Por: José I. VELA PÉREZ
En las últimas décadas, la humanidad ha sido testigo de una transformación tan profunda como silenciosa. No se trata solo de nuevos dispositivos, plataformas o aplicaciones: es un cambio estructural en la forma de ser, de pensar y de convivir. Este fenómeno, conocido como digimorfosis, ha sido descrito con claridad y preocupación por el Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE, quien advierte que lo digital ha dejado de ser un simple entorno externo para convertirse en el molde mismo de nuestra identidad.
El ser humano de hoy es radicalmente distinto al que comenzó el siglo XXI. Ya no solo interactuamos con la tecnología: vivimos en ella, y a veces para ella. Esta mutación —porque no se trata de una mera evolución— tiene múltiples rostros. Lozano Díez los expone sin rodeos: una creciente soledad alimentada por la falsa promesa de conexión; una identidad fragmentada por máscaras digitales que simulan cercanía, pero profundizan el vacío; una percepción del tiempo acelerada, confusa, casi irreal; y una atención debilitada que nos impide estar plenamente en el presente.
Estas heridas digitales no son meros efectos colaterales. Son síntomas de una crisis cultural y emocional que define a nuestra época. En nombre del progreso hemos permitido que las pantallas sustituyan al rostro, que los algoritmos determinen nuestros gustos, y que la inmediatez reemplace la reflexión. Y aunque los avances tecnológicos han traído beneficios indudables, también nos han confrontado con preguntas incómodas: ¿Qué estamos dejando atrás mientras miramos hacia adelante? ¿Qué hemos perdido en el camino?
El periodista Enrique Olivares Flores ya lo había planteado durante el Tercer Congreso Nacional de Empresarios de Medios (Coneme), celebrado en Aguascalientes: “Inteligencia Artificial, ¿Caja de Pandora?”;? ¿Estamos abriendo puertas que luego no sabremos cerrar? Preguntas como estas resonaron y dieron origen a análisis posteriores en las páginas de esta misma revista, en sus ediciones impresa y digital.
Hoy, frente a la inquietante realidad que nos plantea la digimorfosis, Lozano Díez propone cuatro caminos de regreso a lo esencial: reconstruir amistades reales, esas que nacen del encuentro genuino; fortalecer la vida familiar, raíz de la identidad; vivir con atención el presente, recuperando nuestra percepción del tiempo y el espacio; y fomentar la lectura diaria, como ejercicio de concentración y alimento del alma.
No son soluciones tecnológicas, sino humanas. Y quizás ahí radica su potencia: en volver a mirar al otro, al hogar, al libro, a lo eterno. Porque, como editorial, no podemos evitar preguntarnos si este vértigo digital no es también consecuencia de haber marginado al sentido trascendente de la existencia, de haber sacado a Dios de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestro entorno.
Avanzamos en ciencia, pero retrocedemos en humanidad. Y los efectos son cada vez más evidentes: ansiedad, desconexión, nihilismo. Por eso, más que detener la marcha, es momento de reorientarla. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de no dejar que nos vacíe de lo que somos. Lo humano debe volver al centro. Solo así podremos atravesar la era digital sin perder el alma en el proceso.
Revista FUTURO
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