Aguascalientes, Ags.— En el marco del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia católica en Aguascalientes reiteró su postura en defensa de la vida humana desde la concepción y advirtió que no puede permanecer en silencio ante iniciativas y discursos que presentan el aborto como un derecho. Desde la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción, el obispo Juan Espinoza Jiménez subrayó que “no existe el derecho a quitar la vida a un inocente” y que llamar “derecho” al aborto “desfigura el lenguaje moral” al legalizar la eliminación del ser humano más vulnerable.
Durante la homilía dominical, el prelado sostuvo que la vida humana es fruto del designio amoroso de Dios y permanece siempre bajo su custodia. En ese sentido, afirmó que la liturgia invita a volver a las fuentes de la fe para escuchar la voz de Dios y asumir, con responsabilidad creyente, una conversión profunda de la mente, del corazón y de las opciones concretas.
Al reflexionar sobre la importancia de la vida desde la concepción, Espinoza Jiménez citó al profeta Isaías —“El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”— para enfatizar que la dignidad de la persona no depende de un reconocimiento social, legal o cultural, ni de su grado de desarrollo, sino del hecho de haber sido querida por Dios. “Para Él, la vida no comienza cuando es visible o útil, sino cuando es querida y amada”, recalcó.
El obispo reiteró en diversas ocasiones la invocación “Señor, tú nos das vida” y denunció lo que calificó como el avance de una cultura de la muerte promovida por la ideología de género. Señaló que la Sagrada Escritura presenta la vida humana como una obra personal de Dios, donde ninguna vida es invisible, prescindible o descartable, y cada una constituye una misión.

En su mensaje, recordó pasajes bíblicos que, afirmó, sostienen esta convicción a lo largo de toda la Biblia, y subrayó que la obediencia a Dios conduce siempre a la vida y no a la destrucción. Asimismo, citó a san Pablo para advertir que una sociedad que hiere sistemáticamente la vida de los más débiles termina por herir su propia alma.
El Evangelio del día, continuó, presenta a Juan el Bautista señalando a Cristo como el Cordero de Dios, el Viviente que carga con el pecado del mundo. “Donde la vida es amenazada y atacada, allí debe resonar con mayor claridad este anuncio”, afirmó.
En un apartado de denuncia y exigencia, la homilía advirtió sobre intentos sistemáticos por imponer leyes que confunden, especialmente a los jóvenes, al presentar el aborto como un derecho y permitir la eliminación de la vida humana en cualquier momento del embarazo. El obispo sostuvo que esta postura contradice tanto la voluntad de Dios como la ley natural del valor inherente de la vida humana y acusó una infiltración ideológica que tergiversa la verdad mediante expresiones engañosas.
Afirmó que la llamada cultura de la muerte se impone desde diversas instancias, negando no solo la verdad cristiana, sino también la voluntad democrática de las sociedades. En ese contexto, señaló que la ideología de género alcanza su deformación más peligrosa cuando concibe la continuidad de la vida como una carga y no como un regalo.
El mensaje recordó además enseñanzas históricas de la Iglesia, desde la Didaché del siglo I hasta la encíclica Evangelium vitae de san Juan Pablo II, para reafirmar que ninguna circunstancia o ley puede hacer lícito un acto intrínsecamente ilícito. No obstante, el obispo aclaró que esta palabra profética no es de condena, sino de vida, y que defender la vida naciente implica también acompañar con misericordia a las mujeres, ofrecer apoyo real y solidaridad concreta, así como asumir la responsabilidad paterna.
Finalmente, en el marco del Año Pastoral del Encuentro con Cristo, el obispo convocó a tres compromisos concretos: orar diariamente por la defensa del ser humano en gestación; participar en la Hora Santa a favor de la vida que se celebrará el próximo jueves en todas las parroquias; y sumarse a la Jornada a favor de la vida el domingo 25 de enero, cuando se bendecirá a las madres embarazadas en todas las misas de la Diócesis.
El mensaje concluyó con una invocación a la Virgen María como modelo de acogida y custodia de la vida, y con un llamado a que la Iglesia en México se mantenga firme y coherente en la defensa del más vulnerable.
Énfasis sobre la Vida
No existe el derecho a quitar la vida a un inocente. Llamar “derecho” al aborto es desfigurar el lenguaje moral, es convertir un acto de muerte en una falsa conquista, es legalizar la eliminación del ser humano más vulnerable: el que no puede defenderse, ni hablar, ni protestar. La Iglesia no puede callar no puede callar, y hoy no puede guardar silencio en México, hace énfasis la Iglesia este domingo.
“En nuestra Diócesis, la liturgia nos invita a volver a las fuentes de nuestra fe para escuchar de nuevo la voz de Dios y a asumir, con responsabilidad creyente lo que Él dice a su Iglesia y a nuestra sociedad. Hoy Dios nos llama a una conversión profunda de la mente, del corazón y de las opciones concretas”, detalló.
Refiere sobre la importancia de la vida desde la concepción y agrega: “El profeta Isaías proclama con fuerza: «El Señor me llamó desde el vientre de mi madre». Esta afirmación es profundamente reveladora y profética. La Sagrada Escritura nos enseña que Dios reconoce, llama y consagra la vida humana antes de cualquier reconocimiento social, legal o cultural e incluso antes de que pueda pronunciar palabra o realizar acción alguna. La dignidad de la persona no depende de una ley, de una decisión ajena o de su grado de desarrollo, sino del hecho de haber sido querida por Dios, para Él la vida no comienza cuando es visible o útil, sino cuando es querida y amada por el Señor”, enfatizó.
Llamó la atención el énfasis expuesto desde la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción por el Obispo Juan Espinoza Jiménez, al pedir y expresar: “Señor, tú nos das vida”, misma que se reiteró en cada reflexión.
“Esta convicción atraviesa toda la Biblia: «Antes de formarte en el vientre, yo te conocía», dice el Señor a Jeremías; y el salmista canta: «Tú me tejiste en el seno materno». La Sagrada Escritura no habla de la vida humana como de algo anónimo o accidental, sino como de una obra personal de Dios. Para Dios, ninguna vida es invisible, ninguna es prescindible, ninguna es descartable. Cada vida es misión”.
San Pablo nos recuerda que hemos sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos. La santidad cristiana no es evasión de la realidad; es una forma concreta de vivir en la verdad. “Una sociedad que hiere sistemáticamente la vida de los más débiles hiere también su propia alma”.
Donde la vida es amenazada y atacada, allí debe resonar con mayor claridad el anuncio del Cordero de Dios.
Denuncia y exigencia
“Hermanos y hermanas, desde esta Palabra viva, la Iglesia no puede callar, y hoy no puede guardar silencio en México. Asistimos a un intento sistemático de imponer leyes que confunden, especialmente a los jóvenes, pues presentan al aborto como un derecho, llegando a permitir y facilitar la eliminación de la vida humana en cualquier momento del embarazo, como si la vida del ser humano en gestación, que es la más vulnerable, pudiera ser suprimida por decisión de otro”.

Esta deformación, agrega, contradice la voluntad de Dios, pero también a la ley natural del valor inherente de la vida humana. Nunca en México ninguna mayoría legislativa se ha atrevido a legislar abiertamente la cultura de la muerte para todo nuestro país. Si hoy nos enfrentamos a este desasosiego es por la infiltración ideológica y manipuladora, contraria a la naturaleza humana, que, en forma deliberada y perversa, tergiversa la verdad usando falsas palabras y expresiones engañosas que denigran el auténtico valor humano de la dignidad del no nacido.
“La cultura de la muerte hoy se impone por mandamientos de injusticia desde diversas instancias capturadas por estas ideologías. Mandamientos que no solo niegan la verdad cristiana sino también la voluntad democrática de las sociedades libres. La ideología de género llega así a su más peligrosa deformación del intelecto humano: aquella que ve en la continuidad de la vida una carga y no un regalo, aquella que -con desdén- le llama producto al ser humano para poder matarlo sin piedad”.
Defender la vida naciente no es una postura ideológica. Desde la fe bíblica y desde la razón humana, debemos decirlo con claridad profética: no existe el “derecho” a quitar la vida a un inocente. Llamar “derecho” al aborto es desfigurar el lenguaje moral, es convertir un acto de muerte en una falsa conquista, es legalizar la eliminación del ser humano más vulnerable: el que no puede defenderse, ni hablar, ni protestar.
La Palabra de Dios nos advierte: «¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal!» (Is 5,20). Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer el valor sagrado de la vida en su inicio, se debilitan todas las demás defensas de la dignidad humana. Hoy son las personas gestantes en el vientre materno; mañana serán otras personas descartadas sea por su enfermedad por su ancianidad o por cualquier motivo. Hoy se busca aniquilar la responsabilidad materna y mañana, desde la misma distorsionada ideología, pasara igual con la paterna.
La Iglesia, fiel a su Señor, no propone una ideología, sino una verdad que custodia desde sus orígenes. Una antropología con sentido humano y vocación de continuidad histórica. Y una ética de la naturaleza humana. La Didaché recoge las enseñanzas de los Apóstoles y ya desde el siglo I, referente a este tema enseñaba: «No matarás al embrión humano por aborto». Y san Juan Pablo II nos recuerda en Evangelium vitae:
«Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito». Al mismo tiempo, esta palabra profética no es palabra de condena, sino de vida. Defender la vida naciente exige también acompañar con misericordia a las mujeres, ofrecer apoyo real, solidaridad concreta, cercanía pastoral. Nunca la eliminación del hijo puede ser presentada como solución al dolor de la madre. La respuesta cristiana no enfrenta a la mujer con su hijo, sino que defiende y cuida la vida de ambos. Ello, además, sin dejar nunca de señalar en coherencia la necesaria responsabilidad de todo padre.

