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Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una cabalgadura humilde

Domingo de la Pasión del Señor (domingo de Ramos)
ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN

— Entrada solemne, y a la vez sencilla, en Jerusalén. Jesús da cumplimiento a
las antiguas profecías.

— El Señor llora sobre la ciudad. Correspondencia a la gracia.

— Alegría y dolor en este día: coherencia para seguir a Cristo hasta la Cruz.

I. «Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos
al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura
hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la
salvación de los hombres» [1].

Jesús sale muy de mañana de Betania. Allí, desde la tarde anterior, se habían
congregado muchos fervientes discípulos suyos; unos eran paisanos de Galilea,
llegados en peregrinación para celebrar la Pascua; otros eran habitantes de Jerusalén,
convencidos por el reciente milagro de la resurrección de Lázaro. Acompañado de
esta numerosa comitiva, junto a otros que se le van sumando en el camino, Jesús
toma una vez más el viejo camino de Jericó a Jerusalén, hacia la pequeña cumbre del
monte de los Olivos.

Las circunstancias se presentaban propicias para un gran recibimiento, pues
era costumbre que las gentes saliesen al encuentro de los más importantes grupos de
peregrinos para entrar en la ciudad entre cantos y manifestaciones de alegría. El
Señor no manifestó ninguna oposición a los preparativos de esta entrada jubilosa. Él
mismo elige la cabalgadura: un sencillo asno que manda traer de Betfagé, aldea muy
cercana a Jerusalén. El asno había sido en Palestina la cabalgadura de personajes
notables ya desde el tiempo de Balaán [2 ].

El cortejo se organizó enseguida. Algunos extendieron su manto sobre la grupa
del animal y ayudaron a Jesús a subir encima; otros, adelantándose, tendían sus
mantos en el suelo para que el borrico pasase sobre ellos como sobre un tapiz, y
muchos otros corrían por el camino a medida que adelantaba el cortejo hacia la
ciudad, esparciendo ramas verdes a lo largo del trayecto y agitando ramos de olivo y
de palma arrancados de los árboles de las inmediaciones. Y, al acercarse a la ciudad,
ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los que bajaban, llena
1 San Andrés de Creta, Sermón 9 sobre el Domingo de Ramos. 2 Cfr. Num 22, 21 ss.
de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que había
visto, diciendo: ¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y
gloria en las alturas! [ 3 ].

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había
sido profetizado muchos siglos antes [4 ]. Y los cantos del pueblo son claramente
mesiánicos. Esta gente llana –y sobre todo los fariseos– conocían bien estas
profecías, y se manifiesta llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos
que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el Señor les dice: Os
digo que si estos callan gritarán las piedras [5 ].

Con todo, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo, «se contenta con un pobre
animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los
ojos del Señor, como un jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero
estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra (Sal 72, 23-24), tú
me llevas por el ronzal» [ 6 ].

Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una
cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de Él, en la sencillez de nuestro
trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra serenidad, con nuestra sincera
preocupación por los demás. Quiere hacerse presente en nosotros a través de las
circunstancias del vivir humano. También nosotros podemos decirle en el día de hoy:
Ut iumentum factus sum apud te… «Como un borriquito estoy delante de Ti. Pero
Tú estás siempre conmigo, me has tomado por el ronzal, me has hecho cumplir tu
voluntad; et cum gloria suscepisti me, y después me darás un abrazo muy fuerte»
[7 ]. Ut iumentum… como un borrico soy ante Ti, Señor…, como un borrico de carga,
y siempre estaré contigo. Nos puede servir de jaculatoria para el día de hoy.
El Señor ha entrado triunfante en Jerusalén. Pocos días más tarde, en esa
ciudad, será clavado en una cruz.

II. El cortejo triunfal de Jesús había rebasado la cima del monte de los Olivos
y descendía por la vertiente occidental dirigiéndose al Templo, que desde allí se
dominaba. Toda la ciudad aparecía ante la vista de Jesús. Al contemplar aquel
panorama, Jesús lloró [8.

Aquel llanto, entre tantos gritos alegres y en tan solemne entrada, debió de
resultar completamente inesperado. Los discípulos estaban desconcertados viendo a
Jesús. Tanta alegría se había roto de golpe, en un momento.
Jesús mira cómo Jerusalén se hunde en el pecado, en su ignorancia y en su
ceguera: ¡Ay si conocieras por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede
traerte la paz! Pero ahora todo está oculto a tus ojos [ 9 ]. Ve el Señor cómo sobre
ella caerán otros días que ya no serán como este, día de alegría y de salvación, sino
de desdicha y de ruina. Pocos años más tarde, la ciudad sería arrasada. Jesús llora la
impenitencia de Jerusalén. ¡Qué elocuentes son estas lágrimas de Cristo! Lleno de
misericordia, se compadece de esta ciudad que le rechaza.

Nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en obras, ni en palabras; con tono
de severidad unas veces, indulgente otras… Jesús lo ha intentado todo con todos: en
la ciudad y en el campo, con gentes sencillas y con sabios doctores, en Galilea y en
Judea… También ahora, y en cada época, Jesús entrega la riqueza de su gracia a cada
hombre, porque su voluntad es siempre salvadora.

En nuestra vida, tampoco ha quedado nada por intentar, ningún remedio por
poner. ¡Tantas veces Jesús se ha hecho el encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias
ordinarias y extraordinarias ha derramado sobre nuestra vida! «El mismo Hijo de
Dios se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos
humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón
de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual
que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros
la vida derramando libremente su sangre, y en Él el mismo Dios nos reconcilió
consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del
pecado, y así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: el Hijo de Dios me
amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)» [10].

La historia de cada hombre es la historia de la continua solicitud de Dios sobre
él. Cada hombre es objeto de la predilección del Señor. Jesús lo intentó todo con
Jerusalén, y la ciudad no quiso abrir la puertas a la misericordia. Es el misterio
profundo de la libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia
divina. «Hombre libre, sujétate a voluntaria servidumbre para que Jesús no tenga
que decir por ti aquello que cuentan que dijo por otros a la Madre Teresa: “Teresa,
yo quise… Pero los hombres no han querido”» [11].

¿Cómo estamos respondiendo nosotros a los innumerables requerimientos del
Espíritu Santo para que seamos santos en medio de nuestras tareas, en nuestro
ambiente? Cada día, ¿cuántas veces decimos sí a Dios y no al egoísmo, a la pereza,
a todo lo que significa desamor, aunque sea pequeño?.

III. Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la
resurrección de Cristo, proclamando con ramos de palmas: «Hosanna en el cielo»
[12].

Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy
efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se
transformó cinco días más tarde en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan
brusca mudanza, por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos
que consultar nuestro propio corazón.

«¡Qué diferentes voces eran –comenta San Bernardo–: quita, quita,
crucifícale y bendito sea el que viene en nombre del Señor, hosanna en las alturas!
¡Qué diferentes voces son llamarle ahora Rey de Israel, y de ahí a pocos días: no
tenemos más rey que el César! ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las
flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí
a poco le desnudan de los suyos y echan suertes sobre ellos» [13].

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide a cada uno de nosotros
coherencia y perseverancia, ahondar en nuestra fidelidad, para que nuestros
propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan. En el
fondo de nuestros corazones hay profundos contrastes: somos capaces de lo mejor y
de lo peor. Si queremos tener la vida divina, triunfar con Cristo, hemos de ser
constantes y hacer morir por la penitencia lo que nos aparta de Dios y nos impide
acompañar al Señor hasta la Cruz.

«La liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los cristianos este
cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que
11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 761. 12 Himno a Cristo Rey. Liturgia del Domingo de Ramos. 13 San Bernardo, Sermón en el Domingo de Ramos, 2, 4.
entre el Rey de la gloria (Antífona de la distribución de los ramos). El que se queda
recluido en la ciudadela del propio egoísmo no descenderá al campo de batalla.
Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y permite que entre el Rey de la
paz, saldrá con Él a combatir contra toda esa miseria que empaña los ojos e
insensibiliza la conciencia» [14].

María también está en Jerusalén, cerca de su Hijo, para celebrar la Pascua. La
última Pascua judía y la primera Pascua en la que su Hijo es el Sacerdote y la
Víctima. No nos separemos de Ella. Nuestra Señora nos enseñará a ser constantes, a
luchar en lo pequeño, a crecer continuamente en el amor a Jesús. Contemplemos la
Pasión, la Muerte y la Resurrección de su Hijo junto a Ella. No encontraremos un
lugar más privilegiado.

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