Por: José I. VELA PÉREZ*
Vivimos en la era del “todo ahora”: respuestas instantáneas, éxito sin esfuerzo, gratificación inmediata. Esta cultura de la inmediatez —como bien lo advierte el Dr. José Antonio Lozano Díez, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE— está vaciando de sentido la vida. La prisa por tener ha desplazado el ser, y el resultado es una sociedad cada vez más ansiosa, frágil e infeliz.
En un entorno nacional marcado por la incertidumbre, esta lógica destructiva nos pasa factura. Nos cuesta reflexionar, perdemos fuerza de voluntad y, peor aún, dejamos de encontrar un propósito que nos oriente. Estos tres efectos —como señala el Dr. Lozano— no son menores: la pérdida de capacidad de pensar profundamente, la erosión de la constancia y el olvido del sentido de vida son síntomas de una cultura enferma.
Y no hablamos solamente de un fenómeno individual. Esta ansiedad colectiva se traduce también en decisiones públicas precipitadas, en políticas carentes de visión a largo plazo, en familias rotas por la falta de diálogo y en economías dominadas por el consumo inmediato en vez del desarrollo sostenible.
Esta mañana, en conversación con un servidor público del equipo de la gobernadora Tere Jiménez, coincidimos en una reflexión urgente: más allá de las ideologías o intereses personales, el deber del funcionario, del ciudadano y del comunicador es uno solo: servir al bien común. Esa es la brújula. Y quien informa, quien comunica, tiene además una responsabilidad mayor. No basta con decir la verdad; hay que hacerlo con ética, con responsabilidad y con amor a la sociedad a la que se debe.
En ese contexto, omitir también es faltar. Callar lo importante es una forma de complicidad. Y en tiempos como los nuestros, cuando la reconstrucción del tejido social se vuelve imperiosa, no podemos darnos el lujo de callar ni de evadir. Hay que discernir: ¿quiénes están realmente comprometidos con el bien del estado, de la comunidad? ¿Y quiénes buscan solo su beneficio inmediato, disfrazado de buenas intenciones?
Frente al espejismo de la gratificación instantánea, hay dos caminos que siguen mostrando su vigencia: el amor auténtico y el trabajo con sentido. Ambos requieren tiempo, entrega y maduración. Son incompatibles con la prisa. En ellos no caben los atajos. Amar profundamente y trabajar con propósito son actos que dignifican, que curan, que construyen comunidad.
La verdadera felicidad, esa que permanece y transforma, solo se encuentra en el camino largo y responsable. Es tiempo de recordarlo. Como en el famoso experimento de la golosina, quien sabe esperar, quien persevera, alcanza una vida más plena. Y eso vale para todos los ámbitos: el educativo, el económico, el político y, por supuesto, el humano.
Debemos, pues, volver a centrar la vida en la persona: con alma, con historia, con dignidad. Las relaciones sociales no se dan entre algoritmos, sino entre corazones. Y es sobre ese corazón humano donde deben girar las decisiones del Estado, las políticas públicas, la educación, el trabajo y los medios de comunicación.
Hoy más que nunca, hay que quitar lo que estorba: la superficialidad, el egoísmo, la mediocridad disfrazada de eficiencia. Y hay que recuperar lo que edifica: la paciencia, el compromiso, el respeto por los procesos. Solo así saldremos del clima de incertidumbre que nos agobia. Solo así viviremos una vida lograda.
Porque al final, lo importante —lo realmente importante— toma tiempo. Y vale la pena esperarlo.
DR.H.C. José Isabel Vela Pérez
Director General de la revista FUTURO. 9 de Julio 2025.

