo
se concretará, en muchas ocasiones, a la docilidad en la dirección espiritual, con un
esfuerzo diario para sacar adelante las metas y sugerencias que nos señalan.
.
Acercarse a la Virgen, Esposa de Dios Espíritu Santo, es un modo seguro de
disponer nuestra alma a los nuevos dones que el Paráclito quiera darnos.

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